CÁDIZ

Torre Tavira de Cádiz: la historia criptojudía no escrita

Por Fernando Rodríguez Izquierdo. Tarbut Cádiz.
En el siglo XVI empezó la decadencia social y económica del Algarve portugués, hubo varios factores, pero los que realmente afectaron a los nuevos cristianos, a quienes el pueblo seguía llamando “marranos” o equivocados, del verbo marrar, fueron dos en concreto. Uno la pérdida de la protección del Conde-Duque de Olivares, bisnieto de converso y el otro la campaña que desató la Inquisición portuguesa, más centrada en decomisar bienes que en proteger la fe cristiana. Las cárceles secretas de la Inquisición se llenaron de comerciantes criptojudíos, por lo que empezó la desbandada, malvendiendo sus propiedades, a pesar de la prohibición.

 

torre tavira fotoLa mayoría de estos criptojudíos habían cruzado la frontera desde España a raíz de la expulsión de los Reyes Caóticos, perdón Católicos. Ahora, los que pudieron lo harían de vuelta.

Su destino era Sevilla pues existía una importante Colonia de criptojudíos Portugueses. Todavía hoy día se pueden ver en las casas antiguas del Centro Histórico, al igual que en el Centro de Cádiz las marcas encriptadas en piedra, que les facilitaban las relaciones comerciales y personales.

La mayoría, solo en Cádiz 42, son una concha con siete nervaduras, que recuerdan la menoráh, el candelabro de los siete brazos. En menos casos representaron la hannukía el candelabro del Templo de Jerusalem de nueve brazos, que se enciende los ocho días de la Fiesta de las Luces, en el mes de Diciembre. Y conmemora la recuperación del Templo, venciendo a los Griegos, por Judas Macabeo.

En lo comercial facilitaban los contactos con vendedores foráneos, que confiaban en esas marcas, pues el pago se tendría que realizar con pagarés, que al igual que las cartas de Cristóbal Colón a su hijo Diego, llevaban escritas en hebreo las palabras Beezrat Hashem, Bendito sea Dios.

Un pagaré les garantizaba llegar a su país de origen con el importe de la venta de sus productos.

La seriedad comercial de estos criptojudíos era muy grande tanto como la red que se extendía por todos los puertos de Europa, donde la seriedad y el cumplimiento de las obligaciones era total.

Sin embargo, el esplendor comercial se estaba trasladando a Cádiz. El intenso tráfico marítimo y la construcción de barcos de mayor calado, dificultaban el tránsito por el Guadalquivir.

Para establecerse como comerciantes o cargadores de Indias, necesitaban muchos permisos. La obtención de ellos, como se pueden suponer, requerían el pago oficial y los bajo cuerda o bajo de la mesa.

A finales del siglo XVI, se habían establecido en Cádiz un grupo de estos criptojudíos portugueses, la mayoría procedentes de Tavira, la que fue joya del comercio Portugués.

Los apellidos más destacados de estas familias son: La Rosa, Barrios, Leal, Delgado, Salazar, Suarez, Rodrigues, Romo, Álvarez, Mendes, Cárdenas, Pereyra.

En la historia de los criptojudíos gaditanos hay un antes y un después, de la publicación del libro “La Familia de Mendizabal, Laberinto Genealógico”. Enorme trabajo de investigación de don Manuel Ravina, actual director del Archivo de Indias de Sevilla. Aporta los árboles genealógicos y actas de los juicios de la Inquisición, de sus familias.

El otro gran libro esclarecedor es “Cargadores de Indias y Marinos. Los La Rosa.”, de Don Juan Manuel Teijeiro de la Rosa, Historiador y General de División retirado.

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Estas familias de comerciantes y cargadores de Indias criptojudías, dependían totalmente del tráfico marítimo, por lo que el control de los barcos era fundamental. Crearon en Cádiz la primera Escuela Naval. En los puertos del nuevo continente en los que se inició el envío de mercancías, y las ferias, eran Mar del Plata, Cartagena de Indias, Portobelo y Veracruz, colocaron a sus familiares o correligionarios que les garantizaban el retorno de la venta de sus productos.

Todo muy discreto y evitando a la Inquisición que ya estaba en el Nuevo Mundo.

El investigador norteamericano Seymour B. Liebman, experto en la Inquisición mexicana, no conocía la extensa red de Comerciantes criptojudíos, que tenían a Cádiz como su centro, por un lado de importación de toda clase de productos de Europa y del otro de la exportación a América.

Pues no se explicaba como un comerciante criptojudío de Veracruz en el siglo XVI, llamado Fernando Rodríguez, sabía cuándo llegaban en los barcos procedentes de Cádiz, criptojudíos huyendo de la Inquisición, a los que acogía en sus casa y ayudaba a establecerse en México.

Cádiz era la capital mundial del comercio marítimo.

Pero los comerciantes, tenían un cuello de botella. Era la manipulación de las mercancías. Al no existir un muelle, la carga y descarga, se hacía mediante barcazas. Lo cual significaba pérdidas, deterioro de las mismas, gastos de almacenamiento y lo más cuantioso, el pago de los aranceles reales, tanto al descargarlos como al enviarlos.

Estos comerciantes criptojudíos, encontraron una fórmula que les reportaría cuantiosos beneficios.

Erigieron en el lugar más elevado de Cádiz, la torre más alta.

¿Y qué nombre le pondrían? El más adecuado para la mayoría y que les recordaba su ciudad de origen, no dudaron en ponerle Tavira. Donde un vigía recibiera mediante señales de pequeñas banderas, el contenido de la carga del barco, previamente acordado con el vendedor.

De manera que el vigía comunicaba el contenido que repartían o subastaban entre los comerciantes. Y mientras el barco conseguía fondear cerca del puerto, la mercancía estaba vendida. Y en vez de bajarla al puerto, se transbordaba a alguno de los numerosos barcos que esperaban cargas para zarpar rumbo al Nuevo Mundo.

La Torre Tavira funcionaba como una lonja o cámara de comercio.

La existencia de la Inquisición ha impedido la documentación de esta historia, pues cualquier documento hubiera supuesto un terrible castigo.

Fernando Rodríguez Izquierdo. Tarbut Cádiz


FOTOS:

  • La casa de Suarez de Salazar tiene sobre la puerta una hannukía encriptada, perteneció al maestro de obras que construyó la Torre Tavira.
  • Idéntica señal está también sobre la puerta lateral de la torre