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Carta del presidente de Tarbut Don Benito
Domingo, 07 de marzo de 2010

ANTONIO VALADÉS PARRA
DON BENITO [Badajoz]

Estimados javerim:

En primer lugar quisiera expresar mi gratitud al Dr. Mario Sabán por brindarme la oportunidad de colaborar y formar parte de la Asociación Cultural Tarbut Sefarad.

Pocas civilizaciones han ejercido una influencia tan determinante en la historia moderna como la judía. Bajo esta premisa, y considerando que los judíos permanecieron ininterrumpidamente en la península durante quince siglos, se torna justo recuperar la memoria judeoespañola y vindicar el destacado rol de la población hebrea en la configuración del acervo cultural y psicológico de España. La feraz tierra de Extremadura, que antaño fuera hogar y refugio de judíos, no es ajena a tan notorio influjo.

Los orígenes de la presencia hebrea en Extremadura se pierden en la noche de los tiempos. Debemos remontarnos a los inicios de la era común para descubrir las primeras trazas arqueológicas, especialmente restos epigráficos, que constatan la existencia de colonias judías en nuestra región desde muy antiguo. Verbigracia la estela funeraria del samaritano Iustinus de Mérida datada en el siglo II o la lápida con inscripción hebraica, también de época romana, hallada en Trujillo. Mérida, que ya en el siglo IV contaba con una numerosa congregación judía, y Trujillo son, por derecho propio, dos zonas de referencia en el análisis del judaísmo en la España antigua. Algunos estudios sugieren que en Mérida pudo haber nacido el insigne talmudista, estadista, gramático, jefe militar, mecenas y poeta Samuel ibn Nagrella (993-1056), conocido por sus coetáneos como Ha-Naguid (El Príncipe) y una de las figuras más respetadas de su tiempo en cuanto visir de Granada y líder de la comunidad judía. Otras fuentes, incluida la emblemática Jewish Encyclopedia, no obstante, sitúan su nacimiento en la ciudad de Córdoba, donde recibiría una formación privilegiada, en el seno de una pudiente familia judía oriunda de la capital emeritense. Es asimismo Mérida cuna de Joseph ibn Abitur, eminente rabino y poeta litúrgico del siglo X, considerado una autoridad en su época. Por su parte, Trujillo albergó una de las aljamas de mayor peso en la región, junto con Plasencia, Cáceres, Mérida y Badajoz. La población judía se extendía de norte a sur y de este a oeste. Sólo en la provincia cacereña se registran más de cuarenta comunidades a mediados del siglo XV. La aljama de la villa de los mil y un escudos gozaba de cierto prestigio a la sazón, siendo una de las más prominentes de la Corona de Castilla. En los estertores de la Baja Edad Media la judería extremeña parece vivir un período de relativa calma, que no apogeo, si tenemos en cuenta la rampante atmósfera de violencia general. En rigor, no se puede hablar de prosperidad o florecimiento de una minoría judía que, recordemos, se encontraba sojuzgada y oprimida.

Las aljamas extremeñas experimentarían un significativo incremento demográfico a consecuencia de la afluencia de inmigrantes espantados por las atroces revueltas de 1391 que asolaron las principales kehilot de los reinos hispano-cristianos peninsulares. Estos hechos, que arrancaron en el sur de la Corona de Castilla y que pronto se propagarían a toda la Corona de Aragón, marcarán un punto de inflexión en el porvenir de la comunidad judía en España. En su azaroso periplo por tierras castellanas, un nutrido contingente de judíos encuentra asilo en Extremadura, menos permeable a las prédicas antijudías de Ferrán Martínez, arcediano de Écija e instigador de los tumultos. Llama la atención que semejantes fechorías -las crónicas hablan de más de 10000 judíos impunemente asesinados y juderías enteras arrasadas- llevaran el marchamo de la "religión del amor universal", la misma que se arroga el tan manido y no por ello menos virtuoso y noble precepto del amor al prójimo. Por enésima vez el judío se convierte en chivo expiatorio.

Así las cosas, una gran cantidad de judíos, cediendo a las consabidas presiones políticas y sociales, resuelve, muy a su pesar, abrazar el catolicismo en aras de rebajar el clima de hostilidad imperante hacia la minoría hebrea. Se calcula que entre la revuelta antijudía de 1391 y 1415 cerca de 200000 judíos españoles son forzados a tomar las aguas bautismales. Surge así el llamado "problema converso". La expulsión de los judíos andaluces en 1483 en el marco de la política regia de homogeneización socio-religiosa preludiaba lo que ocurriría nueve años más tarde. Una vez más, Extremadura da cobijo a un buen número de proscritos provenientes de Córdoba, Sevilla y Cádiz.

En este contexto, el marranismo era percibido como una amenaza para la cohesión social toda vez que comprometía el proyecto nacional de los Reyes Católicos. La Inquisición, con Tomás de Torquemada a la cabeza, desplegó todos los recursos de que disponía para salvaguardar la pureza de la fe y facilitar la ambicionada unidad política y religiosa. Albergaron Llerena y Plasencia sendas sedes del consejo inquisitorial. El Tribunal de Llerena, el de mayor longevidad en Extremadura, fue probablemente uno de las más despiadados de la Corona.

El 31 de marzo de 1492, fecha de infausto recuerdo para la comunidad sefardí, los Reyes Católicos firman el Edicto de Granada en virtud del cual todos los judíos debían abandonar los territorios de las Coronas de Castilla y Aragón en cuestión de escasos meses. Se pretendía así erradicar el "problema judío". Del "problema converso" ya se ocuparía la Inquisición. La mayoría de los judíos extremeños, aquellos que se mantuvieron fieles a la Torá negándose a la asimilación religiosa, huyeron apresuradamente hacia la vecina Portugal. Otros tantos acudieron al baptisterio en última instancia a fin de conservar sus propiedades y permanecer en suelo patrio, asumiendo el inevitable desarraigo espiritual que comportaba el bautismo. La judería española quedó más que nunca a merced de una enfervorecida masa cristiana que no tuvo reparos en aprovechar la coyuntura para sacar tajada del drama humano.

El panorama era sobrecogedor: la judería extremeña se desmoronaba. El caso de Hervás es paradigmático. A mediados del siglo XV habitaban en la villa hervasense cuarenta y cinco familias judías; se sabe que catorce de esas familias partieron a Portugal en el plazo de tres meses tras la promulgación del denigrante decreto expulsorio. Con el Edicto de Granada multitud de españoles, en adelante sefardíes, iniciaron lo que se ha dado en denominar diáspora sefardí, poniendo así punto y final al judaísmo español. No existe consenso respecto al número de judíos que abandonaron la Península, las cifras oscilan según las fuentes. Se estima que entre 100000 y 200000 judíos fueron expulsados en condiciones precarias; otros investigadores sitúan entre 50000 y 150000 el número de expatriados.

Con todo, la impronta judía sigue latente en nuestra ajada piel de toro. Y Extremadura no es una excepción. Las sinuosas y pintorescas callejas de localidades como Hervás, Valencia de Alcántara, Coria, Llerena, Jaraíz de la Vera, Montijo, Jerez de los Caballeros, Alconchel, Segura de León (localidad que sirviera de refugio al preclaro exégeta y diplomático Isaac Abravanel), Arroyo de la Luz, Burguillos del Cerro, Alburquerque, Zafra o Casar de Palomero dan testimonio inequívoco de la honda raigambre judía de Extremadura.

Enclaves todos que acusan el singular encanto que les confiere la pátina del tiempo, capaz de envolver al caminante sensible, liberado por un instante del barniz de la era tecnológica, en ocasiones tan aséptica, en una embriagadora y nostálgica ensoñación que lo retrotrae súbitamente al ocaso de la Sefarad medieval, otrora epicentro del judaísmo europeo. Y si los vestigios arqueológicos y documentales, tan vulnerables a los vaivenes históricos, evocan el vibrante e inveterado eco de su pasado hebreo -baste como muestra la maravillosamente conservada judería de Hervás- ¡cuánto más revelador resultará confirmar la prevalencia del legado inmaterial del que somos depositarios! Mención especial merecen aquellos judíos españoles conminados a convertirse al cristianismo, pero que siguieron practicando la fe mosaica de forma clandestina. A destacar determinados atavismos familiares reminiscentes de los usos y costumbres anusim que han sobrevivido de manera prodigiosa hasta nuestros días, a menudo mimetizados y aun sincretizados con ciertas prácticas de la liturgia católica.

Mucho se ha escrito sobre las peripecias de los judíos españoles en la diáspora y su eterno y proverbial vínculo con Sefarad. Cuentan que los sefardíes jamás renegaron de sus raíces hispanas. Antes al contrario, se preciaban de su prosapia sefardita. Tanto es así que aquel inextinguible rescoldo españolista, lejos de apagarse con los ineluctables avatares del tiempo, se avivó de tal modo tras el destierro que terminó erigiéndose en la quintaesencia del sefardismo. Su querencia por España, acaso sublimada retrospectivamente y llevada al paroxismo en los albores del siglo XX como resultado de la campaña filosefardita de Pulido, constituye un fenómeno sin parangón en la historia. Y qué decir del ladino, reliquia de un castellano medieval que sin duda contribuyó a consolidar la identidad sefardí en el exilio. "Españoles sin patria", como dijera Pulido; españoles denostados y olvidados; españoles transidos de nostalgia que abrigaron durante siglos la esperanza del retorno a Sefarad; españoles, en definitiva, que se obstinaron en seguir siéndolo. El irrestañable impacto que la expulsión causó en el inconsciente colectivo del pueblo judío es solo equiparable, salvando las distancias, a acontecimientos tan funestos como la Shoá o la destrucción del Beit HaMikdash.

Imbricado en el sustrato cultural de la sociedad española subyace indefectiblemente el inefable légamo espiritual fruto de la prolongada coexistencia de cristianos, judíos y musulmanes a lo largo de siete siglos, factor diferencial que representa la clave de bóveda de la identidad sefardí. No en vano, Sefarad ha alumbrado a toda una pléyade de sabios sin los cuales difícilmente se entendería el pensamiento judío actual y cuya influencia posterior se ha dejado sentir durante centurias en muy diversos ámbitos de la cultura española: Hasdai ibn Shaprut, Menajem ben Saruq, el ya citado Ha-Naguid, Salomón ibn Gabirol, Bahya ibn Paquda, Moshé ibn Ezra, Yehuda Ha-Leví, Maimónides, Najmánides, Moshé de León, Abraham Abulafia, Bahya ben Asher, Hasdai Crescas, Joseph ben Shem-Tov o Joseph Caro son solo algunos ejemplos. No hay que olvidar que entre los siglos X y XIII tiene lugar la llamada Edad de Oro de la judería española, a buen seguro la etapa más esplendorosa del judaísmo en el Viejo Continente.

En lo que respecta al colectivo de cristianos nuevos descendientes de judíos conversos -en torno a 300000 en los umbrales del siglo XVI-, descollan personalidades tan ilustres como Antonio de Nebrija, Juan del Encina, Fernando de Rojas, Francisco Delicado, Bartolomé de las Casas, mi conterráneo Bartolomé Torres Naharro, Luis Vives, Juan de Ávila, Teresa de Jesús, Fray Luis de León, Juan de la Cruz, Mateo Alemán, Luis de Góngora, Tirso de Molina, Luis Vélez de Guevara, Felipe Godínez, Juan Pérez de Montalbán y Juan Bautista Diamante, entre otros. Y, aunque pueda escocer a algunos, existen sobrados indicios del más que probable origen judeoconverso de Miguel de Cervantes, autor de la novela española por antonomasia y obra cumbre de la literatura universal: Don Quijote de la Mancha. Lo mismo sucede con los humanistas extremeños Francisco Sánchez de las Brozas (El Brocense), Benito Arias Montano y Pedro de Valencia, cuya pretendida condición de cristianos viejos parece ser, cuando menos, muy discutible. A nadie se le escapa, pues, que el Siglo de Oro español debe gran parte de su gloria a la decisiva aportación de los arriba mencionados.

En lo personal, como apasionado diletante del arte no puedo por menos que aludir al egregio pintor sevillano Diego Velázquez, de quien se especula pudiera tener ascendencia judeoconversa, hipótesis avalada por varios investigadores expertos en la poliédrica figura del maestro. Paisano de Velázquez era el también pintor y poeta hispalense Juan de Jáuregui, de rancio abolengo converso. Huelga decir que el linaje judío de muchos primeros espadas de la cultura española, ora negado, ora soslayado en no pocas biografías visiblemente tendenciosas, en modo alguno desmerece su obra ni menoscaba su españolidad.

En conclusión, el legado sefardí es indisociable del agitado devenir histórico y cultural de nuestro país, como lo son el resto de civilizaciones que en mayor o menor medida han contribuido a forjar la idiosincrasia del pueblo español y que vertebran esta suerte de collage cultural que es España, tan rica en matices y a veces, por desgracia, tan cainita. Negar la mayor supone abundar en un error histórico, una actitud que estimo reprobable y a todas luces contraproducente.

Me despido no sin antes dar las gracias a mi amigo y mentor Yehuda, hombre de infinita erudición, brillante pensador, ingenioso como pocos, dechado de bonhomía y auténtico mensch, por su inagotable paciencia y apoyo incondicional.

Recibid todos un afectuoso shalom.

Antonio Valadés Parra
20 de diciembre de 2010

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