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Comentario al Manifiesto Revelacionista de Gustavo Sergio Grisoski

Por Eduardo Piquer.
Parte I. El hombre, al ser creado a imagen del Creador y para ser beneficiario de su don, recibió de Dios la estructura de matriz divina resultante de Su Voluntad limitada, llamada sefirot. De tal forma que en lo que Dios se manifestó como emanaciones, en el hombre quedó fijado como potencialidades. En Edén, estas potencialidades estaban llenas de su objeto, que es Dios, y el hombre se encontraba en un estado de unidad y en camino de su desarrollo hasta alcanzar su plenitud en la semejanza, o mejor dicho, en el apego total a su Creador.

 

A causa de la transgresión del pecado y su consecuente expulsión de Edén, el hombre, aún conservando sus potencialidades, ha perdido el contenido y objeto de las mismas.

De esta manera, el hombre se encuentra en una tesitura de frustración, causada por el hecho de que su estructura espiritual y sus potencialidades demandan la restauración del vacío (la nada) establecido por el pecado. Una de las respuestas a esta demanda de restauración o de retorno espiritual a la fuente de vida es el arte.

Efectivamente, el arte no existía en el paraíso tal y como lo desarrolla el ser humano en el mundo, pero sí existía la potencialidad que lo ha generado. Una potencialidad estética tifferet, que en su origen se hallaba en unidad simple con el resto de potencialidades en la contemplación del sumo bien que es Dios y que, presumiblemente, constituía el matiz estético, la belleza de la relación con el Creador y la belleza del trabajo de la Torá.

Con lo cual, podemos afirmar que el arte, tal y como lo desarrollamos, es la nostalgia de Dios. El intento de retornar, intentando reconfigurar estéticamente la realidad de este mundo denso y oscuro para vislumbrar la presencia del Eterno a través del muro que nos impide volver a Edén.

Sin embargo, Dios advirtió el peligro que supone para el hombre la libertad de desarrollar esta potencialidad estética, convertida en arte, fuera de los parámetros establecidos para su regreso, aquellos que claramente percibía el hombre en la presencia de su Creador y que ahora están sometidos a la ceguera espiritual por el pecado.

El peligro radica en que el hombre intenta restaurar su estado de frustración, reorganizando estéticamente la realidad, cuya apariencia es oscura y opaca. En este intento, el ser humano puede continuar una cadena de representaciones más allá todavía del diseño con que Dios le ha creado, dispersándose cada vez más, cada vez más lejos de la oportunidad de retornar a su Creador. El poder del arte es real y efectivo y está relacionado, comprometido con el trabajo de la ietsiráh. Esto se debe a que la ietsiráh establece que, en la realidad, no hay nada que no esté sujeto a una forma, ni forma que no genere un contenido.
Por este motivo, para evitar que el ser humano degenerase aún más la creación, su forma, y su estructura espiritual, prohibió realizar imagen alguna.

Pues en el mandamiento existen dos puntos separados, no te harás imagen alguna y no la adorarás ni le rendirás culto. Lo cual significa que la idolatría tiene una dimensión religiosa, de culto o adoración, conocida por todos, pero también explica la efectividad del diseño de la forma y el trabajo estético, que implica un gran riesgo para el hombre. El primer punto, por tanto, atañe a este trabajo, independientemente del culto idolátrico.

Cuando el Eterno decretó salvar al hombre haciéndose una morada en medio del pueblo de Israel, no solamente dio las órdenes específicas de los materiales e imágenes que debían construirse a Moisés, sino que realizó una acción sobre los implicados en la tarea de construir el Arca.

Dijo Dios a Moisés, a todos los hombres hábiles, les he infundido habilidad. Esta reiteración en la traducción castellana del texto pone de manifiesto una respuesta a la prohibición de hacer imágenes.

La primera habilidad es la que adquirió el israelita cuando trabajaba esclavizado en la construcción de los ídolos de Egipto, es una habilidad técnica que le capacita para construir cualquier imagen e insertarla en la realidad.

¿Cuál es la segunda habilidad? Si consideramos por un momento las instrucciones que Dios da a Moisés y además somos artistas, nos damos cuenta de que basándonos únicamente en estas instrucciones quedaría abierta a un sinfín de posibilidades la imagen final, resultante, del Arca. Pues sabemos que sólo es posible reproducir un objeto con exactitud a partir de otra imagen. No es posible construir un edificio si no se emplea la imagen del mismo, ni cualquier otra cosa. Moisés no recibió la imagen, sino el decreto con sus elementos, pues no era Moisés quién debía construirla, sino dirigir su construcción.

Entonces, lo que Dios hizo para que los hombres cuyas manos habían construido ídolos, formas de la otredad, fueran capaces de construir el Arca en la forma y la imagen única e irreproducible, digna de asumir la presencia del Eterno, fue restaurar su potencialidad estética.

Esto es lo expresado en esa segunda habilidad o ciencia, que no es de orden técnico sino que el término empleado es jojmá- sabiduría, la sefirot que no pertenece a la dimensión del mundo creado sino a la esfera superior de la emanación divina atzilut, esfera superior de los cuatro mundos descritos en la cábala. Pues la imagen real del Arca, sólo podía ser emanada desde esta dimensión superior a la que el hombre no puede acceder, del mismo modo que de allí llegó hasta nosotros el nombre impronunciable de Dios. Por un momento, Betzalel, fue restaurado por Dios mismo, en su potencialidad estética. Fue una acción redentora del Eterno.

Este hecho singular es lo que diferencia el Arca de cualquier otro objeto realizado por el hombre, su diseño no es humano, ya que el hombre no tiene capacidad para hacerle una morada a Dios, ni limitar su Esencia.


Comentario al Manifiesto Revelacionista de Gustavo Sergio Grisoski [Parte II]

De lo dicho hasta el momento se pueden generar diversas reflexiones, la principal de ellas, evidentemente, está relacionada sobre la legitimidad del trabajo artístico. Legitimidad en el sentido de si desarrollar el trabajo del arte nos va a ayudar en el tránsito de esta vida cuya finalidad es la reparación del daño causado por el pecado o, por el contrario, nos va a dispersar aún más por la vacuidad de los dominios del mundo oscuro.

No es vana la advertencia implícita en el segundo mandamiento, por lo tanto es necesario detenerse e intentar ajustarnos a la voluntad del Eterno, pese a nuestra buena voluntad como artistas.

Se comprende que la experiencia de necesitar expresarse estéticamente mediante el arte no es un motivo suficiente como para dar rienda suelta a nuestra potencialidad artística. Sabemos que el origen de esta necesidad fluye de nuestra potencialidad, cuyo objeto verdadero es la contemplación de nuestro Dios pero que ha quedado presa de la nada por el pecado.

¿Podemos recuperar el apego a nuestro Creador, amarlo con todas nuestras fuerzas e inteligencia mediante el arte? No. ¿Podemos conocerle mediante la investigación estética? No.

Solamente la Palabra de Dios existe como vínculo posible de retorno entre nosotros y el Eterno. Lo único lícito, fuera de toda duda, a lo que está llamado el hombre realizar durante el tránsito de su vida es el amor, la obediencia y la conformación de su vida a la Palabra de Dios.

Todas las potencialidades del hombre encuentran su objeto verdadero en el trabajo de estudiar y amar la Toráh.

Y a consecuencia de este trabajo, a veces, el hombre en medio de este mundo oscuro percibe (y estética significa percepción) como Dios sostiene la creación con sus manos. Como, aún habiéndose perdido todo, como habiendo fracasado el género humano en todo lo que se propuso, irrumpe Dios mismo como un ser humilde, bello hasta no poder ser comprendido. Y el hombre, enamorado de su Dios, se pone a danzar, como danzó el rey David, haciendo el ridículo ante los malvados. El hombre se pone a irradiar el amor de Dios en todas las formas que sus sentidos le permiten. Pues los sentidos nos fueron dados para irradiar la luz del Eterno. Es un arte, el arte de los humildes, que no vale para perdurar, no pretende ser conservado ni colocado en este mundo. Es, más bien, el canto del pueblo que pasa, que viaja a través de esta gran estepa. Bendiciendo a Dios, su único Bien, habiéndolo perdido todo, sin saber si al día siguiente habrá comida o un lugar donde descansar. Sólo existe un arte que no es idolatría, el del hombre humilde que sólo espera en su Dios, que no ama tanto su propia vida sino que se alegra por el bien de los hombres. Este hombre es iridiscente como el sol, está lleno de una fuerza que no se detiene ante la muerte, ni tras ella.

La reflexión debería llevarnos a atender diferentes aspectos implicados en el trabajo del arte. Quizá esos aspectos ya quedan reflejados en las dos prohibiciones del segundo mandamiento. Pienso que el aspecto religioso ya está suficientemente aclarado. Tras esto, y haciendo referencia al primer punto No te harás imagen alguna, nos involucraríamos en una reflexión acerca del diseño de la forma, llevando nuestro pensamiento hacia la especificidad del lenguaje de la expresión artística. Ciertamente, lo propio del hombre es encarnar, introducir en la historia, objetivar lo que en origen es voluntad abstracta. La conducta humana es el medio por el que se materializa lo oculto en el espíritu. Si recordamos el episodio del becerro de oro, cuando Moisés pide explicaciones a Aarón sobre lo que allí ha acontecido, Aarón explica que se limitó a fundir las joyas y los objetos de oro que el pueblo poseía. Es extraordinario observar que la escritura nos revela que no existe un molde en ese proceso de fundición. El fuego derritió el oro y adquirió una forma, una forma de ídolo. El pueblo objetivó en una imagen contingente aquello que habitaba en su interior, adquirido en Egipto. Personalmente pienso que la pedagogía del Eterno consistía en mostrar primero que la idolatría habita en el interior del hombre, antes de entregar la Ley a Israel.

Aquí vemos una forma de síntesis de lo que conocemos en profundidad por proceso de diseño de la forma. El hombre reproduce en sí mismo el trabajo de la ietsiráh. El género humano, que está implicado en la imagen adquirida en el proceso de su creación, siendo Dios el autor de esta estructura, ha quedado irremisiblemente comprometido con los mecanismos específicos de esta estructura. De esta forma, un artista no es más que la expresión de este rasgo de la humanidad: la potencialidad de reorganizar la imagen de la realidad ya preexistente en forma potencial, no concluida. Es decir, el hombre no es creador sino artífice de organizaciones estéticas de una materia prima espiritual y una materia prima física, desarrollando disposiciones físicas, imágenes, que se relacionan con lo que en el hombre habita potencialmente.

El problema de esta capacidad de organización estética de la realidad radica en que el ser humano, habiendo sido creado a imagen de Dios, ha adquirido rasgos también de aquel que le hizo pecar. Estos rasgos podrían identificarse como ceguera e imaginación. Y tales rasgos están relacionados directamente con el trabajo artístico.

Sobre la ceguera considero que es mejor no extenderse, ya que el lector comprende perfectamente su adquisición derivada del pecado de Adán. En cuanto a la imaginación, sobre la que creo haber apuntado algo al comienzo de este artículo, hemos de considerar que lejos de su matiz virtuoso, creativo, es un rasgo de una profundidad maligna hasta tal punto que domina fácilmente la vida del hombre. La imaginación es el metabolismo del ser humano que se mueve en los dominios de la Nada, ese universo inexistente (pero un vasto universo al fin y al cabo) al que la mente del hombre ha sido arrojada por el pecado. La imaginación opera en el único lugar posible en el que Dios no está: la Nada. Así como Dios es el que és, la Nada es lo que no és. Consideremos por un instante que aquellos elementos que han generado la cadena de mal que hacen sufrir al hombre y que lo destruyen en nuestro mundo, en realidad carecen de importancia. El dinero, el afán de la riqueza, ha generado guerras, exterminios de millones de seres humanos. ¿Cómo puede considerar un ser humano que es más valioso el dinero que una vida humana, igual que la suya? Es en nuestra vacuidad donde imaginamos, con toda certeza, conceptos y disposiciones de la realidad completamente antagónicas a la Ley de Dios. Es propio de la imaginación ser capaz de considerar que Dios se hubiese reservado algún bien posible fuera de lo que Él entregó mediante la Ley.

Pero no pretendo reducir al plano de lo moral la naturaleza de los aspectos involucrados en el diseño de la forma. Y digo esto cuando realmente podemos afirmar que existe el bien y el mal en el diseño de la imagen.

El mal habita dentro de nosotros y fuera de nosotros. Observamos fuera de nosotros un mundo oscuro y denso que aprisiona nuestra sed del Dios vivo. Nuestra intención como artistas en disponer su apariencia de otro modo, para ver si así conseguimos trasladarnos mediante la metáfora, al paraíso. Pero ocurre que la apariencia de nuestro mundo oscuro es una materialización de nuestro pecado. Tenemos nuestra expresión delante de nosotros. Si reorganizamos la realidad, volvemos a crear un mundo peor. Observemos las dos grandes empresas del siglo XX para crear una sociedad perfecta: El nazismo y el comunismo. Y reitero que no es intención mía llevar a este punto la reflexión. Pero quizá sobre lo que estamos volviendo una y otra vez es a la constatación de que lo estético está formando una unidad indisociable con todo el drama humano. De hecho, resulta relevante que tanto el nazismo como el comunismo, se materializaban de una forma marcadamente estética. ¿Y qué eran estas dos propuestas humanas? Dos expresiones del mal. Dos vueltas a Egipto, donde el ser humano carece de importancia o valor, sino el culto a una terrorífica maquinaria social que debe funcionar a toda costa.

La implementación de la imagen para crear un mundo mejor, es lo propio del paganismo. ¿Cuál es su peligro? Fuera de lo puramente moral, es la persistencia de su engaño. Si Dios no está limitado por una forma comprensible, ni se puede representar, las imágenes van a fijar de forma densa y consistente, nuestra ceguera espiritual. Como si a un ciego le inyectásemos imágenes en su cerebro, si no son reales ¿de qué sirven?

Todas las civilizaciones que han desaparecido a causa de su propia inconsistencia, de su vacuidad, Grecia, Roma, Egipto, Babilonia… sin embargo, unas más que otras, aún muertas logran persistir en su influjo estético a lo largo de los siglos.

¿Acaso no es bella la famosa estatua de bronce de Poseidón? Es terriblemente hermosa. Hay algo de verdad en ella, puesto que es verdad que sea bella, y sin embargo es un ídolo, es Nada. Pero inmediatamente, al contemplarla nuestra alma se solidariza con su belleza, experimentamos un apego a su estética, y por lo tanto a su lógica y contenido. ¿Alguien es capaz hoy en día de hablar mal de estas obras de arte? ¿De denunciarlas? No es posible, y no se trata superficialmente de consideraciones de interés cultural, es su propia belleza la que le otorga el poder de persistir a lo largo del tiempo sin que el hombre pueda destruirla.

Si sumamos todas las obras de los hombres, junto con su actividad diaria actual en busca de la belleza y asumimos el poder estético del ejemplo anterior, deberíamos comprender de lo que nos quiere librar el Eterno mediante el segundo mandamiento.

En conclusión a este pobre artículo, sólo puedo reformular esta pregunta hacia nosotros, los artistas. ¿Qué hacemos?
Sólo me nace una respuesta: Amar a Dios con todo el corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas; y al prójimo como a nosotros mismos.

Si entre nuestras fuerzas encontramos una habilidad especial para la música, la pintura, la poesía… quizá Dios bendiga nuestro trabajo y sea de provecho para bendecirlo a Él en medio de este mundo terrible.

Me aparté del mundo y nadie me reclamaba. Como una especie de basura que se tira a las afueras de la ciudad, llegué hasta el límite de mi país.

Me senté en medio de las piedras, donde no hay caminos. Sobre la tierra, entre los animales, bajo el sol.
Para estar con mi amor.
Ahora estoy con él.
El rostro de mi amor es el hermoso. Por sus mejillas desciende la vida.
Su nariz exhala el viento. Su boca es el horizonte.
El rostro de mi amor es el hermoso. Sus pestañas son el sol.
Su cuello es mi vida. En su hombro me recuesto.
El rostro de mi amor es el cielo. Sus dedos lo hacen todo.
En su pecho me extiendo como un león. Bajo sus alas me duermo al mediodía.
Mi amor sabe cantar. Sabe amanecer entre las montañas.

Eduardo Piquer


Eduardo Piquer
Valencia, 1979.
Licenciado en Bellas Artes.
Profesor en la Universidad Católica de Valencia.
Pintor e investigador en Estética Teológica.