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Januka: luces y vida nueva
Sábado, 20 de diciembre de 2008
Queridos Javerim:
Este nuevo encuentro se produce en vísperas de una fiesta maravillosa, en la que los protagonistas son, en primer lugar la Luz Eterna, y en segundo lugar, los niños. Dos buenas razones para alegrarnos y regocijarnos en tantas bendiciones como recibimos del Eterno, que no desampara a Su pueblo ni a ninguno de los que lo aman y quieren vivir según Sus Leyes. El Rabino nos ha obsequiado con una bella lección, en la que primero, nos ha ofrecido los datos históricos de esta fecha; segundo, su sentido espiritual. Intentaré resumirla para vosotros, aunque nunca lograré reproducir la profundidad de sus palabras.


Como en todos los grandes acontecimientos, se unen en ella la desdicha y la fortuna; la alegría y el dolor. Y quedan enseñanzas de valor imperecedero.

Nos abocamos a una fiesta en la que todas las palabras se hacen luz, estallan en luz, se disuelven en luz: Jánuka. Si todas las fiestas judías expresan, desde distintas perspectivas, la Luz del Eterno,  ¿por qué llamamos a Jánuka la fiesta de las luminarias?
No es muy fácil responderlo, pues tantos hechos tuvieron lugar, muchos de ellos aciagos; tantas maravillas sucedieron, tanta felicidad se derramó sobre Israel tras los trágicos años de dominio sobre Judea de los reyes seléucidas sirios, que se hace necesaria una profunda reflexión para determinar que caracteriza esencialmente a esta fiesta.

A lo largo de los tiempos, los hombres hemos intentado imponer la ley del más fuerte: sin respetar las culturas, religiones, tradiciones de los pueblos, el dominador ha solido considerarse a sí mismo—con honrosas excepciones--la civilización por antonomasia. Por lo mismo, el pueblo dominado se ha considerado casi siempre “bárbaro”, es decir, necesitado de aprender del colonizador todo cuanto caracteriza, o debería caracterizar al hombre civilizado.

veces esto es cierto: si un pueblo practica el canibalismo, el asesinato ritual, el incesto, será muy positivo para el mismo que se le enseñen—y a veces impongan—otros puntos de vista. Pero no siempre es así. Hay casos en los que la cultura del conquistado es superior--sea en muchos o en pocos aspectos--a la del conquistador. Entonces se produce un conflicto principal: ¿qué hacer con ella? ¿Respetarla? ¿Cambiarla hasta hacerla semejante a la de los dominadores? ¿Destruirla?

Hasta aquí no se trata de otra cosa que de un problema muy discutido hoy: ¿hay culturas superiores e inferiores? ¿Cuál es la norma valorativa, la medida de esto, si aceptamos que las hay? ¿O son equivalentes todas las culturas y por eso, absolutamente respetables en todos sus aspectos? Pero hubo mucho más.

Los Ptolomeos, siguiendo la política de Alejandro, habían intentado “civilizar” a otros pueblos mediante la persuasión y la educación. Y se habían estrellado contra el pueblo judío, que tenia su propia Ley, sus propias costumbres y no deseaba asimilarse a  ninguna otra ni aceptar el politeísmo. Sin embargo, hubo quien, deslumbrado por el pensamiento racionalista y el cosmopolitismo de la cultura griega, adoptó sus maneras, sustituyó el estudio de la Torah por el gimnasio, comió carne sin desangrar y alimentos prohibidos y hasta tomó medidas extremadamente dolorosas para revertir la circuncisión y parecer incircunciso, como los “civilizados” jóvenes que lo rodeaban. Pero la mayoría no obró así.  

Alrededor del año 168 antes de la era común, gobernaba Judea Antíoco IV, llamado por sus aduladores “Epifanes”, que significa en griego “el magnifico”. Con éste, las medidas para imponer la cultura dominante pasaron del control al despotismo. Pues la resistencia del pueblo judío agotó la paciencia de Antíoco IV, quien pretendió lograr por la fuerza lo que la persuasión no había conseguido. Dictó leyes radicales, que prohibían la práctica del Judaísmo, la circuncisión, preparar la carne como kosher, y todo tipo de culto judío. Llegó a profanar el Templo, a expulsar al Kohen Gadol y a introducir en el recinto sagrado la estatua de Zeus, entre otros de sus dioses. Grande fue la consternación entre los judíos, pero todo lo soportaron sin rebelarse. Comenzaron a practicar el Judaísmo en la clandestinidad. A escondidas circuncidaban a los niños, desangraban la carne, estudiaban la Torah. En cuevas y lugares apartados, con alguien vigilando, la llama continuaba encendida. Siempre con el dreidel (la peonza o trompo de cuatro caras), preparado, para aparentar, si algún curioso se acercaba, que se entregaban a juegos banales y el importuno se retirara pensando que eran necios que nada importante pensaban ni hacían.  

Los judíos aguantaron todas las humillaciones con tal de que no se exigiera traicionar la Ley y fuera posible continuar manteniendo cierto equilibrio en la vida de todos. Pero los tiranos son suspicaces e insaciables y no se conforman con nada más que con la sumisión absoluta, hasta la abyección.  Antíoco no se quedaba atrás. Comenzó a sospechar que a sus espaldas se continuaba practicando la odiada religión con su sistema de vida y decidió dar un escarmiento. Para ello eligió figuras que impactaran fuertemente los sentimientos y la mente de sus súbditos: una viuda llamada Jana o Channa y sus siete hijos. Públicamente, se les ordenó comer carne de cerdo y, según cuenta la tradición, a adorar la estatua de Zeus. Uno a uno se fueron negando al recibir el mandato. Uno a uno recibieron la muerte. Entretanto, la infeliz madre, destrozada por el dolor, los exhortaba a perseverar en su fe y en el cumplimiento de la Ley. Los vio morir a todos, hasta al más pequeño, que apenas sabía hablar. Al final, también ella fue asesinada.  

Mientras esta tragedia se gestaba y se producía, la familia de los Asmoneos-- el Sumo Sacerdote Matitiahu y sus cinco hijos (Yehudá, Yohanán, Simón, Eleazar y Jonathán)--preparaba a su pueblo para la rebelión. Vivían en el pueblo de Modiín y llamaron a los hombres de Israel a la guerra contra los opresores. Yehudá se puso al frente de los combatientes, que fueron llamados Macabim (Macabeos), que significa “Martillos”, pues como martillos caían sobre el enemigo: de forma inesperada, rápida y contundente. La rebelión se propagó como la pólvora y comenzaron los milagros: los ejércitos bien equipados que Antíoco llamó en su ayuda no pudieron aplastar a los insurrectos. En 165 a.e.c., Yerushalayim fue tomada por los Macabim. Ese fue el paso decisivo para la derrota del tirano. Los griegos se retiraron (160 a.e.c.) y no volvieron para reconquistar los territorios.  
Matitiahu ya no vivía. Pero su santa memoria acompañó el regocijo de los judíos, que purificaron las sinagogas y el Templo, quemaron los ídolos y quisieron restablecer el culto. Pero se encontraron con un serio problema: encender la Luz perpetua que debía arder como signo de la presencia divina en el recinto. Para hacerlo, debía emplearse un aceite muy purificado, preparado por los Kohanim (sacerdotes), pero las reservas habían sido destruidas por los ocupantes y solo se pudo encontrar una vasija, que había quedado oculta y su contenido alcanzaba sólo para un día. La confección del aceite demoraba ocho días y, para no demorar la consagración del Templo, se decidió encenderla para al menos proclamar por 24 horas la Gloria del Altísimo.  

Entonces se produjo el Milagro de la Luz: el aceite calculado para un día, hizo arder la Menorah durante ocho días, desde el 25 de Kislev hasta el 2 de Tevet, hasta que los nuevos frascos de aceite estuvieron preparados. Todo el pueblo quedó profundamente conmovido y dio gracias al Creador. Se decidió entonces celebrar anualmente el Milagro de las luces con la fiesta que conocemos.  
¿Por qué se agasaja en ella a los niños? En memoria de los siete hijos de Jana, asesinados por el judeófobo Antíoco IV.   
¿Por qué se llama desde entonces “Macabim” (o Macabeos) a los competidores judíos en juegos deportivos u otros certámenes? En memoria de los valientes hijos de Matitiahu y sus seguidores, que derrotaron a los enemigos de Israel.

¿Por qué se juega con el dreidel o peonza de cuatro caras y se le toma como símbolo de Januka? Porque sirvió como protección a los judíos para no ser asesinados mientras estudiaban la Torah en secreto. Además, las cuatro caras de la peonza tienen las cuatro letras hebreas Nun, Guimel, Hey y Shin, que significan “Un Gran Milagro ocurrió alli”. En el juego, la suerte se decide según la cara que queda hacia arriba cuando el dreidel cae después de hacerlo girar. Se apuestan caramelos, monedas de chocolate, juguetes, etc.  

NUN
no se gana y el próximo jugador gira el dreidl

GUIMEL
El jugador toma todo lo apostado

HEY
El jugador toma la mitad del pozo

SHIN
El jugador debe poner algo como apuesta

    

¿Por qué dura ocho días esta fiesta? Porque fue el número de días que ardió la lámpara del Templo con aceite que sólo alcanzaba para uno. Por eso, en lugar de la Menorah tradicional de siete brazos, empleamos la januquía, el candelabro con ocho brazos y un centro. La vela central representa la perpetuidad de la Luz. Las de los brazos, los días que el aceite ardió.   

Pero hay una pregunta principal, que explica esta fiesta por sí sola:
¿Por qué es la Fiesta de las Luminarias y no la celebración de la derrota de los enemigos o una jornada de duelo por los muertos? Esta pregunta exige una respuesta larga y reflexiva, que intentaremos resumir.
    

La vida es, como hacemos con el dreidel, un juego, pero no arbitrario ni regido por el azar: es un juego cuyos hilos mueven dos manos: la Mano de Hashem, desde la eternidad, y la mano del hombre, desde su percepción del mundo y de la vida, siempre limitados. La conjugación de ambos arroja la ganancia o la pérdida. Pero, ¿qué son realmente ganancia y pérdida? ¿Cómo sabemos a ciencia cierta cuando hemos ganado y cuando hemos perdido?  

Sólo podemos discernirlo a través de la Sabiduría que proviene de lo Alto, que nos indica que todo lo material es pasajero, que el Espíritu predomina sobre todas las cosas y que de todas podemos disfrutar y alegrarnos con ellas. Pero nunca poner nuestro corazón en lo que fluye, nace y perece, llega y se marcha, sino en el Espíritu, eterno e invariable.

De este modo sabemos que la victoria militar de los Macabim sobre el déspota es un hecho importante y que honrar a los héroes de Israel es un deber, pero no es el centro; que la muerte de Jana y sus hijos es dolorosa y nunca debe ser olvidada, pero no es lo principal. La verdadera causa de esta fiesta es honrar al Santo, bendito Sea, que mostró Su Justicia y Su Misericordia en el milagro de las luces, y con ellas reveló a su pueblo elegido y al mundo que en toda verdadera dicha humana (no en la falsa dicha, proveniente del egoísmo y la ambición) está presente Su Luz. Más aun: que El preside la Luz y las tinieblas, pero en la victoria se muestra la Luz. Fuego blanco de la Vida, la Alegría y el Bien, según la Kabbalah. Luz que rememora el primer momento de la Creación como la conocemos. Luz que crece. Luz que indica la Presencia divina en todos los acontecimientos que tienen lugar en el universo, sobre todo en el humano.

La noche del domingo tendremos listas nuestras januquías para encender la primera vela, sea en nuestras casas, en las sinagogas o en fiestas públicas, siempre donde sea visible para manifestar el Milagro, como está indicado. Porque Januka es también una fiesta testimonial.  

Preparemos entonces golosinas y un dinerillo para los niños, abundantes y exquisitos latkes para los adultos y brindemos todos con una buena copa de vino kosher para proceder a encender las luces de Januka en nuestras casas, en las sinagogas y en nuestras vidas. Para mostrar el Milagro. ¡Le Haïm!   

¡JAG JANUKA SAMEAG!!!!!!

Vuestra
Lourdes Dina
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