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Tisha BeAv, el día más triste en la historia judía
Martes, 18 de mayo de 2010

DECIMOSEGUNDO ENCUENTRO CON DINA EN LA YESHIVÁ.
Tisha BeAv, 9 de Av de 5771, 8-9 de agosto de 2011

En la vida humana se suceden alegrías y dolores, momentos de calma, de agitadas luchas, de quebrantos. También de dolor. Este ha suscitado a lo largo de la historia tantas reflexiones que harían correr ríos de tinta. Suele llamar mucho más que la dicha la atención de teólogos y filósofos. Pensadores judíos y no judíos han hurgado desde los albores de los tiempos en los entresijos del dolor y del duelo, quizás con la esperanza de disminuirlo, si se logran desentrañar sus causas y sus mecanismos. Pero aquí hay un punto sobre el que parece bueno insistir y nuestro Rabino lo ha hecho: ¿es bueno esquivar el dolor? Y su opuesto: ¿es bueno aceptar el dolor, entregarse a él? Y su tercera pregunta fue: ¿Llorar durante dos milenios? ¿Por qué hay una preparación para esta fecha? ¿Es necesario entonces prepararse para el duelo, quizás provocar el duelo?

Varias veces nos hemos reunido en la Yeshiva para tratar este tema; con mayor razón al prepararnos para Tisha BeAv. Pues en esta fecha, que no aparece en la Torah, sino que es un precepto rabínico, sobrevinieron al pueblo judío las desdichas más terribles de su historia. Enumeremos: los dos Templos que han existido en Jerusalem fueron destruidos ese día; el primero por Nabucodonosor; el segundo por Tito. Eso bastaría para recordar siempre que las alegrías humanas son perecederas, que la fuerza bruta de un déspota puede acabar con las más bellas obras, que el culto al Único D-s religión siempre está amenazado; que el pueblo judío recibe duros castigos cuando se aparta de su Creador e incurre en graves transgresiones.

Pero aun hay otros hechos: el fracaso de la rebelión de Simón Bar Kojbá, segunda guerra judía contra Roma (para algunos la tercera), en la que tomó parte como inspirador Rabí Akiva, por entonces al frente del Sanedrín[1]. Pues el emperador Aelius Adrianus se había empeñado en asimilar a los judíos, “civilizarlos”, en su opinión, y para conseguirlo había prohibido guardar el Sabbath, efectuar la circuncisión o Brith Milá a los niños y guardar las leyes judías en general (¿os suenan conocidas estas prohibiciones…., sobre todo la del Brith Milá, que hoy renuevan o pretenden renovar países “avanzados”, que se llaman democráticos?), todo esto acompañado con su ensañamiento con Jerusalem (la había llamado Aelia Capitolina, en homenaje al dios pagano Júpiter y a sí mismo) y con el pueblo judío, a quien desterró de ella. Al derrotar a Simón Bar Kojbá, su castigo fue despiadado: Rabí Akiva, junto a otros sabios, fue cruelmente martirizado hasta la muerte[2]; al destierro se unieron las masacres, las aldeas y pueblos arrasados, la prohibición de la Torah, la destrucción de los libros religiosos y sapienciales. Los muertos en la batalla final no fueron enterrados.

Comenzó entonces el peregrinar del pueblo judío por las naciones,  después de haber disfrutado de la Tierra Prometida. Se iniciaba la diáspora. El pueblo judío no podría volver a Jerusalem, su centro espiritual, para llorar por la perdida de la ciudad y por sus muertos, hasta el siglo IV de la era común, con Constantino el Grande, que solo permitía entrar una vea al año, precisamente el 9 de Av.

El destierro... nuestro pueblo es ducho en esos lances. No fue el promulgado por Aelius Adrianus el único al que nos vimos sometidos: en esa fecha sufrimos al menos tres decretos reales de expulsión: de Francia, de Inglaterra, de España. Hubo más.

Al llegar a este punto,  los ojos de nuestro Rabino se nublan. Pocas veces vemos enturbiarse la profunda paz de su ser. Irradia tristeza, pero continúa hablando:

En una sociedad hedonista como ésta en la que vivimos, tan actitud podría parecer un regodeo en el dolor. Por eso tildan al sentimiento religioso de negativo, igual que consideran las ideas religiosas como fruto de la ignorancia. Curioso resulta que en pleno siglo XXI los ateos radicales profesen los mismos principios del primer positivismo (¿Quién será realmente el “atrasado”?), pero toda pregunta merece la pena, porque de ellas aprendemos.

El ser humano ha nacido para la vida, en su totalidad y no sólo para  los momentos de alegría que ella proporciona. El Libro de Job (II, 10) nos dice: “¿Hemos de recibir acaso el bien de manos de D-s y no el mal?”.  El uso inadecuado de la libertad acarrea el mal, sea responsabilidad propia o de otros. La Kabbalah aporta una explicación que algunos no comparten: siempre tenemos alguna responsabilidad en el mal que nos sobreviene pues, aunque se trate del abuso de la libertad por parte de otro, recae sobre cierta víctima y no sobre otra porque algo en su Tikkun debía ser reparado.

El hombre es libre y en este caso, eso significa que en muchas ocasiones puede evitar el mal, conseguir que no llegue a herirlo. Pero debemos recordar que en el mal, como en otros aspectos del universo, existen misterios, hechos y fenómenos que escapan a las posibilidades de la razón humana sin disminuirla ni menospreciarla: simplemente exceden sus posibilidades y es necesario aceptarlo, investigar hasta la saciedad pero reconocer los límites del pensamiento humano cuando sea necesario.

Dolor y memoria están relacionados esencialmente. El primero impresiona con fuerza nuestro ser, nos marca de forma decisiva. Las grandes alegrías se recuerdan siempre. Los grandes dolores no se olvidan nunca. Este día leemos las Lamentaciones de Jeremías y el Libro de Job, entre otros pasajes bíblicos. No la Torah, que llena el alma de gozo. No se trata de masoquismo sino de no escapar de las realidades amargas de la vida: es necesario saber que existen la muerte, la decrepitud, el sufrimiento, la frustración. Nuestra sociedad adolece de pretender olvidarlos, relegarlos, sepultarlos, como si no existieran, como si nunca fueran a tocarnos. Cuando se reflexiona sobre los males que acaecen en la vida,  se aprende a evitarlos en lo posible, y a soportarlos cuando sobrevienen. Para quienes tenemos una fe, la felicidad completa pertenece a la vida trascendente, al estado que se disfrutará durante a eternidad, junto al Creador, en Shamayim. Mientras nuestra alma o Neshamá esté encarnada, estaremos también sujetos a la corrupción y al dolor, sin dejar por eso de alegrarnos con múltiples circunstancias durante la vida.

La sociedad actual nos miente con sus mitos: la eterna juventud, que es negación de la enfermedad y de la muerte, con la falsamente llamada “muerte digna”, que no es sino la eutanasia o asesinato legal, como si otra forma de morir no fuese digna. Pretende evitar el dolor hablando a toda hora sobre el sexo, las fiestas y otros placeres, incitando a practicarlos sin límite alguno. Insistir de forma desmedida en las fuentes del placer termina agotando la capacidad de experimentarlos. De forma similar a la droga, se necesitan dosis cada vez mayores, o tipos de sustancias más sofisticadas, para alcanzar una euforia que va decreciendo. Simplemente porque no es normal, es decir, no se atiene a la norma puesta por la naturaleza. Y la naturaleza puede ser ayudada, cuando alguno de sus mecanismos falla o se debilita, pero no violentada ni sustituida por la voluntad humana.

No hace un siglo, el comunismo pregonaba que el hombre puede dominar enteramente la naturaleza. Hoy el capitalismo inculca que el dinero puede comprar todo: desde la prolongación de la vida hasta la muerte sin dolor, sin olvidar la satisfacción de cualquier deseo. Entonces, las rabietas por los caprichos insatisfechos sustituyen a los verdaderos dolores de la vida: catástrofes naturales, muerte de seres amados,  injusticias diversas. De ahí que la idea de culpa, de maldad extrema, comience a calificar, so a los verdaderos criminales, sino a quienes no nos permiten obtener esos caprichos. Ahí está la causa de los asesinatos de padres por hijos cuando no les dan el regalo esperado, de hijos por padres que los toman como obstáculos para sus diversiones o medios de venganza contra un cónyuge que los abandona; el abandono de los ancianos, sobre todo cuando no hay herencia que recibir. Y mucho más. Siempre han existido esos males, pero en cantidad reducida, de modo que se les consideraba abominaciones en un marco de valores morales. Todo está permitido, siempre y cuando no viole las leyes, dicen algunos para abolir la moral y la ética de un plumazo y sustituirlas por las leyes humanas. No sé bien si se percatan quienes así hablan de que dichas leyes pueden cambiarse con mayor facilidad de la que creemos…. A veces a capricho, como muestran las dictaduras de todos los tiempos y como comienzan a mostrar los estados paternalistas de hoy.

Pensar en el dolor y evocarlo no es una actitud enfermiza, sino que constituye una profilaxis, una higiene del alma. La conservación de la memoria constituye la base de la propia identidad. Eso nos enseña Tisha Beav, además de evocar los acontecimientos que, duelan o no a muchos, forman parte de la historia humana y en especial, de la historia de Israel, como Estado y como pueblo.

El Rabino insistió en las prohibiciones vigentes en este día de duelo, explicadas en el Schuljan Aruj. No sólo no se estudiará la Torah, como ya indicábamos, sino que se añadirán a ella las propias de Yom Kippur: no comer ni beber, no bañarse ni ungirse por placer, no tener relaciones sexuales, no ponerse zapatos de cuero. Los saludos, los regalos, las muestras efusivas de afecto, los vestidos hermosos, también nos estarán prohibidos. Por supuesto que los enfermos, las personas débiles y los niños muy pequeños estarán exentos del ayuno y, dependiendo del caso, se les puede autorizar el baño y el empleo de cremas y ungüentos medicinales.

Reflexionemos también sobre lo que estas cosas representan en la vida humana, hasta que punto son prescindibles o si puede vivirse con mayor austeridad, con menor ostentación para ceder algo a favor de los pobres y necesitados.

Pero sobre todo nos enseña algo que a muchos les provoca irónicas sonrisas, pero esencial para el hombre de fe: que la clave de nuestras vidas es amar y temer al Creador, porque de EL dependen el dolor y la dicha, los males y los bienes que nos acaecen.

Acto seguido, el Rabino nos bendijo y nos deseó un día propicio y lleno de espiritualidad, y que el Eterno acepte nuestro ayuno.

Lo mismo os deseo a todos vosotros. Amén, Veamén.

 

 


[1] A Rabí Akiva—a quien se considera fundador del Judaísmo rabínico-- se debe un colosal trabajo en la organización y preparación de los libros que componen la Biblia judía o Tanaj, por lo que se le cuenta entre los tanaítas. También en la elaboración de la Mishná y en la exégesis de las leyes judías, vertida en el Midrash.  Su opinión, registrada en el Talmud, se toma como decisiva en las controversias allí expuestas.

[2] Con peines de hierro al rojo vivo fueron arrancadas su piel y sus carnes. Cuenta la tradición que expiró recitando el Shemá Israel, profesión de fe judía, cuya última sílaba alargó hasta morir. Su martirio se menciona también en Yom Kippur.