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Los días del adiós 4 de Tamuz de 5252
Aún quedan dos días para nuestra partida. Cada vez nos envuelve más un sentimiento de tristeza. Muchas familias nos han dejado ya. El barrio cada vez está más vacío, el bullicio que antaño se escuchaba por sus calles, el repiquetear de las herramientas de los orfebres, el olor a pan recién horneado, las conversaciones entre los com erciantes y los compradores, han ido desapareciendo. Sé, que padre, está preocupado por lo que el destino nos depare, pero trata de ser optimista. Dice que un médico siempre es necesario. Un amigo suyo de la infancia, cristiano, al que no vemos desde hace tiempo, ha comprado nuestra casa. Nos ha ofrecido un precio razonable para lo que es habitual en estos tiempos y, padre, ha aceptado. Todo el mundo se aprovecha de que tenemos que irnos obligatoriamente, para comprar nuestros bienes por poco dinero. Ahora ya no se pagan las deudas con los judíos. Pronto nadie podrá reclamarlas.
Hemos visitado la sinagoga. El rabino ha tenido palabras de ánimo y esperanza. Ha dicho que debemos confiar, que debemos tener fe, que Dios no nos ha abandonado, que todo es una nueva prueba, que seguimos siendo el pueblo elegido, que aunque ahora sólo veamos tinieblas, oscuridad e incertidumbre, pronto llegará la luz que iluminará nuestro camino. Habló de que esta nueva persecución acabará fortaleciéndonos, que nos unirá y nos hará más fuertes, que pronto tendremos un nuevo hogar.
Para mi sólo son palabras. Yo sólo veo que tenemos que dejar nuestra querida Toledo. Nunca he entendido como las cosas han acabado así, tan de repente. No comprendo porqué nos odian tanto, porqué tenemos que abandonar nuestro hogar, el hogar de nuestros antepasados.
A veces se me hace difícil pensar que no volveré a ver el cielo azul y despejado desde mi casa, que no volveré a disfrutar de esos días de invierno con la niebla abrazando la ciudad, con ese aspecto misterioso. Que ya no me bañaré en el río con mis amigos, cuando el calor del verano se hace tan insoportable. Hoy ya no puedo escribir más…
5 de Tamuz de 5252
Mañana será el día del adiós. Hoy hemos vaciado la consulta. Ha sido muy triste deshacerse de tantos recuerdos… Han prohibido que nos llevemos oro y plata, por eso, padre, ha cambiado todo objeto valioso, por algo que nos pueda ser útil para el viaje. Padre dice que siempre nos podrán servir sus herramientas de trabajo, sus hierbas, y sus conocimientos, para conseguir salir adelante. Ha podido comprar un carro, que estamos cargando en la parte de atrás de la casa, y un caballo de tiro. En cierto modo somos afortunados. Hay muchos que no han podido hacerse con tantas cosas. Madre fue al mercado con mi hermana a comprar alimentos. A pesar de los precios tan altos, han conseguido algo de pescado seco y harina.
Hace unas semanas, padre recibió noticias del médico morisco con el que entablo amistad, cuando ambos fueron reclutados por los reyes para la guerra de Granada. Parece esperanzado por la ayuda que nos va a prestar. Dice habernos conseguido pasaje en un barco que se dirige a territorio turco. La primera idea de padre era que nos dirigiéramos a Portugal, pero las buenas noticias llegadas desde Valencia le hicieron cambiar de opinión. Creo que nuestro destino, si todo sale bien, será Estambul. Parece ser que el Sultán no se opondrá a la emigración de judíos a su territorio.
Hemos visitado la sinagoga por última vez. El rabino se ha despedido de algunas familias. Hoy fue un día especial. Se celebraban los últimos matrimonios antes de su cierre. Algunas familias han adelantado las bodas de sus hijas, que ya habían cumplido trece años. Creen que así podrán viajar más protegidas.
Ha sido muy doloroso saber que nunca más volveremos a oír al rabino leyendo el Talmud en nuestra ciudad. Hoy lo ha hecho con fervor y pasión. Me pareció que estaba a punto de llorar de emoción. Él también abandonará pronto la ciudad. Su sinagoga, seguramente, se convierta en iglesia cristiana y, eso, le sume en una profunda tristeza.
Al final de las celebraciones han irrumpido varios clérigos cristianos en el interior animándonos a convertirnos a su fe. Han comenzado a gritar ensalzando la superioridad de su Dios. Hablaban de que nuestro Dios es un Dios débil y de que nos ha abandonado de nuevo. El rabino se ha enfrentado a ellos y, al final, se han ido porque algunos fieles querían lincharlos. El mismo rabino ha resultado herido en la cabeza en el tumulto que se ha producido a la salida de la sinagoga. Parece ser que se cayó, y se golpeó con un escalón. Padre y yo acudimos a socorrerle y le llevamos a casa.
Mientras Padre le curaba, hablaron... Padre siempre busca el porqué de las cosas y cree, que los culpables de que se haya decretado nuestra expulsión, son los judíos conversos. Cree que han engañado a los cristianos y a su propio pueblo, a pesar de que en privado, muchos de ellos, han cumplido con los preceptos y costumbres de nuestra fe.
El rabino cree que es acertado que les llamen marranos, que ellos cometieron un grave error. Cree que han traicionado la ley judía, que no debieron nunca dar ese paso. El rabino también culpa a la inquisición y a esa persona horrible que es Torquemada.
Yo sólo sé que no nos quieren aquí y no lo comprendo porque creo que no hacemos ningún mal a nadie. Vivimos confinados en nuestras juderías, sin tener apenas contacto con el exterior. No puedo creerme esas historias que cuentan sobre las atrocidades que cometemos. Dicen que hay judíos que matan niños para mezclar, en la pascua, el pan ácimo con su sangre. No creo que nadie pueda hacer tal cosa. Tiene que ser una invención de ese inquisidor.
Al anochecer, nos hemos reunido toda la familia en la cena, y allí, juntos, hemos pedido a Dios que nos guíe en nuestro nuevo destino.
Padre me ha pedido que hoy no tarde en apagar las velas. Mañana partiremos, y quiere que estemos descansados.
6 de Tamuz de 5252 Hoy fue el día de la despedida. Sólo queda un mes para que tengamos que haber abandonado Sefarad. Al amanecer, salí de casa junto a mi hermana, que me esperaba en la puerta llorando desconsoladamente. Le he cogido de la mano y hemos ido a dar un último paseo por la judería, mientras trataba de consolarla. El silencio lo ocupaba todo, por sus calles estrecha. Hemos recorrido puerta por puerta los límites de nuestro confinamiento, tratando de memorizar cada pequeño detalle, para poder hablarles de ello a nuestros hijos y nietos. Hemos pasado por delante de varias sinagogas y hemos rezado para que todo salga bien en nuestro nuevo viaje.
Ya en casa, hemos desayunado todos juntos. Padre ha tenido unas últimas palabras. Ha dicho que debemos tener fe, que no debemos sentirnos lejos de nuestro Dios.
Yo no tengo el mismo sentimiento que él. Yo no tengo la misma fe, yo tengo ganas de revelarme contra esta injusticia. Pero él dice que sería inútil. No comprendo que después de tantos años, de tantas generaciones, de casi trescientos años en esta ciudad, la familia deba abandonar, no sólo la ciudad, sino el reino. ¿Es que nuestro Dios nos habrá abandonado de verdad? Es algo desesperanzador ver como la historia se repite y nuestro pueblo debe empezar, de nuevo, en otro lugar. No entiendo como el rabino puede decir que somos el pueblo elegido, si siempre acaban expulsándonos de nuestros hogares.
Padre cerró la casa con lágrimas en los ojos y se abrazó, emocionado, primero a madre y luego, a mi hermana y a mí. Después le entregó las llave al rabino para que se las de al nuevo propietario. Nos despedimos de los pocos vecinos y amigos que nos quedaban, e iniciamos nuestro camino.
Fue muy doloroso salir por la puerta que llaman de los judíos, y abandonar la ciudad. No pude resistir la tentación de mirar atrás por última vez. Que bonito era todo desde allí abajo. El agua del río corriendo a nuestros pies… el gran puente…, las murallas…, todo parecía tan familiar, tan nuestro y a la vez tan lejano y distante…
Mientras yo escribo, en esta noche estrellada, lejos ya de mi amada Toledo, mi hermana duerme, quizá cansada de tanto llorar y de tanta emoción. Cuanto sentimiento de pérdida, cuanto dolor…Ahora sólo nos queda la esperanza de un nuevo futuro. Luis Miguel Morán |