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Abraham y el monoteísmo

Por José Luis Corral.
Existen datos que podrían confirmar que antes de la llegada de Colón y sus naves al continente americano, algunos pueblos escandinavos ya lo habían hecho. Sin embargo, los cambios para la humanidad se dieron a partir del hallazgo de Colón y no cuando viajaron los vikingos.

 

De la misma forma, en la antigua Mesopotamia se habían dado mitos explicando la creación del universo y del hombre; los sumerios, por ejemplo, disponían de narraciones acerca de un gran diluvio que podría haber servido de inspiración al relato del diluvio universal de la Torá. Incluso existían historias de altas torres construidas por el hombre, en su vanidad, para alcanzar el cielo. Sin embargo, ninguna de aquellas narraciones ha trascendido más que para cubrir el espacio correspondiente en los estudios historiográficos del mundo antiguo. Fue a partir de entonces, cuando sí se produjo un descubrimiento trascendente para la humanidad que perdura hoy en día y lo hará, posiblemente, hasta el fin de los tiempos; me refiero al descubrimiento de Dios por parte de Abraham. Abraham, trasladó a su estirpe una nueva forma de pensar y de creer. Hashem, Dios único, real, no imaginario, le escogió para revelarle la Verdad pero con obligación de fidelidad dado que su existencia no suponía la inexistencia de otros posibles dioses. Él, debía ser para ellos el único, el verdadero.

Con Abraham y sus descendientes, se inició la lenta edificación del universo espiritual del pueblo judío, una sociedad y una cultura de la que bebieron los constructores de las sociedades y las culturas de aquellas tierras y del futuro mundo occidental. Los hebreos, asimilando conceptos filosóficos y prácticas religiosas de otros pueblos de su entorno, edificaron de la mano de Abraham una revolucionaria religión que trazaba de manera objetiva estilos de vida y a la vez la manera de obrar de las personas, una religión moralizante y a la vez fuente de derecho.

Abraham salió de Ur, su ciudad, con la esperanza de encontrar tierra fértil: “Vete de esta tierra a la que yo te indicaré. Yo haré de ti un gran pueblo”, le dijo. Estas fueron las consignas de Hashem. Fue el inicio de la Alianza pero también el inicio de una lucha histórica entre Dios (y su palabra) y el hombre (y sus acciones), no siempre coincidentes.

Abraham, con su pueblo, transformó un territorio ordinario en lo que, al regreso con Moisés, sería un país extraordinario; la tierra donde manaría la leche y la miel, y en la plataforma para aquella nueva religión, una religión con futuro, con una cosmovisión muy particular, tan particular que la ciencia y la tecnología tienen dificultades para desmontar, y con Hashem como única figura.

Siendo cierto que Tales de Mileto, observando el universo, se preguntó ¿qué es esto? el categórico Aristóteles, algunos siglos después, otorgó a Dios la creación y la ordenación del cosmos al margen de las numerosas deidades de la mitología griega. Si bien, a juicio de Aristóteles, se trataba de un dios que se mantenía en la indiferencia ante los destinos humanos, es decir, lo que en política actual se entiende como no intervención. Al contrario, el Dios de los hebreos, es creador del mundo y aunque no forma parte de él no se desentiende, en su momento guio a los Patriarcas y a día de hoy sigue estando receptivo cuando en la festividad sagrada del Yom Kipur su pueblo le muestrea arrepentimiento, es más, todos los pueblos que se consideran descendientes de Abraham, en su espiritualidad, están a la espera del día en que serán sometidos a un Juicio Final.

Sabemos que el innombrable, al que no tenemos acceso es, universal, omnipotente y omnipresente, un Ser absoluto e ilimitado que no está sujeto a las dimensiones de espacio y tiempo, y que en Él, está la respuesta a nuestras preguntas de las que la primera de ellas bien podría ser: ¿Cómo sería la vida sin la existencia del culto a Dios?

José Luis Corral