Jaén

Carta de la presidenta de Tarbut Shorashim Jaén

DOLORES OZAEZ

Shalom, soy Dolores Ozaez Vidal, y me uno a la RED TARBUT, como representante de  Tarbut Shorashim de Jaén, (Andalucía), y ésta es mi historia:

Cuando era pequeña y vivía en Madrid, deseaba con todo mi corazón ir de vacaciones al pueblo oriundo de mis padres, en un rincón perdido de Sierra Mágina,  pues allí, el tiempo se detenía, más bien es como si las agujas de un reloj imaginario empezaran a girar hacia atrás, para después desaparecer en la nada, volvía de nuevo a un espacio y tiempos pretéritos. El reloj no era necesario, pues bastaban las estrellas y el sol para marcar el tiempo, el lucero del anochecer, para decirnos que el día se había acabado y el canto del gallo, para despertarnos y decirnos que el día empezaba.

Entonces, es cuando entraba más en contacto con la familia de mi madre, para mí, en cierto modo, casi unos desconocidos,  mi madre además se sentía más feliz, estaba en su huerta, en sus olivas, ahí es donde descubrí que, para ellos, los silencios valían más que las palabras, que un trozo de rosco de las bodas, de 70 años, más duro que el mármol, podía ser algo importante, aunque no se supiera el por qué, que las tormentas se alejaban sin hacer daño si se las bendecía con sal y una oración…

No me podía, entonces, siquiera imaginar, que algunas de estas cosas, para mí, rarezas de mi familia materna, eran aún, minúsculos destellos del antiguo esplendor de Sefarad, que según ellos eran las tradiciones de “los antiguos” o de “los nuestros”, -pues la palabra judío, estaba proscrita, era tabú, y desgraciadamente, se veía como un tremendo insulto-.

He de señalar que, desgraciadamente, aún pervive en algunos sectores de la sociedad el desprecio, o incluso, el miedo hacia la palabra: “judío”, así como existe una aplastante ignorancia de que, su cultura, sus valores, y su religión, son una de las aportaciones más enriquecedoras a este país, y sobre todo a “Al-Andalus”. Sin embargo, esta lamentable circunstancia no ha sido suficiente, para que aún así, aparecieran minúsculos destellos, alumbrando el oscuro camino hacia la pérdida de las señas de identidad e incluso, supusiera que, muchas costumbres judías se propagaran hacia el resto de la población asumiéndolas como suyas, pero desvistiéndolas de su precioso origen.

Así, me cuentan muchas amigas que, sus madres, e incluso, ellas mismas, han recibido y siguen recibiendo en su ajuar doméstico, el cazo o cazos de la leche, solo y exclusivamente destinados a cocer la leche, porque, “no estaba bien que se mezclaran la carne y la leche”, siguen adoptando y conservando dicha práctica, pero desconocen absolutamente el origen de esta tradición.

Confieso que me he emocionado, cuando descubrí el significado de aquél trozo de rosco de la boda de mis abuelos, que mi abuela y después, mi madre, guardaron, celosamente; para mí, una rareza más de las suyas, y que yo había tirado por ignorancia. O, cuando me di cuenta de que mi madre, realmente no estaba desvariando, cuando pedía que no le lleváramos flores a su tumba. Y la sorpresa que me deparó el hecho de descubrír que, mi familia materna, unos agricultores, aparentemente incultos, que habían ido muy poco o nada al colegio, conocieran, sin embargo, los principios generales contables, y los aplicaran, casi con el mismo rigor, que un profesor de economía.

Entonces, yo no sabía que aquél minúsculo trozo de pan duro, o aquellas rarezas de mi madre, eran la huella de una ceremonia de bodas judía, o de un entierro judío, recuerdos de tradiciones, perdidas en la noche de los tiempos, como pequeños centelleos de la luz de Sefarad.

Recuperar y dignificar la memoria perdida del magnífico legado que tenían “los antiguos”, o “los nuestros”, supone que la luz de Separad brille de nuevo. Este es el propósito de unirme a la familia Tarbut Sorashim y Tarbut Sefarad.

“El D-o Grande que me oiga”.

Dolores Ozaez