VILLENA

Carta del presidente de Tarbut Villena



VILLENA
Alicante

DANIEL DOMENE BARCELÓ

Queridos amigos:

En primer lugar, me gustaría agradecer a Mario Saban el hecho de haberme ofrecido la presidencia de Tarbut Villena. Para mí esta labor es un gran honor. No obstante, creo que primero es conveniente hablar sobre qué es Tarbut Sefarad.

Tarbut Sefarad es una asociación de amigos de la cultura hebrea. En ella son bienvenidos tanto judíos como no judíos que sientan interés por esta cultura milenaria. Es, en definitiva, un nexo que permite facilitar el acceso a la cultura judía a todas aquellas personas interesadas. Esta asociación funciona como una nebulosa, una constelación integrada por miles de personas interesadas en la difusión de la cultura hebrea en Sefarad.

En mi opinión, la función que cumple esta asociación es de suma importancia, ya que en España siempre ha existido un perverso maniqueísmo entre todo aquello que es español y todo aquello que no lo es. El episodio más reciente en que lo vivimos fue durante la Guerra Civil. Pero años antes, esta intransigencia, este integrismo lo vivieron los protestantes, y mucho antes los judíos. En este país se ha ido progresivamente reparando los borrones y enmiendas generados en la memoria colectiva, menos uno, el de la expulsión de los judíos de 1492. No nos equivoquemos, aquel acto sólo buscaba crear un país unificado bajo el terror y el integrismo católico, borrando, a su vez, la huella de la cultura hebrea sobre la tierra de Sefarad. Al más puro estilo de una república islámica actual, España se cerró sobre sí misma, olvidó a sus sabios hebreos y todo el mundo proclamó por el temor a las penas de tortura y muerte de la inquisición ser judíos viejos. Esta demencia que vivió la península ibérica en el siglo XVI la podemos ver en la obra de teatro El retablo de las maravillas de Miguel de Cervantes en su visión más cómica, no obstante, la realidad fue mucho más sangrienta y trágica.

Desde la instauración del Tribunal de la Inquisición en los reinos hispanos hasta la expulsión de los moriscos en 1609 fueron condenados por judaizantes más de 340.000 personas -sólo en España y durante ese período pues la Inquisición seguirá funcionando hasta 1821-. Muchas de estas personas eran cristianos nuevos que se habían convertido al cristianismo empujados por el miedo de las revueltas de 1391 que comenzaron en Sevilla y se extendieron por diferentes ciudades, como Valencia y Barcelona, en las cuales una muchedumbre bajo las instigaciones del clero asaltaba las juderías, calls o aljamas al grito de Conversión o Muerte.

Tras la expulsión de los judíos en 1492 era difícil encontrar una sola persona en España que afirmase públicamente su ascendencia judía, y aún más imposible que manifestase públicamente pruebas de filiación a la religión del pueblo de Israel –pues hubiese sido una pura condena a muerte-.

Al igual que tras la Guerra Civil el motor propagandístico se cebó en presentar a los vencidos como la parte negra de España, tras la expulsión otro tanto pasó con los judíos expulsados y con toda su vasta cultura. Se pretendió hacernos creer que habían dejado de existir, que en España no existían oficialmente judíos, que España era un “pura sangre” católico. Nada más lejos de la realidad: ni la Inquisición pudo borrar del todo el judaísmo en la Península Ibérica, presente desde antes de la colonización Romana.

Los judíos sefarditas, orgullosos de sus orígenes, esparcieron la floreciente cultura hebrea que se había cultivado en España por el mundo. Los sefardíes eran la flor y nata, la aristocracia, intelectual del mundo judío de entonces. Llevaron su literatura, sus interpretaciones de la Torá y la herencia de sus poetas, filósofos, médicos, artesanos… a Ambereres, Amsterdam, Londres, Livorno, Venecia, Israel, Marruecos, Grecia, Turquía y al Nuevo Mundo. Nunca se desprendieron de su lengua, que mantuvieron con orgullo en el exilio, y lo digo bien alto, porque fueron unos exiliados, pues eran tan oriundos del lugar como sus vecinos cristianos. En Marruecos el haketía y en el antiguo Imperio Otomano el ladino eran sus insignias que los unían más a España que a la tierra en que vivían. O la Biblia de Ferrara –traducida al castellano- para que los judíos exiliados pudieran seguir su religión en su propia lengua.

En España quedaron muchas familias que, tras convertirse por temor al catolicismo, mantuvieron en secreto algunas prácticas judías. Muchos de ellos no llegaron a ser reconocidos de lleno como cristianos por sus conciudadanos, como es el caso de los xuetas de Mallorca. Otros pasaron desapercibidos, pero mantuvieron un código de conductas que repetían de manera casi genética, que con las diferentes generaciones acababa perdiéndose en sus orígenes, y que muchos españoles reconocerán en sus familias, como voltear los espejos o quitarlos en la casa del difunto cuando muere; desproveer al difunto de todo tipo de lujos y objetos brillantes; no matar a animales después de haber muerto algún familiar; casar a la viuda con el hermano soltero de su marido; reunirse los viernes por la tarde noche al lado del fuego; limpiar la casa los viernes por la mañana o hacer la compra este mismo día. Son algunas de las tradiciones que muchas familias han mantenido, sin saber el origen judío de las mismas.

También podríamos entrar en el detalle de la cantidad de apellidos judeoconversos que existen en España.

Creo que tras todo este tiempo es necesario dar a conocer la cultura judía en España. Hacer cuentas de lo que un día fue Sefarad, dejar a un lado los fanatismos y aceptar las profundas raíces judías de España, reivindicarlas y darlas a conocer. Perder la vergüenza y el miedo a reconocer nuestro pasado judío.

Cordialmente,

Daniel Domene Barceló
26 de septiembre de 2010

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