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Los huertos de la judería de Jaén

Un urbanismo para los cinco sentidos

“Y aquellos huertos, ignorados y solitarios... Aquellas puertecillas serviciales o cómplices... Todo se rindió para dejar paso a más prosaicos empeños: cocheras, almacenes, modernísimos tugurios y otras semejantes progresías. Así las gastamos. Primero echamos de mala manera a los judíos y moriscos. Luego, a varios siglos de distancia, hacemos lo posible por aventar hasta su recuerdo”.
Manuel López Pérez – Las Cartas a Don Rafael

Jardín privado en calle del Rostro. Judería de Jaén, 2005.

Ya decía Al-Himyari en aquel Yayyan (Jaén) del siglo XI que “... En Jaén, las propiedades tienen en su puerta un molino de granos y tienen huertos junto al cuerpo de la vivienda...”.

Así era. Aunque en la arqueología este dato es casi mítico, sin embargo, la documentación histórica habla por sí sola.

Los antiguos huertos-jardines (que ambas funciones cumplían), de las antiguas medinas andalusíes, tenían la facultad de trasladar a propios y extraños multitud de sensaciones: alegría a la vista, aromas agradables al olfato, deliciosos frutos para el paladar, trabajo para las manos, sonidos relajantes al oído...

La ciudad de Jaén, cualquier ciudad del mundo, ha sufrido profundas transformaciones a lo largo de los siglos. Callejones que desaparecen, avenidas que inundan antiguas huertas, bloques de pisos que anulan la visión de las agrestes montañas, autovías que dividen y perforan sierras, etc.

Es normal. Muchos vemos en estas actuaciones algo intrínseco al progreso que cualquier localidad precisa para mantener unas buenas comunicaciones, satisfacer la demanda de determinado tipo de viviendas, resolver los acuciantes problemas del tráfico rodado, etc.

Ahora bien, en los límites está la cordura. Jamás se podrá entender como progreso aquel que solo sabe crecer desde las ruinas o la mutilación de su pasado.
Y estos límites, en el caso del Conjunto Histórico de Jaén, se han sobrepasado con creces. En el tema que nos ocupa, los huertos, Jaén ha visto desaparecer en aras del progreso unos cuantos, más bien la mayoría y sirvan éstos como muestra:

“Huerto de la Fuencaliente”, en la calle del Baño.
“Huerto del Baño”, en San Andrés.
“Huerto del Mirador”, en la calle Custodia.
“Huerto de Calatrava”, en Millán de Priego.
“Huerto del Naranjo”, en Los Caños.
“Huerto de Moya”, en la calle Molino de la Condesa.
“Huerto de San Martín”, en calle Telégrafo.
“Huertos de la Merced”, junto al Convento.
“El Corralón de los Alcalciles”, antes de la Trinidad.
“Huerto del Marqués de Salinas”, en plaza de la Imprenta.
“Huerto de Cárdenas”.
“Huerto de la calle Parrilla”, que fue hermoso jardín.
“Huerto de Dalias”.
“Huerto de Cristobalina”... o también la “Senda de los Huertos”, donde desaparecieron varios, para dar paso a la conocida hoy como Avenida de los Escuderos.

¿Se imaginan que lo mismo hubiera sucedido, por ejemplo, con los carmenes granadinos?.

Jardines de las Escuelas de la Santa Capilla. Judería de Jaén, 2005.

En el adarve de la antigua Judería de Jaén el progreso también aniquiló el conocido, según algunos, como “Huerto de la Inquisición”, en la Plaza del Rostro.

Otros menores, también de la Judería, han desaparecido, edificando encima (Huertecillo de Dulce) o dando paso a dependencias cubiertas con terrazas que en nada recuerdan la histórica imagen de dicho espacio pero, sin embargo y afortunadamente, el antiguo adarve hebreo es uno de las pocas zonas del Conjunto Histórico jiennense que continúa albergando, como si fuera un preciado cofre lleno de antiguos tesoros, algunos de aquellos huertos que evocan sobremanera la ciudad medieval y que, en otros lugares del casco antiguo, se fueron para nunca volver.

Varios huertos se conservan en el Convento de Santa Clara. Jardines en las Escuelas de las Santa Capilla que hacen asomar, caprichosos, las copas de los cipreses en el bello y recatado callejón del Gato. Alguno privado, de singular belleza, como el de un particular de la calle del Rostro que guarda como oro en paño el regusto andalusí en uno de los jardines más bellos de toda la ciudad y del cual alguna foto añado a este artículo.

Pero es que, además, en ese singular espacio histórico que es la Judería de Jaén, también afortunadamente, aunque no resta nada de su vegetación, han llegado hasta hoy dos grandes espacios sin edificar de aquel “Jaén Heredado”, que se han conservado como tales y con sus antiguas delimitaciones (muros) en pié. Hablo del conocido como “Huerto de Poli”, cuya antigüedad es desconocida pero que podría aportar grandes sorpresas, además de uno de los huertos conventuales del Real Monasterio de Santa Clara, justo aquel donde antaño se ubicara, según algunos entendidos, la conocida como “Casa-Tribunal de la Inquisición”.


Jardín privado en calle del Rostro. Judería de Jaén, 2005.

Es de destacar que el territorio de dicho Real Monasterio se vio acrecentado en espacio con gran parte de la zona perteneciente a la aljama hebrea, una vez ésta desapareció de la ciudad y ello, sin duda, también forma parte de la historia tangible y documentada de la ciudad de Jaén.

Estos dos huertos, sobre los que todavía, congratulémonos, no se ha edificado, forman parte del conocido urbanísticamente como solar Apa III-San Andrés y son de propiedad pública, concretamente, de la Empresa Pública del Suelo Andaluz, dependiente de la Consejería de Obras Públicas de la Junta de Andalucía.

Los huertos eran nada más, y nada menos, que espaciosos oasis de vegetación entre el apiñado caserío de la ciudad heredada en el momento en que el Casco Antiguo de Jaén fue declarado Bien de Interés Cultural,

El debate en torno al espacio judío jiennense lleva abierto varios años. ¿Se edifica con arquitectura tradicional?. ¿Damos paso a los nuevos lenguajes arquitectónicos contemporáneos?. ¿Modificamos la trama urbana?. ¿Levantamos torres de cristal?... (que de todo ha habido).

Es evidente que dicho debate, una vez descubiertos estos extremos sobre los huertos, debe partir de la necesidad de preservar la herencia paisajística recibida en la Judería giennense. A partir de ahí, el debate puede ser productivo, pero si éste continúa sin tener presente la conveniencia y necesidad (turística, cultural y económica) de preservar el legado de dicho adarve del Conjunto Histórico, esto es, sus grandes espacios abiertos y a la vez cerrados, su resultado será, cuanto menos, demasiado seco, quizá vacío de contenido y hasta estéril si me apuran.


Aspecto exterior del Huerto de Poli. Judería de Jaén, 2005.

Anulando la imagen heredada de dicho entorno conseguiremos nuevas tendencias artísticas, nueva fisonomía, nuevos valores pero, desde luego, sin contenido histórico, todo lo más la tan vendida “inspiración” que, en casos muy cercanos y concretos hemos visto que es tan sutil que el viandante, el turista, el vecino... es incapaz de encontrar en dichos edificios o espacios públicos apenas nada que le haga recordar o entender que significa dicha “inspiración”.

Si en la Judería de Jaén hemos recibido de nuestros mayores una zona que sigue evocando la condición cristiana, árabe y judía de una Jaén milenaria y protegida por las leyes de patrimonio, gracias a que hasta nuestros días han llegado esos grandes terrenos sin edificar que son o fueron los huertos-jardines que salpicaban de frescor y verdor el caserío jaenés en el pasado, ¿a qué inventarnos nada...?. Hagamos como otras ciudades y conservemos estos grandes espacios y paisajes heredados.

Recuperemos su vegetación, como eran antaño: parras, naranjos chinos, albarillos, higueras, ciruelos, granados y almendros..., además de verbena, toronjil, rosales de pasión... Existe sobrada documentación al respecto.

Rescatemos, como escribiera López Pérez en sus “Cartas a Don Rafael”, esos huertos que “... estaban sibilinamente camuflados. Pudorosamente velados... caperuces verdinegreros de los cipreses, que asomaban indiscretos por encima de las tejas roídas y mohosas... La gracia oriental de la palmera, que cortejaba a los cielos límpidos y transparentes... los pámpanos lujuriosos del parral que se saltaba travieso las tapias del brazo de algún escaramujo florecido...”.

Recobremos la sonoridad de ese “... sinfín de plantas de nombres simpáticos y populares: pendientes de la reina, barbas de moro, dompedros, flor del sol, malvachinas, flores del jaro, galán de noche...”


Muros, a la izquierda, tras los cuales está del Huerto Conventual sobre el que  algunos/as pretenden edificar.
Los de la derecha (cubiertos con vegetación) pertenecen al límite del “Huerto de Poli”, también en peligro de desaparición.

Recuperar la Judería es salvar el legado que ha llegado hasta nosotros. No hay que inventarse nada. Rehabilitar la Judería, apostar por la multiculturalidad, estrechar lazos con pueblos hermanos que se fueron y ahora vuelven al terruño ancestral, resulta tan simple como conservar lo que ha llegado al día de hoy: aterrazamientos artificiales, paisaje cultural heredado, el legado de unos espacios antropizados que todavía hablan de una forma de hacer ciudad...

En nuestra Judería quedan dos grandes huertos que son de propiedad pública:  uno conventual, recatado, con silencios que hablan de clausuras y oraciones. El otro,  Edén particular, donde se plantaran árboles y hasta especies y flores que a veces daban sustento a la familia.

Como escribiera Rafael Cañada, refiriéndose a los antiguos huertos privados de la Judería de Jaén “... todos ellos fueron los restos de viejos hogares de aquellos conversos emigrados o aniquilados por la Inquisición...”.

Sean pues evocadores espacios de un pasado que se fue pero que no queremos olvidar. Conviértanse en centros de interpretación de la vegetación secular de nuestras ciudades. Ábranse a extraños y propios como lugares de esparcimiento, ocio y aprendizaje...

No nos regalen más bloques de hormigón amazacotado. Restauren los muros de piedra que limitan estos huertos y planten lo que corresponda para deleitar los cinco sentidos del ser humano. Hagan “resurgir” el agua que antaño llegara hasta allí desde el mismísimo Raudal de la Magdalena. Domicilien en estanques a los peces de colores que adornaron las tardes de más de un giennense preocupado por los avatares de la corte califal.

Hace unos años el Real Alcázar de Sevilla recuperaba un jardín del siglo XIV sobre el que su director-conservador, José María Cabeza, expresaba que “no solo se ha restaurado un patrimonio material, sino que también se ha recuperado un patrimonio inmaterial: el aroma de los naranjos y el sonido del agua”.

A ver si estamos en el mismo siglo XXI en el que está Sevilla y, en vez de ingeniárnoslas para desbaratar e inventarnos el paisaje histórico y cultural heredado en nuestra judería, sabemos respetar lo que hay, recuperando su valor patrimonial material e inmaterial.



Antiguo “Huerto de la Inquisición”, que albergó una alberca.
(Ortofotografía municipal)
Una línea delimita aproximadamente el “Huerto de la Inquisición” hoy,
con lenguaje arquitectónico contemporáneo. El gran espacio heredado sin edificar ha desaparecido.
Fotografía (Documentación Concurso Internacional de Ideas Apa-III San Andrés).


Rafael Cámara Expósito
Presidente de Asociación IUVENTA

Huertos judería de Jaén