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La visión de lo judío en la época franquista

“NOTAS URGENTES” PARA EVITAR CONFUSIONES
Por Anun Barriuso y José Manuel Laureiro.
Que los judíos fueron “protegidos” por el dictador frente al nazismo, parece que comienza a ser una de esas falacias que de tanto repetirse termina haciéndose una “verdad a la fuerza”. Afortunadamente existen obras que ponen en evidencia la verdadera postura del Régimen respecto a la “cuestión judía”; la clásica, pero no por ello carente de verosimilitud, es la  del profesor Haim Avni, titulada “España Franco y los judíos”, al que tuvimos la suerte de saludar hace pocos años en Madrid.

 

Otra de las obras es la de Gonzalo Álvarez Chillida “El antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002)”. También de Gonzalo Álvarez Chilida y de Ricardo Izquierdo Benito es aquella en la que actuaron como coordinadores “El Antisemistismo en España”,  en  que aparece un trabajo de José Luis Rodríguez Jiménez, con el título “El antisemitismo en el franquismo y la Transición”.

En todas ellas queda evidenciada la postura oficial del gobierno de Franco: Nada de proteccionismo hacia los judíos, como mucho, aunque tal vez en esa época supuso salvar vidas, permitir el paso por España de judíos camino de  Portugal y allí dar el salto hacia la salvación en países americanos.

Otra cuestión es el  comportamiento personal de diplomáticos españoles, que fueron de gran importancia para los judíos en países como Hungría, Bulgaria o Francia.

Lo que pretende reseñar  el presente artículo es el componente ideológico y por tanto la formación de opinión que la literatura oficialista tenía respecto a la cuestión judía.

El profesor Gustavo Daniel Perdnick, señala en su obra “La Judeofobia. Cómo y cuándo nace, dónde y por qué pervive”, que “ probablemente no haya odio más antiguo, más generalizado, más permanente, profundo, obsesivo, peligroso, quimérico y fácil que la judeofobia”.

Para apoyar todas esta aseveraciones vamos a tomar un libro, parte de una colección dedicada a la Vida de los Grandes Hombres en los que se incluyen Alejandro Magno, Cervantes, Napoleón, Julio César, Cristóbal Colón, Franklin, Dante, Pizarro, Bolívar, Édison, Mozart, Pasteur, Wagner…, hasta un total de 29 en el momento de la publicación  y va  a ser el centro de nuestra atención, San Vicente Ferrer.

Es curioso, que también forma parte de esta obra un apartado dedicado a Mujeres Ilustres, que curiosamente sólo consta por seis títulos, a saber, Isabel la Católica, Santa Teresa, Dª María Pacheco, Juana de Arco, Madame Curie (tal vez desconocían su origen) y Dª María de Molina.

Lo que identifica a dichos libros con la opinión del Régimen, es que estas colecciones eran repartidas gratuitamente en los colegios que en aquella época eran llamados “municipales” o en otros casos “del estado”.

Pero centrémonos en nuestra obra a estudio. Esta Vida Ejemplar dedicada a San Vicente Ferrer, está escrita por Antonio Igual Úbeda y consta de un Prefacio y de siete capítulos nominados como siguen:

  1. Santa infancia
  2. El maestro
  3. Confesor papal
  4. Don de lenguas
  5. El Compromiso de Caspe
  6. “Ángel del Apocalipsis”
  7. Ausencia eterna

La obra fue publicada por Editorial Seix Barral en Barcelona en 1952.

La fecha es importante, en primer lugar porque en esos momentos ya existe un Estado Judío, es decir, ya hay un país con gobierno propio que representa a los judíos, lo que viene a significar que no estamos hablando ya de un pueblo errante que se ubica el los lugares donde gobiernos y progroms tienen a bien permitirles el asentamiento.

En segundo lugar y con algunos años de diferencia, otros autores, de mayor prestigio aunque en posiciones políticas antagónicas, tienen otra visión del tema judío; así Américo Castro publica en 1954, “La realidad histórica de España”, obra de suma importancia para entender ese asunto tan controvertido llamado “España”.

Unos años más tarde Josep Plá escribe “Israel, 1957”, documento periodístico imprescindible para conocer la realidad de Israel en ese momento vista desde unos ojos asombrados, pero a la vez ganados para la causa del Estado de Israel

Pero vayamos a nuestro libro en cuestión. Consta de 87 páginas con varias ilustraciones sobre la vida del santo.

En el capítulo II, “El maestro”, el autor nos hace partícipes de su visón de los judíos y de la matanza que se realizó en la judería de Valencia en 1391 y recogiendo  las palabras de Igual Úbeda:


“El problema de los judíos venía produciendo en toda la Península una creciente inquietud. Habían llegado hacía siglos, en tiempos de la monarquía visigoda, y supieron mantenerse a través de la dominación musulmana y de la episódica y dilatada Reconquista. Pero aquellos siglos de convivencia con los cristianos no borraron las diferencias étnicas ni atenuaron el odio recíproco. Los judíos habitaban, en las ciudades, un recinto anejo y amurallado, con todos los servicios propios y necesarios para su uso exclusivo, desde obradores y tiendas a cementerios y sinagogas. Con ello se pretendía evitar posibles altercados con los cristianos y limitar, en lo posible, la expansión semita. Pero no se consiguió ni una cosa ni otra. Los judíos eran cada vez más numerosos; lograban infiltrarse en todas las capas sociales y en todos los organismos; en muchas actividades gremiales, en la vida de las artes y de las ciencias, allá donde fuera preciso una gran agudeza mental, ingenio, malicia o todo ello junto, encontraban magnífico terreno para mostrar sus habilidades. Muchos de ellos fueron alquimistas renombrados, físicos y médicos, e incluso los reyes los preferían cuando necesitaban sus servicios. Pero el fanatismo y la avaricia terminaron con ellos, andando los siglos. Antes, a través de toda la Edad Media, se iba fraguando la tormenta que alguna vez había de estallar, incontenible y avasalladora…”.

Analicemos brevemente lo hasta aquí reseñado: El autor reconoce la presencia judía en la época visigoda, es decir, antes de la formación de lo que en el futuro se llamará España. Son de alguna manera forjadores de esa “Patria Común”, como se decía en el lenguaje oficial de la época.

Por otro lado, nuestro inefable autor comete un error histórico, al decir que los judíos vivían apartados, esto en muchos lugares se va a producir a principios del siglo XV con las Leyes de Apartamiento, pero hasta esa época, los judíos solían habitar en plazas y zonas céntricas de la ciudades, pues ahí tenían sus tiendas y lugares para comerciar en los mercados. En otros ciertamente, sí que van a tener su propio barrio, sobre todo para evitar los contínuos ataques de los que son objeto. Además van a tener sus propias leyes o takkanot

Y ya van saliendo esos prejuicios tan extendidos incluso en la actualidad; a saber: El de la infiltración para dominar,- tal vez el autor tenía entre sus lecturas los tristemente famosos “Protocolos de los Sabios de Sión”-, también y cómo no, la malicia, la avaricia y el fanatismo.

Pero lo que no  puede pasar desapercibido es que el autor nos va “poniendo en suerte” para justificar lo que sería la matanza de 1391, que terminaría con la destrucción de la totalidad de la aljama valenciana.

Continuando con el texto:

“…Es evidente que los judíos gozaban de impopularidad absoluta, no sólo por practicar su religión, sino por su mezquino espíritu de usura. Y cuando los cristianos, excitados por alguna causa completamente ajena, a veces, a los propios judíos, daban contra ellos la voz de alarma, las negras nubes del rencor comenzaban a despedir alarmantes chispazos, precursores de aquella inevitable, temida y pavorosa tempestad…”.


No podemos seguir adelante sin analizar este párrafo. Según el autor, la impopularidad de los judíos, que posteriormente justificará su casi total aniquilación, ya vendría por practicar su religión, a o que se añade otro tópico al uso, “su mezquino espíritu de usura”. No cabe duda de que Igual Úbeda ha leído a Sánchez Albornoz, que también justifica la ignominia cometida contra los judíos, porque eran usureros.

Por último es digno de destacar el alarde retórico preparatorio de la matanza, “nubes negras de rencor”, “alarmantes chispazos” o “temida y pavorosa tempestad”. Además para nuestro autor, todo ello tiene un carácter de “inevitable”.

A partir de aquí, Igual Úbeda, ante la imposibilidad racional de justificar la masacre, pasa a describirla:

“… Así fue como hallándose Vicente Ferrer en Valencia durante el año 1391, un grupo de mozallones, alborotando la cuidad con sus invectivas contra los judíos, excitó los ánimos de tal modo, que poco después una multitud armada inició el asalto a la judería.
No es posible imaginar la torpe crueldad y la feroz barbarie de aquella chusma. Destrozando las puertas del recinto, entraron en él como manada de lobos hambrientos. No respetaban a las mujeres ni a los ancianos. Asesinaban sin tregua y saqueaban sin freno. Paralizados por el terror y el espanto, los judíos recibían, como reses indefensas, certeros golpes que los hacían caer al suelo, malheridos. Cuando el mestre Vicente Ferrer entró en la judería, el daño ya estaba consumado…”.


En este párrafo, se quiere dar la impresión, primero de la inevitabilidad del hecho y por otro, la singularidad de mismo. No hay que olvidar que la destrucción de la aljama de Valencia ocurre dentro de un periodo de máxima agitación antijudía provocada por el Arcediano de Écija y que va a correr como la pólvora por los reinos castellano y aragonés.

La narración nos recuerda a epítetos utilizados por el régimen como, populacho, chusma y tal vez, aquel tan franquista de “las hordas marxistas”, que tanto tiempo figuró en las fachadas de las iglesias. La culpa es del pueblo, de ese pueblo en armas, que cuando se pone en marcha, es destructivo y peligroso.

Para terminar, se alude a los judíos como “reses indefensas”. Igualmente se utilizó (y se sigue usando desgraciadamente) por contemporáneos del autor, cuando se refieren a la actitud de los judíos frente a la Shoá. Aunque en los reinos hispánicos hay que añadir un aspecto que impedía defenderse a los judíos y es que éstos tenían prohibido la tenencia de armas y mucho más portarlas, por lo que su defensa se hacía imposible

Y el texto, que continúa:

“…Corrían los malhechores arrastrando penosamente su crecido botín, y resonaban los gritos lacerantes de los moribundos. Recorriendo a grandes zancadas las tortuosas callejas, flotante su negra capa y descompuesto el rostro, el dominico parecía contagiado también de aquel furor de la chusma. Pero llamaba con voz tonante a sus hermanos judíos, como el pastor a sus ovejas descarriadas, y los iba agrupando, como podía, junto a él, ofreciendo a los desalmados asesinos la débil fortaleza de su pecho y el acerado escudo de su anatema. Cuando hubo pasado el peligro y el orden se restableció, mestre Vicente Ferrer predicó a los judíos valencianos con tanta elocuencia y tan cálida y encendida pasión, que en su inmensa mayoría se convirtieron al critianismo…”.


Antonio Igual, termina con la casi consecución de un milagro: No sólo salva a los judíos valencianos, sino que además la mayoría de ellos se convierte a la “fe verdadera”.

Aquí hay un olvido intencionado y es que las prédicas de Vicente Ferrer fueron anteriores a la destrucción de la judería valencia y que son éstas las que, según muchos autores, van a provocar los disturbios.

Una vez más la Iglesia aparece como salvadora y pacificadora, que frena a la chusma, restableciendo el orden inmutable.

De todas maneras, cuando hemos leído el alarde de elocuencia y la cálida y encendida pasión, nos ha venido a la memoria aquel concepto falangista, muy usado en la época todavía de la “dialéctica de los puños y las pistolas”

La conclusión de nuestro autor es que a los judíos hay que convertirlos, no basta con comprenderlos, no basta con defenderlos, no basta con respetarlos, hay que hacerles, aunque sea a la fuerza, el que renuncien a su error.

Este texto que hemos analizado someramente (merecería un estudio con más detenimiento), nos muestra de una manera palpable cuál era la visión del tema judío que el franquismo tenía presente, desde la óptica oficial.

Hemos intentado poner de manifiesto, la postura de los gobiernos franquistas, ese “sí pero no” que mantuvieron muchas personas,  sobre los que Hannah Arendt denominó “una minoría en todas partes y una mayoría en ningún lugar”, que no fue  lo idílica que muchos hagiógrafos actuales de la dictadura quieren hacernos creer.

Para terminar, y con el deseo de  evitar la crítica fácil que haga pensar en un afán de rebuscar en las bibliotecas hasta encontrar un libro que “comprometiera” al franquismo en esta situación, vamos a citar al menos otro que también merecería ser ejemplo para este estudio,  el libro titulado “Yo soy español” de A. Serrano, Inspector de Enseñanza Primaria, publicado por la editorial Escuela Española en ¡¡¡1962 !!!.  y que será motivo de comentario en nuestro siguiente artículo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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