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Dámelo judío y dártelo quemado

Esta frase, que forma parte de lo que hemos denominado “acervo popular”, nos puede hacer reflexionar sobre lo que ha supuesto para gran parte de nuestros conciudadanos tanto la idea de “lo judío” como la de la propia persona del judío.
Para ilustrar un poco lo que decimos, vamos a retroceder unos siglos y vamos a irnos al año 1723… Ese año, el 31 de enero, se va a celebrar un Auto de Fe en la cuidad de Granada. En principio podemos decir que no es nada nuevo aunque, si nos fijamos en la fecha, llama la atención lo tardío de la misma y la cercanía con el ocaso de esta terrible institución. Lo insólito, lo horrible, es que este proceso va a dar origen a un poema heroico, que será difundido para que sirva por un lado de “aviso” y por otro para ser muestra de una literatura macabra que encuentra su inspiración en el asesinato de inocentes.

Julio Caro Baroja en su monumental obra “Los judíos en la España Moderna y Contemporánea”, en su tomo II, nos relata el asunto: “El primero de los relajados fue un Manuel Pimentel, madrileño, tendero de especias en la Plaza Nueva de Granada, de sesenta y ocho años, que había sido reconciliado en el despacho de corte el 24 de agosto de 1681. Con él murió un colega vecino suyo de la misma Plaza Nueva, oriundo de Lisboa, donde también había sido reconciliado en 1703, y que se llamaba Juan de Castro, conocido también por Luis Núñez de Acosta, hombre de setenta y seis años…”

El propio Caro Baroja hace hincapié en la espectacularidad del acto, pues salieron en él sesenta personas de las cuales cincuenta y cuatro judaizantes, de los que ¡¡¡doce de ellos!!! murieron relajados en persona. Como decíamos antes, este crimen dio origen a un poema (o algo parecido), del que vamos a extractar algunas partes.
 
Comienza, como no podía ser de otra forma, de manera grandiosa, pero no sin las “debidas precauciones”:
“Día el mayor, que vieron los mortales
Es el que a Enero los espacios cierra”.


Continúa contándonos cómo la nobleza granadina cumple con su “oneroso quehacer” de acompañar a los reconciliados:
“A todos con piadoso heroico zelo
Conduce de las manos la Nobleza
Con los que Ministros deste Santo Oficio
Entre quienes Soldados fuertes median”.

 
Pero lo que no tiene desperdicio es la visión que del judío tiene el poeta:
“Y oh! pérfida Judayca inflexible
Tenaz Generación, prava, y perversa,
Que ni te mueven las misericordias,
Ni temes del castigo la violencia!
Obstinada Nación, desconocida,
Que en medio de la luz vives ciega”.

 
De lo anterior, pasa directamente a la amenaza sin ningún tapujo, para lo que podríamos denominar “aviso para caminantes”:
“Teman quantos Apóstatas Infieles
De nuestra Fe se aparten verdadera
Que la Oliva, que afable les perdona
Podrá ser que en incendio se convierta,
Y que el incendio temporal visible,
Que resuelve sus cuerpos en pavesas,
En duración eterna, e infinita,
A sus almas unívoco trascienda.

 
Y el poema, que va llegando a su fin, no puede abstraerse de intentar dar una enseñanza moral a todos sus lectores:
“Delitos tan enormes de heregía,
Entre llamas vorazes manda mueran
Mas si acaso constasse estar contritos,
Les den antes garrote; por que sea
Correspondiendo a la piedad Cristiana,
Muerte menos, cruel, fatal, y acerva,
Assí se executó; pues todos doze,
De su arrepentimiento dando señas,
Murieron confesando, que creían
Todo lo que la Santa Fe confiesa”.

   
Y termina, como era de esperar, con un final grandioso:
“La Música con dulces melodías
Las Campanas con claras elocuencias
Y con júbilo mucho el Pueblo todo,
En dar a Dios las gracias se hazen lenguas”.

    
Pero en este primer trimestre de ese año, no fue el único, así se celebra uno simultáneo en Barcelona, el 21 de febrero, otro pequeño en Cuenca, donde salió como única judaizante Águeda Pacheco, de cuarenta años, mercadera en la ciudad.
    
El 24 de febrero, también hubo auto en Valencia, con doce inculpados de los que nueve eran judaizantes y de ellos tres mujeres. Y también otro simultáneo en Toledo, en el que se relajó a Manuel Suárez de Mezquita, familiar de los ajusticiados en Valencia.
   
Y va a cerrar este periodo de tiempo que nos ocupa un auto celebrado en Murcia donde se procesa a diecinueve personas de las que a Melchor Melo, natural de Toledo y vecino de Caravaca, se le quema vivo.
 
En fin, como decíamos al principio, Dámelo judío y dártelo quemado, con luz y taquígrafos (léase poetas), para contarlo.

Anun Barriuso y José Manuel Laureiro
Madrid, febrero de 2004