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Hace 57 años que me "comí un rabino"

Este tres de abril se cumplen 57 años de mi Primera Comunión. Mi madre -con ciertas pretensiones, derivadas de su supuesto estatus social- me vistió aquel día de "Pequeño Lord". Mi familia -como recuerdo en mi libro "Raíces chuetas, alas judías"- era entonces endogámica y patriarcal. Alguien debió decidir que celebraría mi estreno eucarístico junto con mi prima Catalina Aguiló, que me lleva algunos años.

De aquel día recuerdo la fotografía con mis abuelos maternos, allá en su caserón de la calle Montaña. Mi abuelo, ya muy deteriorado en su salud, me había abierto una libreta en la Banca March con una imposición inicial de 5.000 pesetas. Supongo que de ahí procede mi fama de acaudalado, que ningun avatar posterior ha conseguido borrar.

De la ceremonia recuerdo el pánico que sentía a que la hostia no se me pegara al paladar. Nos habían dicho que había que ingerirla entera, so pena de pecar gravemente contra el cuerpo de Cristo. Me dio la comunión don Jaume Vallés, cura ecónomo de sa Pobla, hombre de escasas luces y peor genio, a quien, sin embargo, todos sus sucesores han enaltecido.

El banquete -supongo que sufragado a medias por las familias Segura-Aguiló- tuvo lugar en un salón de la calle Mayor que, por aquel entonces, regentaba el dueño del prestigioso restaurante "Ca´n Riera", un maestro de los fogones que hoy saldría en los especiales de gastronomía de nuestros periódicos. Mi padre invitó a muchos de sus proveedores, todos ellos pertenecientes al gremio y, por lo tanto, chuetas. Entonces todos los descendientes de judíos conversos eran muy devotos, ya fuese de manera sincera o por innegable conveniencia.

Casi seis décadas después de aquel dia memorable estoy tocando a las puertas de Sion en demanda de un reconocimiento que, paradojicamente, nunca me ha sido negado por la sociedad poblera. Ahora sé que el supuesto cuerpo de Cristo -que tantas veces me comi a lo largo de los años- correspondería, en caso de admitir el misterio de la Transustaciación, al de un rabino judío del siglo I. Ahora sé que Jesús de Nazaret nunca fue cristiano, como no lo fueron su madre y su padre, ni ninguno de sus discípulos y seguidores, al menos hasta el final del siglo II.

Ya no acudo a la Iglesia más que para asistir a los contados funerales en los que creo que mi presencia es obligatoria. Paradojicamente, quiero estar más cerca de D-os, pero el de los cristianos está a mi espalda. En cuanto al D-os de mis antepasados, sigue en cierto modo "secuestrado" por quienes creen poseer su "sello de legitimidad". La cruel paradoja es que un judío puede incumplir todos los preceptos de la Torà sin perder su condición de tal, pero un descendiente de judíos, certificado por la historia y la genética, debe someterse a los dictados de un rabinato ortodoxo que radica en Jerusalem.

Desde mi condición de judío sin papeles, siento que no soy de aqui ni soy de allá. D-os está en todas partes pero sus supuestos representantes, en Roma o en Israel, siguen empeñados en alejarnos de su camino.

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