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Conversación con Jacobo

Anoche tuve un sueño muy raro. Se me apareció un individuo fuerte y robusto, de unos treinta y pocos años. Al principio pensé si sería uno de los nuevos cargos de la conselleria d’Agricultura –sé que están muy pendientes de mis crónicas dominicales- que venía a regañarme. Pero el hombre me dijo que era judío, que se llamaba Jacobo y que venía del pasado. Entonces caí en la cuenta.
- Tu eres Santiago –le dije- llevo varios días pensando mucho en ti y por eso has venido a verme.
- No me llames como si fuese católico –me replicó- ya te he dicho que soy judío. De los judíos mesiánicos, para más señas.

Entonces le preguntó si se había levantado de su tumba, allá en la lejana Galicia. “No digas tonterías –me replicó- mis huesos reposan en Jerusalem, esa historia del Campo de la Estrella y el dichoso caminito es una de tantas leyendas de las que se han creado en  torno a mi persona.
- Pero eres el Patrón de España –le pregunté, preso de un lógico temor.
- Bueno, se trata de una de mis mayores contradicciones. El país más antisemita de Europa, que expulsó a mi gente por decreto real, va y me nombra su patrón. Con todo, yo les tengo mucho aprecio, a los españoles.
- ¿Y lo de “Matamoros”, señor Jacobo?
- De eso quería yo hablarte. Aunque en vida fui, como mi hermano Jesús, un activista contra la ocupación romana, siempre he sido más bien pacífico y nunca maté a nadie. Y menos a los moros, que entonces no existían como tales.
- Entonces…
- Entonces pasa que en la España políticamente correcta que os habéis montado lo de mi presunta condición de matador de moros no encaja. En un pueblo llamado Villalonga el párroco decidió ya abordar esta cuestión en 2003 negándose a bendecir una imagen mía en la que iba montado a caballo y degollando a un sarraceno. Hizo bien: los judíos no permitimos las imágenes, aunque sean ecuestres.
- ¿Y qué quiere de mi, señor Jacobo?
- Sé por donde andas y tengo conocimiento de tu nostalgia por las fiestas que tu pueblo celebraba en mi honor hace ya algunos años. Por eso te he elegido para que traslades mi queja a tu nuevo alcalde.
- Pues ha elegido usted mal. Por decirlo correctamente, no soy el interlocutor adecuado.
- Aún así quiero que le transmitas que estoy muy ofendido porque, poco a poco, me he convertido en el gran olvidado de los poblers. Mi fiesta, bueno, la que instituyeron los católicos en mi nombre, se ha convertido en un día laborable. Ya nadie tiene un recuerdo para el hombre que presidía vuestros mejores días de holganza veraniega. Os habéis convertido en un pueblo infiel.
Tan cierto como eso, mi señor Jacobo. Y, además, poblado de “infieles”.  

Publicado en ÚLTIMA HORA. 25/07/2005.