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El día más feliz

Por Miquel Segura.
El sábado 23 de enero fue, sin duda, uno de los más felices de mi vida. Mi familia más cercana -esposa, hijos, nietos y cónyuges- junto a un muy reducido grupo de amigos, nos reunimos a manteles para celebrar, entre otras cosas, mi Retorno al judaismo. También festejamos mi 65 cumpleaños -nací el 25 de enero de 1945- nuestro 42 aniversario de boda, y el cumpleaños de mi tercer nieto, Jaume Segura, que nació en 2004 en Estados Unidos, el país que me ha acogido como judío, y al que ya empiezo a querer como mi tercera patria.

Éramos pocos. Sólo faltaron Anun Barriuoso y José Manuel Laureiro, por motivos de salud, y Yitzaak y Yahel, amigos de travesía del desierto hacia la tierra prometida. En mi breve -o eso creo- alocución personal, quise recordar a todos los presentes el motivo por el cual estaban ahí. Empecé en los tiempos remotos de mi infancia, citando al único superviviente de aquellos días: Rafael Lladó, mi amigo del alma, con quien compartí los veranos más dichosos de mi existencia, aquel inolvidable Barcarés de los años cincuenta. Y Rosa Mari, su esposa, la eterna sonrisa.

eguí con Tomeu Pascual y su esposa, con quien un día compartimos la fe y ahora compartimos el respeto y una amistad muy honda. Continué con Jacqueline Tobias y su esposo, Joan. Ella fue la primera judía que conocí y una persona que me defendió -de manera personal e institucional- durante los amargos días de la polémica con el cura Mulet. ¿Y Sebastià Roig, con Queta? Nos ha unido una irrompible fidelidad personal y política, una complicidad muy difícil de explicar, que ha superado todas las dificultades. Mi editor, Lleonard Muntaner y su esposa María Antonia. Lleonard creyó en mi como escritor y más tarde se fue identificando con mi visión personal de la cuestión chueta. Siempre he tenido su apoyo y su confianza y pienso que no sabría escribir un libro que no lo tuviese que editar él.

Había otros amigos: los que la vida me ha regalado en plena madurez: Jaume y Mari Carmen, Diego y María. Ellos me han enseñado, ya en el otoño de la existencia, lo que significa tener un amigo que no te pide nada, al que no debes nunca la menor explicación, sólo el hecho de compartir una vida en común y el gran regalo de una entrega desinteresada.

Y mi familia: mi hijo Jaume, que a sus 37 años ha conseguido situarse en las alturas de la diplomacia y la política, pero siempre cercano a los suyos. Mi hija María de la Pau, que el pasado verano nos regaló los mellizos más guapos de Mallorca. Mi esposa: sin cuyo apoyo nunca hubiese cruzado la puerta de Sión. ¿Cómo ha sido capaz de comprenderme? Me asombra su capacidad para acompañarme a través de unos caminos que le eran por completo ajenos, su presencia constante.

Otras personas -muy pocas- faltaban en aquella mesa donde brillaban la felicidad y la amistad. Michael Freund, artífice de mi Retorno, Elihau Birbaum, el rabino que me ha guiado y ha comprendido mi tozudez y mis exigencias, a menudo tan heterodoxas. Y Mario Saban, amigo y hermano, un judío que entiende a los que fuimos educados en el cristianismo y que, a través de Tarbut Sefarad, ha facilitado la expansión de mi obra y mi pensamiento acerca del hecho chueta.

Fin de los nombres. Lejos de aquella mesa quedaron los envidiosos, los falsos de corazón, los indiferentes, los calculadores, muchos que un día creí que formaban parte de mi vida y hoy yacen, enterrados en vida, en la tumba de su mediocridad.

Creo que no se puede ser más feliz en este mundo como lo fui el sábado en el restaurante "El Jardín". Me siento un privilegiado por tanto cariño -recibí unos regalos maravillosos- y siento un poco de miedo -quizá vértigo- ante tanta responsabilidad. Gracias a todos.