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Diez días en Jerusalem

Por Miquel Segura.
Acabo de regresar de Israel y ya siento su añoranza, un agridulce cosquilleo del alma que me impide pensar en otra cosa. He pasado diez días en la tierra de mis antepasados -por cierto, he sabido de algunos iletrados a los que esta frase, frecuente en mis artículos, les pone de los nervios- disfrutando, de manera casi exclusiva, de la ciudad de Jerusalem. La había visto por última vez en el verano de 2004 y ahora la encontré esplendorosa. Esos días, cuando rezo por la “reconstrucción de Jerusalem” no puedo evitar un sentimiento de certeza: las oraciones de miles de judíos han obrado el milagro. Jerusalem revive y no sólo espiritualmente: también en sus nuevas calles y avenidas -la magnificencia de “Mamilla Avenue”- en la paz de sus recovecos, camino del “Kotel”, en la alegría de sus gentes.

Llegamos a Jerusalem coincidiendo con la fiesta anual que reivindica su capitalidad, estúpidamente negada por tantas cancillerías europeas. Las calles eran un clamor de banderas blancas y azules, las canciones estallaban en la soleada tarde. Contemplamos el esplendor de la fiesta desde una moderna terraza desde la que podíamos divisar las murallas. La gente cantaba y bailaba a nuestro alrededor. Cuando el sol encendió de oro las piedras milenarias iniciamos una larga caminata hacia la explanada del Muro. No recordaba muy bien el camino, pero supe que teníamos que andar en dirección contraria a la multitud. Era noche cerrada cuando nos fue dado contemplar el sagrado recinto. Cientos de miles de personas habían pasado por allí en tan gozosa jornada. Me sentí feliz en medio de gente desconocida. Podía llevar mi kipá sobre la cabeza sin llamar la atención, podía recitar el Shema Israel en voz alta sin provocar extrañeza. Frente al muro, me planteé por primera vez una pregunta que no dejó de martillear en mi cerebro durante toda mi estancia en Jerusalem: ¿Por qué me marcho de aquí, si es aquí dónde me siento completamente feliz?

Me considero muy afortunado. Hashem me ha concedido el gozo de pasar diez días en Jerusalem, entre ellos dos shabat y la festividad de Shavuot. Entendí más que nunca lo que quiere decir el rab Nissan, bendito sea, cuando nos explica en sus clases que el judaísmo es una “religión nacional”. Incluso llegué a preguntarme si tiene algún sentido ser judío fuera de Eretz Israel.

Finalizado el primer shabat, tuve ocasión de participar en un acto sobre los anussim organizado por la municipalidad de Jerusalem. De modo muy breve, y ayudado esporádicamente por voluntarios traductores, expliqué mi historia: de chueta a judío, raíces y alas. Algunas personas se conmovieron. Les pedí que no nos dejaran solos, Israel no puede vivir al margen de tantas personas que son judías de ascendencia aunque nunca hayan sido reconocidas como tales. Yo lo podía decir puesto que ya no pedía nada para mi: soy miembro de pleno derecho de la Comunidad Judía de las Islas Baleares, retorné a la religión de mis ancestros en la sinagoga sefardí más prestigiosa y con más solera histórica de los Estados Unidos. “Yo encontré mi redención en Norteamérica -les dije- pero Israel no puede seguir ignorándonos”.

Una familia de las que asistieron al acto nos invitó a visitarlos en la vecina ciudad de Hebrón. Fue una experiencia impactante. Los judíos de Hebrón viven encerrados en un gueto de piedra granítica, aislados en el corazón de la tierra que guarda los cuerpos de Abraham, Isaac y Jacob. Alzas la vista y contemplas un avispero de casitas blancas habitadas por árabes hostiles, que a veces disparan desde las montañas. Un día mataron a una niña de pocos meses. A nuestro anfitrión una bala asesina le pasó rozando la sien. Algunos judíos españoles expulsados por la infame reina castellana llegaron a Hebrón, donde construyeron una preciosa sinagoga. Allí llegaron también los primeros pioneros impulsados por el grito de Theodor Herlz. En 1924 tuvo lugar un progromo. Murieron 38 jóvenes judíos que habían llegado hasta la Palestina inglesa para tratar de fundar un Hogar Nacional. Sus fotografías están ahora expuestas en un pequeño museo, anexo a la reconstruida sinagoga. Mi esposa y yo regresamos impactados de Hebrón, después de rezar frente a la tumba de Abraham. Habíamos visto lo que es una ciudad partida en dos, un cuerpo mutilado. No permita Hashem que algo así ocurra en Jerusalem, donde cada persona puede rezar a su D-os sin el menor problema. Pero allí está sin duda el D-os de Abraham, de Yitzak y de Jacob, Aquel al que rezaron mis antepasados mallorquines, a costa de perder sus vidas y haciendas. Jerusalem es la capital de Israel, ese pequeño reducto de civilización y de progreso que sobrevive milagrosamente, rodeado de enemigos intolerantes y totalitarios.
Acabo de regresar de Israel y todavía no se hablar de otra cosa. Llevo pocos días en Mallorca. Contemplo el mar desde mi ventana, pero mis ojos vuelan hacia el Este, buscando las piedras doradas de la ciudad de Jerusalem. Que Hashem me conceda la gracia de poder verlas de nuevo.