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Sobre Estambul y sobre nosotros, amigo Pere

Por Miquel Segura.
Mi amigo y compañero Pere Bonnín me solicita mayor información acerca del simposio del Limmud. No puedo aportarla en el medio informativo que nos acoge a ambos por razones que sólo él y yo conocemos. Tampoco me resulta fácil dar cuenta exacta de las “conclusiones” de aquel evento, sencillamente porque no las hubo. El simposio era como un gran seminario que acogía a un grupo de expertos en diferentes temas relacionados con el Pueblo Judío ofrecido a unos 1.300 visitantes que, previo pago de una cuota, tenían el derecho de asistir y, por supuesto, de elegir. Nadie que no poseyese el don de la ubicuidad hubiese podido acceder al inmenso caudal de información que se ofreció en aquella maratoniana jornada dominical. Había conferencias para todos los gustos: desde la de un prestigioso analista francés -judío,por supuesto- experto en cuestiones de Oriente Medio, Michel Taubamann, a otras relativas a cocina kasher e incluso manualidades.

Más allá de la emoción que me produjo hablar en español a descendientes de sefardíes expulsados por la Católica Isabel de Castilla, lo que yo destacaría por encima de todo es la extraordinaria organización del evento. El Limmud congregó a unos 50 voluntarios que trabajaron incansablemente para que nada fallase. La presentadora del extraordinario espectáculo del sábado por la noche -el de los bailarines en silla de ruedas-, una chica dulce y sonriente, capaz de inspirar una ternura casi espiritual, se convirtió al día siguiente en una infatigable trabajadora, que servía cafés y pastas en el gran salón en el que los congresistas acudíamos de vez en cuando para reponer fuerzas. Me asombró la generosidad de los judíos turcos que se entregaron sin reservas a una tarea enorme. No faltaron brazos, ni sonrisas, ni atención permanente, a todos los que deambulábamos por el enorme edificio de la Escuela Judía de Estambul. Sentí admiración y también envidia por la pujanza del tejido social judío en una ciudad como Estambul. Y pensé en esta Mallorca de nuestros pecados, donde somos cuatro gatos, una serie de cromos repetidos que nos esforzamos en poner trabas a las iniciativas de otros. ¿Podría creerse alguien de los que me acogieron en Turquía que en Mallorca conviven -es un decir- nada menos que cuatro entidades teóricamente dedicadas a la cultura judía, y que vivimos permanentemente enfrentadas por cuestiones banales? Jael Sillman, judía de Calcuta, no daba crédito a mis palabras cuando le conté que un grupo de descendientes de judíos mallorquines, estudiosos de nuestro pasado, me tiene por persona “non grata” simplemente porque en su día ocupé un cargo cultural en un Instituto perteneciente a un gobierno regional del Partido Popular.

La fortaleza del judaísmo turco -engastado, como un diamante, en una sociedad en la que en cada esquina se levanta una mezquita- debería ser un ejemplo, no sólo para los judíos de Mallorca  -expresión incorrecta, por otra parte:el único judío genuinamente mallorquín soy yo, el resto son descendientes de conversos repartidos en distintos corralitos- un ejemplo de unidad, de abandono de estúpidos protagonismos, ejemplo incluso de eficiencia, también para muchas comunidades judías de España. ¿Cómo podemos pretender que se nos respete si somos cuatro gatos que no saben respetarse entre ellos?

No quiero señalar a nadie ni acusar a personas concretas. Sin embargo, está muy claro que el trabajo de algunos -el mío, bien o mal hecho, está ahí, con una ya extensa bibliografía y un currículo internacional indiscutible- queda empañado por nuestras oscuras miserias provincianas. Hay una mezquindad mallorquina con denominación de origen. También entre nosotros, por desgracia.

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