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Los simbolos religiosos en la vida política

Por Miquel Segura [Tarbut Palma de Mallorca].
El nuevo alcalde de Palma, Mateo Isern, ordenó, como primera medida de su recién estrenado mandato, la devolución a su despacho de un crucifijo de mesa que había sido retirado por su antecesora. El señor Isern, por lo visto, es devoto cristiano, como lo fueron el señor Fageda y la señora Cirer.

Con este gesto Isern se convierte en el alcalde de todos los cristianos palmesanos, pero ni uno más. Si la presencia de la imagen del crucificado obedece a su fervor personal, habría que explicarle que unos pocos -o no tan pocos- ciudadanos de Palma no profesan la fe cristiana. Con todo, me temo que sea algo peor: una simple puesta en escena de cara a la galería, el aviso a navegantes del regreso de un estilo de hacer política añorado por muchos y temido por unos pocos: yo mismo, sin ir más lejos.

Los palmesanos tuvieron un alcalde judío -Ramón Aguiló, el primero de la restaurada democracia- que nunca colocó la estrella de David ni la Menorah en su despacho. Su ascendencia hebrea le fue recordada, eso sí, en forma de pintadas insultantes y cartas amenazadoras. Pero él, una persona laica, nunca juntó a las churras con las merinas. Cómo debe ser.

Sugiero al presidente de la Comunidad Judía de Baleares, mi estimado David, que envíe al nuevo alcalde una estrella de David, por ejemplo en forma de pisapapeles. Si Isern quiere ser, como ha dicho, el representante de todos los ciudadanos de la capital mallorquina, seguro que no rechazará el regalo. Pero habría que verlo.