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Orígenes de una discriminación: los autos de fe de 1693

Por Bartomeu Bestard [Cronista oficial de Palma de Mallorca].
El domingo día 2 de septiembre se celebra la 13ª Jornada Europea de Cultura Judía. Conviene recordar el importante legado hebreo de Palma. Repasando algunos episodios del pasado judío de la ciudad se pueden sacar lecciones que nunca deberían ser olvidadas, antes al contrario, deberían ser explicadas en las clases de historia de todos los colegios para que nunca se vuelva a repetir nada parecido. Uno de esos episodios que deben ser recordados son las ejecuciones de personas descendientes de judíos conversos que tuvieron lugar a finales del siglo XVII en Palma. Estos hombres y mujeres fueron condenados a muerte por el simple hecho de mantenerse fieles a la fe de sus antiguos.

Recordemos los hechos:

Desde la plena Edad Media, la Iglesia observaba con preocupación el incremento de judíos que se iban asentando en España (Sefarad), especialmente en las ciudades. No exagera la historiografía actual al considerar a la Sefarad medieval como el mayor centro hebraico de Europa. Como es sabido, el proceso desembocó, ya en época de los Reyes Católicos, en la creación de la Santa Inquisición y el posterior fatídico decreto de conversión forzosa de los judíos, provocando el éxodo de miles de hebreos a Portugal, Turquía, Ámsterdam, Marruecos, Liorna… En el caso de Mallorca, esta calamidad se había adelantado más de medio siglo, pues en 1435 se había declarado la Ley de Moisés caduca, y prohibida su creencia y observancia en todo el Reino. Como es lógico, un decreto no puede provocar que alguien deje de creer en lo que cree. Con ello quiero decir que los forzados a bautizarse, todos, en su ser más íntimo, siguieron siendo judíos. Ahora bien, a partir de aquí estos conversos se comportaron de manera diferente: unos huyeron a lugares dónde pudiesen seguir siendo judíos libremente; otros dejaron que su descendencia quedase asimilada y diluida entre los mallorquines cristianos “viejos” (es el caso de los Duzay, los Bonet, o judíos que se habían bautizado adoptando apellidos cristianos como Muntaner, Morro, Berard, Sureda, Moyà…). Éstos, en pocas generaciones, quedaron integrados totalmente entre los cristianos mallorquines, llegando a olvidar por completo sus orígenes judíos. Una tercera y última opción para los conversos, fue la de permanecer en Mallorca pero manteniéndose fieles al judaísmo, eso sí, en la más estricta intimidad de la familia o del pequeño grupo suprafamiliar, ocultando sus creencias al resto de la sociedad. Esa tercera opción fue seguida por no pocas familias conversas que, a pesar del paso de los años, no quedaron asimiladas en la sociedad cristiana. Este grupo, al perseverar en el judaísmo, no realizaban matrimonios “mixtos” y, por tanto, siguieron casándose exclusivamente entre los fieles a la fe de Moisés. Al mismo tiempo, habían podido heredar las propiedades que sus antepasados habían salvado tras el asalto al Call de 1391. Estos inmuebles estaban situados en la antigua y pequeña judería del Callet (el barrio de las actuales calles de Jaume II, Sant Bartomeu, Bosseria i Argenteria). Este último grupo de judaizantes, que con el paso de los años serán denominados chuetas, sintieron siempre que formaban parte del pueblo Israel, el pueblo elegido, depositario de la Ley otorgada por Dios a Moisés en el monte Horeb, en el Sinaí.

Y aunque, como ya se ha dicho, todo este asunto fue llevado con la máxima discreción, el resto de los ciudadanos no tardaron en percatarse de la existencia de esas “vidas paralelas”.

A pesar de ello, tal como apunta Francesc Riera, durante los siglos XVI y la primera mitad del XVII, la persecución inquisitorial hacia los judíos permaneció medio dormida. En la vida cotidiana de la ciudad, los grupos mantuvieron las distancias, pero de una forma más o menos pacífica. Otros autores, como Ángela Selke, apuntan como una de las causas de esa pacificación, la corrupción de algunos inquisidores, virreyes o procuradores reales los cuales se dejaban sobornar por la comunidad chueta.

Sea lo que fuere, esta situación cambió radicalmente a partir de 1672, momento en el cual la maquinaria inquisitorial  puso en marcha un proceso que involucró a un gran número de vecinos del carrer del Segell (es decir del Callet). Las causas de este golpe de timón se deben buscar, básicamente, en la confluencia de dos circunstancias: por un lado el aspecto religioso y por otro el económico. El religioso porque, lejos de extinguirse, el judaísmo en la isla, se estaba fortaleciendo gracias al contacto con comunidades judías del extranjero; y por el otro, porque algunas familias chuetas se estaban haciendo un hueco entre la oligarquía palmesana. Ello levantó suspicacias por parte de la Inquisición y el patriciado urbano.

Sin extendernos más en el tema, las consecuencias fueron detenciones e interrogatorios en masa, y el encarcelamiento de una parte importante de la comunidad chueta. A parte de todo esto, se confiscaron la mayoría de sus bienes. Las acusaciones, propiciadas por testigos como mercaderes, criadas o malsines, eran muy claras: “los de la Calle del Sagell eran tan judíos como los de Liorna”. Fueron acusados de mantener los preceptos del judaísmo: observaban el Sábat, “rabinaban” los animales (es decir, los mataban siguiendo el rito judío), celebraban la pascua hebrea (Pesaj), los viernes, al inicio del Sábat recitaban la bendición del vino (Barahá)...  El proceso acabó en 1679 con el resultado de 218 chuetas condenados a penas pecuniarias, y prisión, pero no se ejecutó a nadie. Todos ellos fueron ridiculizados y sufrieron el escarnio público al ser obligados a pasearse por las calles de Palma con los sambenitos. Este juicio significó la ruina de muchos judaizantes, al mismo tiempo que propició la huída en cuenta gotas de algunos de ellos de la Isla, para poderse integrar libremente en comunidades judías del extranjero. Es necesario recordar que los judíos tenían prohibido dejar la Isla desde época medieval, para salir de Mallorca necesitaban un salvoconducto que muy pocos conseguían.

La comunidad que permaneció en Palma, a pesar de la gran represión de la década de los 70, continuó perseverando en la fe de los hebreos. La Inquisición lo sospechaba. La situación a finales de los 80 del siglo XVII se volvió insostenible para los chuetas, por lo que planearon una huida en grupo. Como es sabido el plan se fue al garete por culpa de una tormenta que no dejó zarpar el barco inglés que debía conducirles hacia la libertad. Fueron apresadas 88 personas, de las cuales 33 fueron ejecutadas a garrote vil y luego quemadas y tres fueron quemadas vivas por mantenerse fieles en la fe: el rabino Rafel Valls y los hermanos Rafel y Caterina Tarongí. Con este macabro acto se iniciaba una nueva pesadilla: la brutal discriminación a los quince apellidos que conformaban en aquellos momentos la comunidad chueta, discriminación que se extendería hasta las últimas décadas del siglo XX.

Publicado en Diario de Mallorca 26.08.2012