CASTELLDEFELS

Pueblo feliz

El diario Asia Times publicó recientemente un artículo firmado por Spengler bajo el sorprendente título: “¿Por qué Israel es el país más feliz del mundo?” El autor se pregunta si es coincidencia que la nación más antigua del orbe y la única persuadida de que su función en la historia es servir a Dios ame la vida mucho más que cualquier otro pueblo.   

Spengler comparó el índice de fertilidad con el índice de suicidios en 35 países industriales, es decir, la proporción de gente que elige crear nueva vida frente a la que prefiere destruir la suya propia. El Estado de Israel encabeza en solitario el amor a la vida, con un índice de fertilidad de 2,7% frente a un índice de suicidios del 6,2%. Le siguen Estados Unidos con 2,1% de fertilidad frente a 11% de suicidios, y Francia con1,98% y 18% respectivamente. España ocupa el puesto 25 en amor a la vida con 1,3% de fertilidad y 8,2% de suicidios, por detrás del Reino Unido, Portugal, Alemania, Bulgaria, Rusia e Italia.    

Ultimamente se ha especulado con una falsedad: Israel desaparecerá por la alta demografía de los palestinos árabes. En realidad, las estadísticas de 1997 que fijaban en 3,8 millones los palestinos árabes residentes en Judea, Samaria y Gaza estaban trucadas. En la revisión de 2004, siendo generosos, sólo pudieron contar 2,5 millones de residentes árabes. La tasa de natalidad judía desborda la fertilidad árabe, que desciende en los territorios administrados por la Autoridad Palestina y sobre todo en los ocupados por Hamas. Es lógico. ¿Qué padres, por mucha fe en Alá que les prediquen, se arriesgan a engendrar y criar hijos para que un puñado de desalmados los envíe al suicidio homicida? Por esto cientos de miles de árabes abandonan Palestina, y los que pueden buscan refugio bajo soberanía israelí.    

La explicación de Spengler es que, mientras el judío está anclado en la esperanza, el mundo islámico se nutre de la confianza en la victoria. Yavé exige amor, en cambio Alá promete victoria. Cuando el imam convoca a la oración, está llamando a la victoria, al éxito. La humillación o percepción de que la ummah no puede premiar a los sumisos (islam = sumisión) es inaguantable. De ahí que el éxito judío sea percibido como una abominación, por lo que constituye un deber para todo creyente musulmán codiciar y confiscar en la primera oportunidad los bienes de los usurpadores y después ponerlos a su servicio como dhimmis o súbditos protegidos con derechos limitados. Pero esta actitud, que sólo conduce a una yihad o guerra santa permanente y a la sacralización de la muerte, es fuente de frustración e infelicidad.

Pere Bonnín