CASTELLDEFELS

El misterio del Sábado judío

La familia Simon, Jana y Shlomo, nos invitó a celebrar en su casa la fiesta semanal judía del Sábado. En hebreo se pronuncia Shabat, que es su trascripción inglesa, un sonido que no existe en castellano, pero sí en catalán: Xabat. Algunos escriben Sabbat, aludiendo también a la supuesta asamblea ceremonial de brujos y brujas, en que se rendía culto al diablo, a menudo presente en forma de macho cabrío.

 Es evidente que la coincidencia de los dos significados en la palabra Sabbat es producto de la judeofobia cristiana, que intentó denigrar y criminalizar las prácticas religiosas del judaísmo. El Sábado, Sabbat o Shabat es simplemente el día de descanso de los judíos, en conmemoración del séptimo día después de la primera semana de la Creación (Génesis 2:2-3).

 

Foto: Jerusalén, julio 2002. El rabino Shlomo Simon, su esposa Jana y familia en la cena del Shabat. (Foto: Pedro Prieto) 

La obligación de recordarlo, guardarlo u observarlo viene impuesta por el cuarto mandamiento: “Acuérdate de consagrarme el descanso del sábado. Tienes seis días para trabajar y hacer todas las labores necesarias, pero el séptimo día es el día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios.” (Éxodo 20: 8-11) Constituye un pacto eterno entre Dios y el pueblo de Israel (Éxodo 31:16-17).

Los judíos se toman muy en serio este mandamiento, que los cristianos o mesiánicos, influidos por el mitraísmo y por el paganismo romano, traspasaron al Domingo, lo que constituyó otra ruptura con sus orígenes judíos. La primera fue la supresión de la circuncisión, pero la más importante fue establecer el dogma de la Santísima Trinidad.

El Sábado judío se inicia a la puesta de sol del viernes, poco antes del crepúsculo, y termina después de la puesta de sol del sábado. Jana Simon (Aina Canals), nuestra anfitriona, permitió a Pedro Prieto que hiciera fotos en el momento de encender las velas. Esta ceremonia, reservada a la dueña de la casa (baalat habait), marca el inicio del Sábado. Después ya no se pueden ejecutar actos que signifiquen trabajo en el sentido de crear, producir o realizar esfuerzos.

La dueña de la casa, o en su ausencia otra persona, debe encender, como mínimo, dos velas en honor de los dos mandamientos de recordar (zajor) y de guardar (shamor) el día del Sábado. Jana y una amiga invitada se cubrieron el rostro con las manos para mayor concentración y experimentar la alegría de la luz tras las tinieblas.

Ese día se ha limpiado la casa de arriba abajo, como solían hacer antes las mujeres de Mallorca (fer dissabte). Siguiendo las prescripciones milenarias, Jana preparó una mesa festiva, con la mejor cubertería, y puso encima dos hogazas de pan trenzado para la bendición.

El Sábado en la sinagoga

 Mientras hacíamos las fotos, los hombres se fueron a la sinagoga. El barrio de los Simon tiene un diseño inteligente. Aunque se halla en un lugar céntrico de Jerusalén, las viviendas quedan aisladas del exterior y dispone de amplios espacios verdes delante de cada bloque para que jueguen los niños.

Fuimos primero a la sinagoga sefardí, luego a la askenazí. Los ritos sefarditas son más amenos, se canta con mayor frecuencia. Cualquiera puede dirigir los rezos, pero en general lo hace el cantor o Jazán. Todos llevábamos cubierta la cabeza con la kipá o solideo, según la práctica tradicional, aunque no obedece a ninguna prescripción bíblica. En las sinagogas ortodoxas, tanto sefarditas como askenazíes, las mujeres rezan separadas de los hombres.

La judeofobia cristiana vio en la sinagoga un “conciliábulo, reunión de personas que traman algo ilícito o una intriga”, según definición del diccionario de María Moliner. San Jerónimo la llamaba “fornicaria”, “cortesana”, “adúltera” y san Juan Crisóstomo la calificó de “lupanar”, “cueva de ladrones, “lugar de todas las fechorías”.

Ni Pedro Prieto ni yo tuvimos esa impresión. El servicio vespertino (maariv) de la sinagoga iba precedido por la “recepción del Sábado” (Kabalat Shabat), que insta a los poderosos a postrarse ante Adonai (el Señor) y glorifica la palabra de Dios. Luego, en la plegaria de consagración y alabanza, llamada Kadish (santo, en arameo), imprecaron: “Del cielo venga gran paz, vida y abundancia, salvación, consuelo y liberación... Amén.”   

Los asistentes repetían una frase, sacada del Deuteronomio (6:4), que todos los judíos han de llevar grabada en el corazón, porque constituye la esencia del judaísmo y también del monoteísmo: “Shemá Yisrael Adonai Elohenu Adonai Ehad” (Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno).

A diferencia de la rigidez que se percibe en los oficios católicos y protestantes, el ambiente de la sinagoga es relajado. Los judíos van a la sinagoga como a la casa del Padre, se encuentran en familia, donde las normas estrictas del protocolo quedan suavizadas por la confianza. A la salida y durante todo el día del Sábado, se saludan diciendo: Shabat Shalom o Sábado de paz.

Cena opípara

Regresamos a la casa junto con nuestro anfitrión y los otros invitados, una bella joven askenazí de Chicago y un matrimonio latinoamericano. Antes que nada, hicimos la ablución (netilat yadayim) o lavado de manos preceptivo antes de comer el pan. Hay que echar agua tres veces alternativamente sobre cada mano y secárselas después.

Nos sentamos a la mesa. Shlomo trajo una botella de vino. La descorchó y llenó la copa de la bendición (cos shel berajá), parecida a un cáliz Luego bendijo el pan con una oración llamada Ha Motzí (que produjiste), porque dice: “Alabado seas Adonai, Dios nuestro, soberano del universo,  que produjiste el pan de la tierra  (ha motzí lejem min haaretz). Al terminar la oración nos dio un pedazo de pan a cada uno y lo comimos.

Seguidamente, levantando la copa, pronunció el Kidush (santificación) del vino. Con el vino de la copa llenó unos vasitos y todos bebimos. Lo mismo había hecho Jesús con la Matzá (pan ácimo) de Pascua y el vino. La Halajá o Ley judía prescribe tomar pan y vino en los ceremoniales.

Según la tradición, el primer viticultor fue Noé (Génesis 9:18-25), cuya borrachera provocó la risa de su hijo Cam, cuando éste lo vio desnudo en la tienda. Al despertar de la melopea, Noé maldijo a Cam en la persona de su hijo Canaán: “Que sea esclavo de los esclavos de sus hermanos.” Pero la viticultura triunfó sobre la borrachera y la maldición. Se cree que los judíos extendieron el cultivo del vino, pues en todas las zonas vinícolas actuales hubo antes una fuerte presencia judía, por ejemplo, en España: La Rioja, Penedés, Empordà, Ribero, etc.

El altar judío es la mesa familiar y la cocina la sacristía. Por esto, y para evitar conversiones al judaísmo, el Concilio de Elvira (Bética), el primero que se celebró en la Hispania romana, decretó la excomunión de los clérigos que comiesen con judíos, ya que debió de considerar la liturgia familiar judía mucho más auténtica que la copia cristiana. Si Jesús dijo a sus discípulos “cada vez que hagáis esto, hacedlo en memoria mía”, fue porque sabía que, como judíos que eran, lo harían cada Sábado.

Tras la bendición del pan y del vino, los niños se acercaron a Shlomo, el dueño de la casa (baal habait), quien les otorgó la bendición (Bircat Horim) con una imposición de manos sobre la cabeza. Luego entonó alabanzas a su mujer recitando el poema de la mujer fuerte (Proverbios 31: 10-31).

Pedro Prieto y yo, todavía bajo la impresión del ayuno absoluto que habían hecho los judíos con motivo del Tisha be Av, nos hinchamos a comer del aperitivo, pensando que aquello era toda la comida. Había, entre otras exquisiteces, el famoso “gefilte Fisch” (pescado relleno) de los askenazíes. Jana había preparado un combinado gastronómico de diversas culturas, desde el puré de garbanzos árabe (hummus) a la quiche francesa pasando por un gazpacho andaluz con un toque oriental.

Cuando creíamos haber cumplido, la anfitriona nos presentó la cena, con pollo asado y complementos. Luego siguieron los postres, frutas y dulces. La conversación era animada, interminable. De pronto, Shlomo se levantó y retiró la botella de vino. En la cocina empezó a salmodiar unos rezos, que continuó en la mesa acompañado por los demás invitados.
Pedro Prieto me miró, asombrado por este cambio brusco de actitud. Como hablaban en hebreo, no entendíamos. En realidad, la retirada de la botella de vino simbolizaba el fin de la cena. Entonces, como está prescrito, el anfitrión pronunció la Bircat Hamazón (bendición después de las comidas) salmodiando antes el Salmo 126: “Cuando el Señor renovó la vida de Sión, lo creíamos un sueño. Nuestra boca se llenó de gritos y de risas...” Terminó alabando al Señor, “que nos da el sustento, pero no por el mérito de nuestras acciones”.

Al salir de la casa, antes de despedirnos, nos condujeron a una casa vecina, en la que para celebrar el Sábado invitan a mucha gente, al estilo de la “open house” (casa abierta) de Estados Unidos, donde todo el mundo es bienvenido. Durante esas fiestas sabatinas el dueño de la casa y su familia suelen cantar Zemirot o canciones de mesa. Algunos de esos himnos se remontan a la Edad Media, otros al siglo XVI, pero todavía se siguen componiendo en la actualidad.

Cuando regresamos al hotel, pasamos por la zona donde habitan los seguidores del rabino Lubavitch, cuyas levitas negras, pelo largo con trenzas en las patillas y sombreros negros al estilo cosaco, delatan su origen europeo oriental y ruso.

Publicado en Ultima Hora. Julio 2002.