Costumbres criptojudías

En homenaje a mi madre

Por Roser Parés.
A medida que me voy haciendo mayor vienen a mi cabeza recuerdos de la infancia, supongo que esto nos sucede a todos. Lo mejor en estos casos es ir recordando cosas gratas, costumbres, palabras, imágenes, situaciones que quedaron grabadas en nuestra mente de manera imborrable. Poco a poco he ido descubriendo mi proximidad al judaísmo, desde siempre supe que era xueta, bueno desde siempre no... Cuando tenía aproximadamente seis años me hicieron la revisión médica del colegio y el médico me preguntó si mi segundo apellido, Fuster, procedía de Mallorca.

 

Yo contesté que mi madre era mallorquina, por primera vez oí ese término. Xueta. -Pues tu eres xueta- me dijo. Cuando llegué por la tarde a casa enseguida se lo expliqué a mi madre y pregunté el significado de ser xueta. Ella primero se enfadó contra el médico al que llamó sinvergüenza. Luego me dijo que éramos judías, pero que eso no se podía decir, pues estaba mal visto.

Ahora que mi madre ya no está aquí, en este mundo que tanto hizo sufrir a los nuestros, recuerdo y me voy dando cuenta que ella nunca dejó de ser judía, siempre leía constantemente la biblia, era su libro de cabecera. Apuntaba citas, las repasaba y apuntaba más. Estaba sedienta de encontrar el buen camino de regreso aunque no era consciente de ello, tenía amigas de todas las religiones, yo acudí con ella a la iglesia adventista, a la de los testígos de Jeová, a la protestante...a toda menos a la sinagoga... porque en aquella época no había sinagoga que ella conociera. Estoy segura que de haberla conocido, hubiera ido.

Muchas de sus costumbres, o manías como a mi me parecían entonces, las he ido entendiendo ahora; simplemente eran judías. Besaba el pan cuando no se había comido y lo guardaba en una bolsa para dar a las palomas. Jamás se tiraba el pan en casa. Había muchos alimentos que, como ella decía, "le daban asco": el conejo, el rape, el cerdo... En mi casa jamás se comía carne de cerdo, sólo jamón eso sí. El jamón la hizo sucumbir a la antigua tradición heredada de no comer cerdo. Incluso la tan mallorquina sobrasada, la comía muy poquísimas veces. Era una pequeña concesión que hacía muy de tanto en tanto.

Sus palabras eran tomadas del antiguo testamento de manera literal, lo que a mí me ponía nerviosa, cuando me daba un consejo o una reprimenda lo hacía siempre con palabras bíblicas. Otra de sus costumbres era siempre encender velas en casa; que a mi, cuando ya era mayor, me daba miedo que se le quemara todo y le decía que las apagara. Siempre me dijo que cuando muriera no quería flores en su tumba ni nada ostentoso, me dejó instrucciones de que deseaba ser envuelta en una sábana blanca y en la caja más sencilla que hubiera. Cuando conocí el enterramiento judío lloré al saber que la última voluntad de mi madre fue ser enterrada como una mujer judía. Tantos años pasaron, generación tras generación hasta llegar a mí, tantos años escondiendo el verdadero sentir de mis antepasados, de mi madre. Que yo ahora deseo proclamar a los cuatro vientos, a toda la humanidad y con todo mi orgullo. Sí, mamá, somos judías.