ELDA

Una familia judía en apuros

Por ANA WAINER. La mañana vertía lágrimas frías e indiferentes ante el drama humano de aquel 25 de julio de 1982. El “Federico C“ era el primer barco de pasajeros que entraba al puerto de Buenos Aires después del conflicto de “Las Malvinas “. Pensado para transportar burbujas de ensueños, allí estaba esperando su cargamento de supuestos turistas que, curiosamente, no manifestaban la alegría de la gente que se dispone a tomar unas vacaciones, un viaje de placer.

Todos los que subían a bordo llevaban una mirada de infinita tristeza. Todos vivíamos una extraña sensación de derrota y de esperanza, de pena e ilusión. Teníamos, la mayoría, un nudo en la garganta. A algunos se les deslizaban las lágrimas por las mejillas. ¡Para casi todos era el final de una historia, asistíamos al funeral de nuestro Buenos Aires querido! Un cielo plomizo, cubierto de nubes bajas, nos acompañaba en nuestra tristeza. Una finísima lluvia nos despedía con dolor. No teníamos conciencia de la dimensión de nuestra audacia... Cruzar el Océano Atlántico para volver a comenzar en tierras desconocidas como lo hicieron nuestros antepasados hace más de cien años, pero a la inversa.

Miraba abrumada hacia el infinito sin comprender que aquella valla que, como frontera, separaba algo más que a los viajeros y a sus parientes y amigos, emocionados. Era el límite entre el pasado y el futuro. De un lado había cantidades incalculables de buenos deseos, de amorosas prevenciones, de angustiosos adioses y, del otro, estaba el paquebote lleno de sueños rotos pero con material idóneo para recomponerlos durante la travesía, de toneladas de decepciones... A mi llanto, lo tenía estancado y cubierto por un cúmulo de sentimientos encontrados y el ansia de llegar cuanto antes al futuro.

Acomodamos nuestros bártulos en el camarote y salimos a cubierta para la ceremonia del saludo final. Sonó la sirena... Y partimos lentamente, muy lentamente. Aún lo veo, detrás de aquella reja a orillas del Río de la Plata, a todos llorando sin consuelo, ¡de no creer! Hacía muchos años que no veía a toda la familia reunida junto a los amigos más queridos. Todos, al borde del agua, nos decían adiós. Muchos, casi todos con el pañuelo frotándose los ojos.
Muy despacio iniciamos el camino de la ruta salobre hacia el Este. Aún me parece oír el golpeteo del agua contra el casco. Todavía me veo, veinticinco años después, asomada a la barandilla diciendo adiós a mi infancia, a mi adolescencia, a mi juventud, a mis padres, a mis parientes y amigos de toda la vida.

Hacía años que soñaba con cruzar el océano Atlántico, pero en avión y de paseo, para conocer los pueblos donde nacieron y vivieron los padres de papá, en la Europa del Este, y donde nacieron y vivieron los padres de mamá, en Tánger, Mallorca, Cataluña, Rusia... Jamás supuse que sería en tan desgarrante circunstancia. A todos les dije:
 -“Hasta pronto “ -
Pero en mi interior sabía que era:
-“Hasta nunca “-
A algunos les dije:
-“ Les espero por allá “ -
Ahora me doy cuenta de que aquella manifestación era un sarcasmo...
-” Perdón amigos, perdón familia “-

Yo sólo manifestaba el anhelo de verles algún día en un país con futuro.
Papá me dijo, unos días antes del viaje, que si me iba de Buenos Aires no podría estar en el momento en que cierre los ojos. Comprendí que era una presión sentimental, como si pudiera dar marcha atrás al reloj de la vida.
¡Demasiado tarde! Ya había elegido correr la aventura europea antes que esperar a que algún día, dentro de 10, 20, 30 años, quizás Argentina camine por la auténtica democracia.

Una amiga de toda la vida me decía, unos días antes de la partida, “cómo se te ocurre a tu edad (alrededor de 40 años), viajar a Europa con dos niñas pre-adolescentes, sin tener allá un domicilio donde llegar, un trabajo para responder a las necesidades mínimas, casi sin dinero... Es una locura”.
Lamentablemente el tiempo me dio la razón, vivo en Europa hace más de 20 años y cada siguiente día el país va a peor. Latinoamérica padece de males históricos incurables. Los europeos que eligieron vivir en el Nuevo Mundo no supieron crear naciones socialmente justas.

Una prueba de ello es una página escrita en 1710 en el libro: “Memorias secretas del Marqués de Louville “ tomo II, página 249 y siguiente publicadas en París en 1818:
-“ Durante todo el tiempo que viví en Buenos Aires trabajé con el mayor esmero pero siempre me salieron al paso gobernantes que, anteponiendo su propio interés a cualquier otro y no teniendo otro fin que el de su enriquecimiento personal, me acosaron con tal número de exigencias, impuestos y exacciones, que debí someterme para no sufrir inconvenientes más graves (...). Los gobernantes que los suceden deberían, según la ley, hacer que sus antecesores rindan cuenta pero, como tienen también ellos el mismo propósito de enriquecerse a costa del pueblo, tratan de calmar la irritación general prometiendo un gobierno benévolo, cosa que jamás cumplen“-.

Aún los flamantes hispanoamericanos no habían aprendido a cantar sus respectivos himnos pero ya tenían una meta: enriquecerse a costa del pueblo explotando la riqueza natural del continente quedando así justificadas todas las guerrillas habidas y por haber.

Durante la travesía por el océano Atlántico el tiempo fue espléndido. Fueron catorce jornadas de viaje en un mar tranquilo, un cielo azul, cálidos. A los pocos días de navegación en alta mar, me sentí mal, me subió la presión y debí concurrir a la enfermería donde me atendieron con toda corrección. El personal italiano fue muy amable. Sabían que viajábamos con el dinero justo y, se miraron el médico con el enfermero, me dieron un medicamento y no me cobraron absolutamente nada.

Después de tanta preocupación y la preparación de la salida... Mi cuerpo dijo ¡basta! El susto de vivir en un país sin ley y tener que partir hacia lo desconocido, con la responsabilidad de llevar conmigo a dos niñas casi adolescentes, me provocó un malestar que pude superar en un par de días.
Nos estuvimos preparando desde el mes de abril, cuando comenzó la guerra, vendiendo el piso, el coche, los muebles, el piano, que era herencia de mi abuela, las joyas... Luego los trámites para tener la documentación en orden y, para los pasajes, fui a la agencia de viajes que regentaba la madre de una alumna mía. Me dijo que, de momento, aviones no llegaban pero que, en breve, llegaría un barco italiano, que estaba el pasaje completo pero nos haría un lugar diciendo que éramos parientes suyos.

Mientras esperamos la llegada del barco fuimos repartiendo entre los familiares nuestras pertenencias más queridas. En casa de la hermana de mi marido quedaron casi todos los electrodomésticos y mis joyas, los adornos de mi departamento. Le dije a mi cuñada que lo fuera repartiendo como ella quisiera para cumpleaños o bodas de la familia.

Durante la guerra estábamos incomunicados con el mundo por tierra, aire y mar. La Alianza Atlántica a la que pertenece Inglaterra retiró el seguro internacional. Otro drama fue convertir los pesos argentinos en dólares... La moneda extranjera estaba en manos de la mafia y tuvimos muchas dificultades para conseguir cambio sin que nos roben demasiado...

Mientras viajábamos arrullados por un suave oleaje, por las tardes, mis niñas, mi marido y yo, nos sentábamos en cubierta con nuestros instrumentos musicales y durante horas ejecutábamos piezas argentinas, bolivianas, peruanas... Mi marido y mi hija menor, Marcela, de 9 años de edad, tocaban cada uno en su charango. Mi hija mayor, Patricia, de 11 años de edad, y yo, lo hacíamos en nuestras guitarras. Cantábamos zambitas norteñas, huainitos peruanos, cuecas bolivianas, algún tango, algún vals sureño...

Una tarde se acercó el Capitán y nos invitó a tocar en la noche del cruce del Ecuador. ¡A mi niña pequeña los camareros con papel crepé la vistieron de princesa! ¡Una noche estupenda! Tocamos y cantamos durante unas horas. Algunos pasajeros bailaron a los son de nuestra música, otros cantaron con nosotros, hicieron palmas. Realmente todos disfrutamos y olvidamos por un momento nuestra tragedia. Todo eran risas, alegrías, felicidad, diversión.

Entre los pasajeros había un muchacho de unos veintiocho años de edad, francés, que residía en San Pablo. Iba de vacaciones a la casa de su hermana Mirèlle, en Toulouse. Llevaba en sus manos, apretado con cariño contra su cuerpo, un instrumento típico brasilero. Intentaba sacarle algún sonido, tocar alguna canción.

Caminando por la cubierta, un día me lo encontré y nos saludamos muy amigablemente, como si nos conociéramos desde siempre. La música produce éstos milagros, acerca con respeto a las personas a través del sonido mágico de unas notas que las lleva el aire de un corazón a otro. Así que, después del saludo, vinieron las palabras; pocas, porque mi francés no era entonces muy fluido. En casa, mamá, cuando era una niña me hablaba en francés, me decía:
-“ Algún día lo vas a necesitar “ -
Ella y su madre conversaban de sus “cosas“ en este idioma. Escuchándolas aprendí un vocabulario suficiente: cómo saludar, pedir en un restaurante la comida... Y, en aquella época, para saber qué hablaban las dos mujeres. Luego lo estudié en el Liceo y más tarde hice unos cursos en la Alianza Francesa.

Al fin nos entendimos el muchacho y yo, y nos dimos nuestras mutuas direcciones; yo la de Barcelona, del piso de la tía Coco, la hermana mayor de mamá, donde viviríamos un tiempo hasta encontrar vivienda. La hermana de Dodó tenía un restaurante en Toulouse y, en Navidad, se reuniría toda su familia, sus padres vivían en Lyon.

Ya se sabe que las amistades que se hacen durante una travesía no son duraderas y máxime cuando se trata de un joven y de una señora con familia, pero esta vez no fue así. A finales de noviembre llegó una invitación para los cuatro para ir a trabajar en Navidad, para hacer el show musical para las fiestas en el restaurante de su hermana Mirèlle.

Viajamos a mediados de diciembre a la Francia, con gran emoción, todo el tiempo conteniendo el aliento. El bus que partió desde Barcelona, temprano a la mañana, nos pareció un pájaro que nos llevaba volando hacia un destino increíble porque, para un argentino, llegar a la Francia es como encontrarse con el amor de su vida, un sueño imposible siempre deseado. Son muchos los tangos que nos hablan de París, de las mujeres hermosas que sueñan con un argentino, de los hombres que pierden la cabeza por una francesita.

Cuando cruzamos la frontera franco – española mi marido y yo nos tomamos de la mano y nos dijimos:
- “¡Lo que nos parecía inalcanzable hasta hace muy poco, lo estamos viviendo ya!”-

Y, por supuesto, nuestra aventura fue maravillosa. Una vez en Francia, el autocar en que recorríamos los prados y pueblos de Víctor Hugo paró para que el pasaje almorzara en la estación de la carretera. Entonces mi esposo me dice:
-“Debés leer la carta, decirnos qué hay para comer, llamá al mozo y pedí la comida. Ninguno de nosotros sabemos francés así que ya podés ir practicando”-
Quizás los amigos de Buenos Aires tuvieran razón al decirme antes de partir que:
-“Estaba un poco loca al viajar a Europa con apenas unos dólares en el bolsillo, dos niñas y con más de cuarenta años de edad”-
Quizás pensaron, cuando les conté por carta de mi excursión a la Francia...
-“Qué no tengo remedio“-

¡Fuimos con las dos pequeñas a casa de un chico desconocido, soltero!
Pero la edad da experiencia y la experiencia nos enseña a conocer a las personas aunque siempre hay un margen de error. Pero no me equivoqué, Dodó era un joven formal. Nos recibió en su apartamento, un estudio donde vivían su pastor alemán y él. Ellos dos, cada noche, se acurrucaban delante de la puerta de entrada, en el hall y nosotros cuatro en la habitación, en dos colchones en el suelo. ¡No había nada más!

Durante tres semanas tocamos cada noche en el restaurante a rebozar de personas que nos aplaudían pidiendo siempre más y más canciones. El primero de enero de 1983, a pedido de Mirèlle, la dueña del local y hermana de Dodó, preparé un almuerzo para treinta personas. Un menú argentino: Locro, un plato típico del norte argentino, especial para los días de invierno, cuyos ingredientes no fue posible conseguirlos todos, pero igualmente resultó exquisito y algunos comensales repitieron el plato hasta ¡tres veces! El mismo lleva, más o menos, según la cocinera: maíz, carnes diversas, huesos de ternera para caldo, porotos blancos, zapallo amarillo, cebollas, chorizo colorado, verduras para sopa, mondongo o tripa gorda... Y una salsa de tomates, perejil y pimientos picantes, todo en crudo y triturado, aliñado con aceite.

¡Ah!... Con el idioma fui recordando poco a poco lo que tenía guardado en mi memoria, el que me había enseñado mamá, el que aprendí en el colegio secundario, el que estudié en la escuela de idiomas, de esto hacía muchísimo tiempo... Tuve que ser la traductora, durante toda la estadía, de mi compañero de aventuras y de mis hijas, lo que se hablaba en las reuniones, lo que a ellos les decían, los temas diversos que se comentaban... Un esfuerzo realmente descomunal que a mi pobre cabeza, a la noche, al ponerla sobre la almohada, le salía... ¡humo!

Hubo un encuentro con argentinos y chilenos exiliados que residían en Toulouse y trataron de convencernos de que nos quedemos a vivir en la ciudad, desde luego preciosa y la gente muy acogedora, solidaria. La idea era buena, la tentación enorme, pero también estaba el problema económico; de momento, una barrera difícil de superar. A lo mejor nos hubiera ido mejor, quizás, pero España entonces nos ofrecía buenas perspectivas. Regresamos a Barcelona la segunda semana de enero, pasadas las fiestas, para comenzar una nueva vida. Lentamente nos incorporamos a la sociedad catalana que generosamente nos abrió el corazón, nos ofreció paz y trabajo.