ELDA

Relatos de mujer

Entornando los ojos recuerdo al pueblito de mis primeros pasos en la inmensidad de la Pampa Argentina ( pampa es una palabra quewchua que significa llanura rasa y grande), allá donde el cielo y la tierra se unen en el horizonte. Siento el olor a flores silvestres, a árboles, a animales, a leche recién ordeñada. Oigo a las monjas en constante y diligente trajinar y me sumerjo en el bullicio y colorido de las fiestas. Veo los rostros de aquellos que ya se fueron, a los que evoco emocionada y agradecida por todo el amor que me dispensaron. Mi corazón late con fuerza al encontrarme, aunque sea con el pensamiento, en pleno campo cuando la naturaleza se rebela y nos sacude con un inesperado chaparrón que alimenta la tierra generosamente levantando al unísono, primero un tenue polvo y luego un decidido aroma que se eleva agradecido con el olor a hierba y a flores mojadas diciendo: -“ gracias “ – a la nube que entrega su vida para que otras vidas permanezcan en éste mundo. El campo fue mi primer maestro, el que dio forma a mi personalidad y desarrolló mis capacidades, mis conocimientos y mis habilidades. Vivíamos dentro de una colonia de retardados donde papá era médico interno, llevaba siempre su guardapolvo inmaculadamente blanco y almidonado. Mamá preparaba ricos manjares, tejía, cocía, bordaba, tocaba el piano.

La villa está al lado de Torres, un pueblo de pocos habitantes. Viven de la agricultura y la ganadería, son gente sencilla que se levanta al alba para realizar sus tareas campestres. La mayoría son arrendatarios que trabajan la tierra para los grandes terratenientes. En aquella época, hace más de medio siglo, los caminos saliendo de la carretera nacional que se dirigen a todas las aldeas del oeste de la provincia de Buenos Aires, eran todos de tierra que se transformaban en barro intransitable cuando caían dos gotas de lluvia. El caballo era la solución más segura, también podía ser el Sulky. Su nombre proviene del quewchua, sulk’a que significa menor. Éste simpático y práctico carruaje, sólo para dos personas, ligero, liviano, tirado por un caballo, era indispensable para granjeros, chacareros, médicos, comerciantes. Los caballos que se usaban eran percherones que llegaron de Perche, una región de Francia, en el siglo XIX.

Torres era conocido por tener a menos de un kilómetro el hospicio “Montes de Oca “, un lugar donde una diversidad de personas es abandonada por sus familiares... ¡El viejo problema de los enfermos mentales! Se necesitaron muchos siglos para ser considerados como tales, casi podríamos decir que el desarrollo cultural de una nación se lo puede medir de acuerdo al trato que se le da al alienado.

Las ideologías características de cada época y sus sistemas sociales fueron perfilando la historia del progreso científico especialmente del pensamiento psiquiátrico y, también, sus regresiones. En la antigüedad se realizaron, entre otras cosas, los primeros intentos para organizar la asistencia psiquiátrica hospitalaria. Sin embargo, estos progresos se olvidaron más tarde. En la Edad Media, la ciencia psiquiátrica no solamente dejó de desarrollarse, sino que experimentó un gran retroceso. O sea que, a juzgar por la barbarie que existe en nuestros días, aun vivimos en aquella oscuridad..

Me era difícil creer las historias que papá contaba a la hora de comer, pero ya con la edad y con los desastres sociales que asolan a la humanidad, me imagino con que vesania se gobernaba en otros tiempos en que la ignorancia conducía a aberrantes prácticas culturales.

Recuerdo que la abuela Quika, madre de mamá, nacida en Odessa alrededor de 1890, llegó a Buenos Aires siendo muy pequeña y se casó con mi abuelo Jacobo, nacido en Tánger, que se embarcó hacía a la capital Argentina con 16 años de edad. Tenía miedo de que sus nietos se contagiaran del mal que aquejaba a los internos de la colonia de oligofrénicos. Claro, ella no sabía que una enfermedad psíquica no se contagia, sino que es debido al desarrollo insuficiente del cerebro o de una detención de este desarrollo. Pensaba así porque mi hermano Pedro demoró casi hasta los dos años de edad en aprender a hablar, lo que no sabía es que generalmente los varones, algunos varones, se demoran más, bastante más que las mujeres en decir las primeras palabras.

Aquel 29 de junio en que cumplí 5 años de edad, se nutrió de acontecimientos que hicieron de él un día inolvidable. Los preparativos en la cocina anunciaban la visita de las monjas y los dos médicos internos con sus familias, y los abuelos que habían llegado unos días atrás para asistir a mi fiesta. Habría chocolateada, pasteles, bizcochos y la torta de cumpleaños. La hija del doctor, Anita, es una niña educada. Sentada en su silla espera que le saluden por su cumpleaños y le den su regalo, callada, solamente habla (toda ruborizada) después que le dirijan la palabra, siempre dice gracias con una sonrisa, se sirve después de los mayores, espera que le digan cosas bonitas y jamás defrauda al auditorio con un mal gesto, ni con ansiedades. No debo ensuciarme ni dejar la mesa sin permiso y cuando me autorizan a retirarme, no puedo olvidarme de dar un beso a cada uno de los presentes.

¡Era todo un acontecimiento! Normalmente los niños comíamos un momento antes que los mayores; es decir, no éramos particípes de la vida de los adultos. Teníamos un mundo aparte. No conocíamos las actividades que los mayores realizaban y no sabíamos nada de sus preocupaciones. Debíamos seguir los cánones marcados por un estricto protocolo en una sociedad racista y clasista, donde cada individuo estaba obligado a cumplir con las directivas que le habían asignado, el salirse de las normas era prácticamente declarado muerto. Dejaba definitivamente de pertenecer a la familia donde había nacido y se había educado.

Me rebelé a los 20 años de edad y dejé de ser la hija del doctor para ser yo misma. ¡Así de sencillo! Me costó una guerra entre papá y yo, sufrimos mucho, pero era necesario que asuma mi independencia plenamente. A mamá le dolió más que a papá. Mis padres esperaban que, como mujer, cumpliría con las expectativas que habían depositado en mí. Mamá nunca comentó nada, su educación no se lo permitía y debo suponer que debió tomar partido y no pudo dudar... ¡Estuvo de parte de papá! No la culpo, ella jamás tomó decisiones sin el consentimiento de su marido. Le estaba vedado opinar. Debía haber seguido la carrera de Medicina, pero decidí estudiar Educación Musical y en su momento elegir un marido que perteneciera al círculo de amistades de mis padres, pero me preparé para dar clases de solfeo, piano y estudié canto y guitarra para formar ensamble con mi compañero, de profesión músico de la noche... ¡Se gana la vida tocando la guitarra y cantando canciones populares!

Era, como cada año, un día de invierno en que hacía un frío que cortaba el aliento y lloviznaba desde hace una semana sin parar ni un momento. A las 4 de la tarde era oscuro total, en el hogar a leña del comedor los troncos de quebracho se consumían lentamente...

Llegaron las visitas, saludos, degustación, parloteo entre los adultos. Cumplía 5 años de edad y ya conocía el protocolo, la de una niña habituada a pertenecer a una élite social. Desde mi asiento, una silla a la que le habían agregado una almohada para que alcanzara a la mesa sin inconvenientes, ya que aún no tenía altura suficiente, bebí y comí y asentí a todo lo que me decían... El día se iba consumiendo, anochecía cuando al fin pude irme a jugar con los regalos recibidos. Ya se oía a la distancia, en el pueblo, los cohetes y el bullicio de los jóvenes preparando las fogatas cuyo humo se podía ver desde la ventana del consultorio.

Esta fiesta pagana, que nosotros no participábamos, se realiza para ahuyentar a los malos espíritus mediante el fuego y excita el ánimo de los asilados que, por este motivo, en ésta jornada se les da la cena más temprano para que se recluyan en los dormitorios.

La visión de los enfermos mentales caminando por los senderos alrededor de los pabellones me provocaba una sensación desagradable que no alcanzaba a comprender. Gesticulaban agitando los brazos y hablando en voz alta a algún fantasma que ellos y sólo ellos podían ver. Sus gritos lastimaban mis oídos.

¡Tuve una infancia solitaria! Aunque no es toda la verdad. En el campo no se puede estar sola, siempre se siente la compañía de la vida que se manifiesta de distintas formas y modos y en ningún momento nos abandona. Hablaba con las gallinas, con los patos, con mi perro, con mis muñecas... Hasta el último momento de irme a dormir me arrullaba el canto de la noche que envolvía mis párpados, el llamado de las ranas, el tosco ritmo de los sapos y rococó, la suave voz del búho, la alegría del coyuyo en tiempos de la algarroba, el canto solitario del grillo y todos los lenguajes con los que se expresaba la noche se volvían susurros hasta desaparecer en mis oídos con el más sutil de los planísimos.

El haber tenido una experiencia tan personal con los enfermos mentales, me llevó a comprender los problemas de discapacidad física y mental o emocional de mis alumnos de música y tuve que adaptar el sistema de enseñanza a ellos para poder ayudarles a descubrir los secretos de su instrumento, ya sea el piano o la guitarra y así permitirles ingresar en un mundo no agresivo con el cual podían comunicarse, integrarse y auto identificarse, sin conocer el fracaso, mediante el uso de sus limitados medios físicos o mentales.

Al poco tiempo de instalarme para vivir en la Bahía de Rosas, fui contratada para trabajar en la residencia de ancianos del pueblo. Debía, una vez a la semana y durante una hora, atender a las necesidades musicales de algunos residentes... Para ello, en el salón de actos de la institución se reunían algunos “viejecitos” que llegaban por su propio pie y otros en sillas de ruedas... Todos esperaban ansiosos que mi esposo y yo afináramos los instrumentos y les dijéramos por cuál canción comenzábamos todos a cantar. El entusiasmo era mayúsculo, cada uno hacía lo que podía, unos leían las letras y otros hacían como que leían para que no les descubriera que no sabían leer... Muchos desafinaban, otros gritaban... Los más aplaudían... Nosotros dos, seriamente, como correspondía a la ocasión, guitarras en mano... Con toda la voz, sin amplificación... Los ayudábamos a recordar las canciones más antiguas, aquellas de su infancia, su adolescencia... Felices, hasta que un día el director dijo que lo suspendía porque no había dinero para seguir pagando las “clases”... (claro, la ignorancia es tal, que es imposible explicar que las “clases” de solfeo a esas edades y en esas condiciones no son posibles, que afinar es un sueño de muy pocos y que lo principal, en un lugar como ése, es que el interno disfrute y se divierta y olvide su situación).

En verano en la provincia de Buenos Aires la temperatura suele rebasar los 40 grados a la sombra y en invierno suele llegar hasta 6 grados bajo cero, casi todo el año con un cien por cien de humedad. Una tarde recibimos el beneficio de una suave brisa que fue cambiando de fuerza. Es el viento norte que provoca tempestades. Yo estaba entretenida con mi pony cuando vi en la lejanía tres refucilos en el fondo oscuro del horizonte, las nubes comenzaron a cubrir el sol, de pronto... Una ráfaga de viento me llenó los ojos de tierra. Arriba, en el cielo, los ruidos se multiplicaron semejando carruajes rodando por caminos empedrados, los relámpagos se hacían más cercanos. Santiago, el asilado que ayuda con los quehaceres domésticos apareció corriendo y me ordenó que corriera y entrara en casa, con claras muestras de preocupación se lleva al pony a las caballerizas.

Papá cubrió la jaula de los pajaritos que curiosamente estaban silenciosos. Mamá y Dolores, una de las muchachas que colaboraban en las tareas del hogar, cerraron puertas y ventanas asegurándolas al máximo. Chito, mi pastor alemán, mi abnegada niñera, daba vueltas en torno nuestro excitado. De pronto cayó un rayo en las cercanías que hizo temblar la tierra. La suave brisa se tornó en ventarrón, sin una gota de lluvia cayeron las primera piedras del granizo, algo terrible para el campo sembrado. El vendaval se transformó en huracán que intentaba arrancar las puertas y las ventanas. Menos mal que por ser niña no tenía conciencia del verdadero peligro, pero sentía miedo al ver los rostros aterrorizados del personal y de mis padres. La tormenta era completa, no le faltaba nada, enceguecedores relámpagos, rayos, agua y viento en increíbles cantidades. Los sonidos que se sentían a través de las gruesas paredes emitían vibraciones que mis pies captaban. La luz llegaba primero, como una llamarada que iluminaba toda la estancia, luego un ruido de muchos vidrios rotos y finalmente el golpe seco del trueno que me hacía buscar refugio entre los brazos de mamá.¡Una de las pocas veces que estuve entre los brazos de mamá!

Aún llovía con furia cuando me animé a acercarme a la ventana del comedor y apoyé mi nariz contra el vidrio para ver que pasaba afuera. ¡Había una oscuridad casi total! Sin embargo logré distinguir una hoja, sería la última que habrá sido arrebatada a algún árbol y volaba a su destino fatal. El ciclón se fue retirando con su terrorífico mensaje y los truenos se fueron alejando, cuando volvió la brisa y cesa la lluvia abrimos las puertas dobles del dormitorio de mis padres para ver los posibles destrozos en el fondo de la casa y en el gallinero, y la puerta de entrada para observar aquella imagen del cuerpo yaciente del para mí indestructible eucalipto que ha quedado en el baúl de los recuerdos. Su copa casi tocaba el portón, si bien no me dejaron salir, alcancé a ver entre sus ramas un nido, por supuesto vacío. Quedamos recluidos hasta que desapareció la inundación y levantaron los troncos y ramas de los árboles caídos en el camino.

El verano se despidió dejando angustiados a los terratenientes y granjeros. Una nube apareció por el poniente...Los hombres corrían a pie y a caballo llevando palas, picos, para hacer zanjas y cualquier elemento contundente para hacer ruido, ramas secas y verdes que amontonaban alrededor de los sembrados con la mayor celeridad posible. También mis padres y todo el personal del hospicio y los internos que estaban en condiciones de colaborar hicieron trincheras para tratar de espantar la plaga que se veía como un enorme monstruo halado. ¡La langosta voladora!

El pasto y las ramas secas se colocaban primero y encima todo lo verde que encontraban. El objetivo: hacer mucho humo para ahuyentarlas. A esto se sumaba el golpeteo constante sobre cualquier artefacto que produzca estruendo para que no baje la manga de langosta. No obstante algunas descendían y papá tenía especial cuidado que no caigan en el gallinero donde serían devoradas glotonamente pero arruinarían los huevos, ni las gallinas ni los huevos se podrían comer por el sabor asqueroso que les dejaría la plaga.
Estos desdichados acontecimientos me hacen reflexionar sobre la calidad de mujer que fue mamá. Ella no estaba preparada para esa vida, sin embargo lo soportó todo, incluso la plaga de mosquitos que tanto daño le hacían, aguantó con estoicismo las picaduras de los jejenes y los bichos colorados cuando algunas veces se acercaba demasiado al pasto para agarrarme de la mano y llevarme a bañar, a comer o a dormir... ¡Pobre mamá! Creo que fue muy alto el precio que pagó por ser la esposa de un médico psiquiatra.

En la Pampa Argentina todo es inmenso, grandes plagas, trombas de agua y granizo inesperados, tormentas eléctricas, ráfagas de viento que se lleva todo lo que encuentra, intensos fríos, calores insoportables, inundaciones, sequías interminables... Para una mujer de campo todo aquello es parte normal de la vida, pero mamá, nacida en el seno de una familia adinerada, habituada a vivir en grandes capitales como París o Buenos Aires, vivir en medio del campo, en medio de la tierra, lejos de sus familiares, lejos de las actividades culturales que ofrece una ciudad tenía y tiene caracteres heroicos.

Mi crecimiento condicionó el traslado de la familia a la capital. La villa, una pequeña isla en ese inmenso mar de hierbas no dejará nunca de motivar el asombro, de invitar a la reflexión, de enseñarle al hombre a mirarse en el espejo de los sin tiempo, desnudos de ambiciones, de los acosados por lamías y endriagos cuyos gritos hieren a Eolo y conmueven los pétreos fundamentos de la tierra... ¿Adónde se dirigen...? Son un clamor, un llamado, un grito de deleite, una forma de canto, un estallido de libertad o acusaciones lapidarias del cielo...

¡Para mí aquella etapa de mi vida fue una maravillosa universidad! Qué duda cabe, todos aprendimos mucho, disfrutamos mucho, sufrimos un poco.
Había progresado en ajedrez, montaba con soltura, tejía, cocía y bordaba para mis muñecas, me acercaba a la época escolar. Había pasado un año, había cumplido seis años, debía abandonar la escuela de la vida para introducirme en la cultura elaborada por los hombres.

Al fin llega la partida, en el barrio Parque Chas de la capital Argentina mis padres estaban construyendo su casa propia adonde nos mudaríamos en breve. En Torres no había escuela primaria y esto condicionaba el seguir viviendo en el asilo. Papá tramitaba su traslado como médico interno en el hospital neuropsiquiatrico, en el hospicio “Las Mercedes”. Mamá dejó de ir a clase de piano y de cocina y preparaba el ajuar para su tercer hijo y el ajuar para su futuro hogar.

Estaba acostumbrada al ir y venir de la gran capital, pero esta vez era diferente, nadie me decía que no me ensucie, que no me arrugue la ropa, además apenas entrábamos en el chevrolet, todos los lugares estaban ocupados. El personal y las monjitas vinieron a despedirnos. Chito, mi inseparable compañero de juegos, presentía algo anormal, daba vueltas en torno al vehículo olfateándolo, varias veces puso sus manos sobre mi ventanilla y sobre mis manos y su mirada era expectante. ¡Cuándo el chevrolet arrancó nos siguió hasta la tranquera! Mis padres miraban hacia delante, hacia el camino, viendo sus espaldas me parecían dos enormes e inmóviles muñecos, seguramente con los ojos humedecidos y el corazón colmado de esperanzas. Yo discutía con mi hermano la posesión del mejor lugar del asiento trasero.

Nos aguardaba el futuro, un nuevo miembro en la familia, mi debut como estudiante. El próximo quince de marzo comenzarían las clases, la vida continuaba. Estábamos en el mes de febrero, hacia un calor húmedo, eran días en que la ropa se pegaba al cuerpo, amanecía con brumas... Todos miramos una vez mas hacia atrás por la ventana del auto lo que fue nuestro hogar por siete largos años.