GAVÀ

Moisés a la luz de la literatura rabínica

Por Moisés Stanckowich [Tarbut Gavà]
La figura de Moisés, profeta, legislador y libertador, es no sólo ampliamente respetada en el seno del judaísmo entero, sino que la ley a él debida, esto es, la Torá (o ley mosaica en terminología cristiana) es el fundamento de la fe judaica. El judaísmo ortodoxo sostiene que la Torá es de inspiración divina (según el principio de torah min ha-shamayim) y que, por tanto, todos los detalles del texto son significativos.

Ahora bien, ¿se puede calificar a Moisés de héroe tal como entendemos el término en la actualidad? Según la primera acepción del DRAE, podríamos decir que sí: 1. m. Varón ilustre y famoso por sus hazañas o virtudes. Por su parte, The Biblical Archaeology Society plantea la cuestión del modo siguiente: “Hay quien podría decir que Dios fue el héroe del Éxodo pero, en términos humanos, fue Moisés quien cobró protagonismo en todo el Pentateuco. ¿Quién fue Moisés? Un líder más bien solitario, que se situó siempre un tanto “al margen”, por ejemplo, en su infancia, cuando fue criado por la hija del faraón como si fuese un príncipe egipcio; o en su matrimonio con una mujer extranjera (madianita o posiblemente etíope); o en sus características físicas por su defecto en el habla”. Por tanto, humanamente, se puede considerar un héroe.

Los que ya empezamos a tener una edad, digamos, provecta, crecimos con la imagen del Moisés que interpretó el controvertido Charlton Heston en la célebre película de Cecil B. DeMille “Los Diez Mandamientos”. La cinta sigue el texto bíblico de manera más o menos fiel y llegamos a empatizar con el personaje principal y con su misión. Sin embargo, y volviendo a la Biblia, aunque a muchos ya les pueda parecer que ésta rebosa imaginación en la narración canónica, la literatura rabínica aún la aderezó más para darle más empaque, si cabe, a la esforzada tarea de Moisés de liberar a los israelitas del yugo de la esclavitud. Y es en esta línea que quisiera presentar en este artículo unos más que curiosos ejemplos tomados de la literatura rabínica que, a menudo y a modo de targum incluso, complementan o “redondean” algunos de los acontecimientos que se suceden en el libro del Éxodo, en los capítulos del 1 al 15, y que he recogido en mi tesis doctoral, en la cual edito nueve coplas sefardíes, paralitúrgicas, del ciclo del Éxodo que se cantaban por Pésaj. Por medio de estas composiciones poéticas, un grupo de rabinos sefardíes asentados en tierras del imperio Otomano “reeducó” a las masas, en lengua judeoespañola, en la propia tradición judía que se había ido “olvidando” por desconocimiento del hebreo, por desencanto con esa tradición y por atracción por temas, digamos, más mundanos.

Adentrándonos, pues, en los versos de estas coplas en busca de, sobre todo, resonancias midrásicas, vemos que en los primeros tiempos de esclavitud, y según lo narrado en el texto bíblico, a pesar de la dureza del trabajo, los israelitas “más crecían y se propagaban (Ex 1: 12). Sobre esto dice el midrás que “la fecundidad de las mujeres hebreas era poco menos que milagrosa: éstas infantaban de seis a doce (según algunos, de sesenta a setenta) niños de una vez”. Así se explicaría el crecimiento acelerado de la población israelita. Y fue precisamente la envidia y el miedo las razones por las que los egipcios empezaron a detestar a los israelitas. Curiosamente, en las coplas se identifica a Yojébed y a Miriam (madre y hermana de Moisés respectivamente) con las parteras bíblicas Siphra, y Phúa (Ex 1:15). Además, en Ex 1:20 se dice que “Dios premió a las parteras…”, idea ampliada por el midrás, que asegura que “no sólo no fueron perjudicadas [Yojébed y Miriam] por el faraón sino que se convirtieron en los antepasados de sacerdotes, levitas, reyes y príncipes. Yojébeb se convirtió en la madre del sacerdote Aarón y del levita Moisés, y de la unión de Miriam con Caleb surgió la estirpe real de David”. Así pues, ante la proliferación de los israelitas, el faraón ordenó que los niños (y no las niñas) fueran arrojados al Nilo (Ex 1:20-22), una idea que según el midrás salió de boca de Balaam, uno de los tres consejeros o magos del faraón (los otros dos eran Reuel el Madianita y Job el Uzita), en estos términos: “Si le place al rey, ordene que todos los varones que desde hoy en adelante nazcan en Israel sean lanzados al agua”; propone el agua como instrumento de muerte porque ni el fuego ni la espada ni el trabajo duro los podrán exterminar, a los israelitas. Como sabemos, por el agua precisamente fue como se salvó nuestro héroe Moisés. Para los egipcios, con las crecidas del Nilo, el agua era un elemento vivificador y, por tanto, un aliado, pero no contaban con el agua del mar. En las coplas se advierte del mal consejo que Balaam le dio al faraón, y el midrás afirma, al respecto, que “Dios había prometido a Noé que nunca volvería a destruir de nuevo el mundo por medio del agua. Por eso, faraón y los magos estaban convencidos de que nada malo podía ocurrirles. Sin embargo, se equivocaban”.

Acerca del trabajo de construcción de las ciudades granero Pitom y Ramsés (Ex 1:11), en las coplas se canta que el faraón se puso a trabajar, idea que sugiere el midrás cuando dice que el mismo faraón se colgó un ladrillo en el cuello y tomó parte en la construcción de estas ciudades. De este modo, si algún israelita se negaba a trabajar, los egipcios le preguntaban si acaso se consideraba más delicado que el faraón.

Como sabemos, las condiciones de trabajo impuestas sobre los israelitas se recrudecieron aún más con el paso del tiempo (Ex 5: 17-22), y esto es algo que desespera a Moisés. Esta desesperación la recogen las coplas que cantan que nuestro se héroe “se enfada” con Dios. En Ex 5: 22, exclama: “Señor, ¿por qué maltratas a este pueblo? ¿Para qué me has enviado?”. Las quejas que Moisés le hizo a Dios están en el midrás donde comienza sus lamentaciones con esta pregunta: “¿Pero qué te ha hecho Israel que se ve más oprimida que cualquier otra nación de la historia?”. Significativa la pregunta que ya se hacía la literatura rabínica antigua.

Al principio, Moisés no ve clara la misión que Dios le encomienda y busca la excusa de su torpeza en el habla (Ex 4: 10). En las coplas se recoge la idea midrásica de que Dios tardó una semana en vencer el rechazo inicial de nuestro héroe a ser él el redentor de su pueblo. Más adelante, cuando Moisés se presenta ante el faraón y le dice que deje marchar a los israelitas porque Dios (Yhwh Elohé Yisrael) así lo pide, el midrás imagina lo que debió de suceder: “R. Hiyya b. Abba dijo: Sucedió que un día el Faraón dio una recepción a embajadores; un día en el que todos los reyes vinieron a honrarle, trayendo consigo regalos de coronas con las que coronarle como Señor del mundo, trayendo incluso sus propios ídolos. Tras la coronación, Moisés y Aharón se encontraban en la puerta del palacio del Faraón. Entonces, dos sirvientes dijeron al Faraón: ‘Hay dos ancianos en la puerta’. La respuesta fue: ‘Que pasen’. Cuando entraron, los miró como si esperara otra corona o sus credenciales, pero ellos ni siquiera le saludaron. El Faraón les dijo: ‘¿Quiénes sois?’ Ellos contestaron: ‘Somos los embajadores del Señor, bendito sea’. ‘¿Qué queréis?’ les preguntó. Y ellos contestaron: ‘Así dice el Señor: deja marchar a mi pueblo...’ (Ex 5:1). Al oír esto, el Faraón se enfadó muchísimo y dijo: ‘¿Quién es el Señor para que yo tenga que escuchar su voz, dejando marchar a Israel? (Ex 5:2). ¿No tiene Él el buen juicio de mandarme una corona, que venís vosotros con mera palabrería? No conozco al Señor ni dejaré partir a Israel’ (Ex 5:2). Y les dijo: ‘Esperad un momento mientras lo busco en mis archivos’. El Faraón fue a su cámara real y examinó atentamente cada nación y sus dioses, empezando por Moab, Ammón y Zidón. A su regreso les dijo: ‘He buscado Su nombre por todos mis archivos, pero no lo he encontrado’". Por lo que no permitió la partida de los israelitas.

Llegados a la escena de la división del mar Rojo (en verdad, el mar de Suf), y que en la memoria muchos de nosotros hemos archivado también a partir de la película antes citada, en las coplas se canta que se abrieron 12 senderos o callejuelas, según la versión. El midrás aclara que se abrieron doce senderos en el mar, uno por cada tribu, y que el agua se volvió tan transparente que cada tribu veía a las otras pasar por su correspondiente sendero. Además, prosigue, las aguas se apilaron hasta una altura de 257 km (en moderno sistema métrico decimal), sin duda una altura exagerada. En las coplas, en concreto, se canta que el agua levantó muros cuya altura era como la del monte Tabor (588 m). Por su parte, R. Abba b. Kahana dijo: “Él [Dios] los apartó de los pecados del mar Rojo, porque tan pronto como entonaron la Canción (la Shirá Ex 15: 1-18), les fue perdonado su pecado en el mar”.

Y ya para finalizar este somero inventario de resonancias midrásicas en las coplas paralitúrgicas del ciclo del Éxodo, éstas recogen el apelativo con que se conoce, ledor vador, a nuestro héroe, esto es, “pastor fiel”. El midrás afirma que “igual que una oveja sigue al pastor allá dondequiera que la lleve, así Israel siguió también a Moisés, porque está dicho: ‘llévame tras de ti: corramos’ (Cant 1:4)”. También: “Entonces Dios dijo: ‘viendo tu compasión para con el rebaño de un hombre de carne y sangre [referido a los rebaños de su suegro Jetró], así, mientras vivas, apacentarás a Israel, Mi rebaño”. En las coplas, dicho apelativo aparece con frecuencia. El Zóhar se refiere también a Moisés como raaia mehemna, “pastor fiel”, que puede traducirse a su vez como “pastor de la fe”, título que se ganó Moisés al infundir a su generación la fe en Dios.

 

Bibliografía consultada:

  • Edición filológica de coplas sefardíes del ciclo del Éxodo, Stanckowich Isern, Moisés, tesis doctoral inédita, Universidad de Barcelona (Barcelona, 2011)
  • The Legends of the Jews, Ginzberg, Louis, vol I, II, III, IV (Filadelfia, 1946)


Artículo publicado en la revista Mozaika (nº 6 /2014-5774 pp.29-33)