La judería de Zaragoza

Por Miguel Ángel Motis Dolader [Tarbut Zaragoza].
Los primeros judíos llegaron a Zaragoza en torno al siglo III, asentándose en el cuadrante sudoriental de la ciudad, como lo demuestran los restos cerámicos aparecidos con ocasión de las excavaciones realizadas en el Teatro Romano. Es más, en el año 638, durante el período visigodo, Braulio, obispo de la ciudad, en una epístola remitida al papa Honorio aboga por la instrucción y predicación frente a la represión de los judíos. Asimismo, en la segunda mitad del siglo IX, tenemos constancia de la conversión de un diácono del rey franco Luis el Piadoso, llamado Bono, que casó con una judía, adoptando el nombre de Eleazar.

A orillas del Ebro la filosofía alcanzó elevadas cotas intelectuales, gracias a personajes de la talla de Simuel Abulafia, Ishaq bar Shéshet Perfet o Hasday ben Crescas, a los que cabría añadir, remontándonos al período musulmán, la obra de Selomoh ibn Gabirol o Ibn Paquda. Durante la Edad de Oro del judaísmo hispano (1213-1283), y en especial durante los reinados de Jaime I y Pedro el Grande, fueron numerosos los altos funcionarios que participaron en tareas financieras y administrativas del Estado, como determinados miembros del linaje de los Cavallería o los Alazar.

Su aljama se constituyó en 1175, sólo cinco años después que lo hiciera Tudela. Tenía facultad para promulgar ordenanzas o takkanot, que regulaban la vida comunitaria, articulada en torno a unas instituciones propias formadas por un Consejo (conformado por 18 ó 25 personas); los adelantados o mukdamim (3 ó 5 individuos elegidos entre los distintos estratos sociales), que toman las decisiones de gobierno; y los  jueces o dayyanim, con jurisdicción propia en la aplicación de la ley talmúdica, así como sus propios notarios o çoffer.

Su numerosa comunidad ejerció un incuestionable liderazgo espiritual y político, en un primer estadio en el Reino de Aragón y, desde fines del siglo XIV, en que desaparecieron las comunidades de Barcelona, Valencia y Mallorca, con motivo de las persecuciones de 1391 desatadas en buena parte de la Península, en toda la Corona de Aragón.

Si en 1369 contaba con algo más de 300 familias –incrementadas a comienzos del siglo XV hasta 350 fuegos, excluyendo los linajes francos–, en 1492 se censan en la judería 460 viviendas, superando las dos mil personas. Aproximadamente la mitad de ellas, con motivo del destierro universal decretado por los Reyes Católicos, optaron por el bautismo, reincorporándose a la vida de la urbe en su condición de conversos.

La Judería vieja, ocupaba un quinto de la antigua Cesaraugusta, en su cuadrante sudoriental, se sitúa dentro de las murallas romanas. Delimitada grosso modo por las calles del Coso, San Gil, San Jorge y la plaza de la Magdalena, se comunica con las parroquias cristianas a través de seis puertas o postigos, tres en el muro de piedra y otros tres en un muro de ladrillo interno –San Gil, San Lorenzo y el de don Mayr, el más antiguo de todos, enclavado en el cruce de la calle San Lorenzo y Estudios–, levantado para separar ambos ámbitos.

La puerta principal del barrio, a modo de arco de medio punto practicado en el muro de piedra y ornado con letras hebraicas, era el Portal de la Judería, también llamada Puerta de  Carnicería, Puerta Ferriza o Postigo de Rabinad, en la desembocadura de la calle Santo Dominguito de Val con el Coso, justo enfrente de los baños públicos.

El centro neurálgico de la judería es el área monumental donde se ubica el complejo del Castillo, el hospital, la Sinagoga Mayor (Biqqur Holim) y la menor, las carnicerías y los centros de enseñanza (Talmud-Torah), muy cerca de la Puerta Ferriza, coincidente, en su mayor parte, con el Seminario de San Carlos y el palacio de los Morlanes.

La Sinagoga Mayor documentada cuando menos desde 1311, en la entonces plaza de la Sinagoga centro axial del barrio. Fue adquirida a la ciudad por los jesuitas en 1557, cuando era una granero en estado deplorable, para levantar la iglesia de Nuestra Señora de Belén, consagrada por el obispo de Huesca en 1560. Pocos años después se derribó para levantar la actual iglesia de San Carlos Borromeo. Tras la expulsión de la Compañía, en 1767 se dedicó a seminario sacerdotal.

El edificio, del que no queda vestigio alguno, presentaba planta basilical de tres naves, la central más elevada que las laterales, separa por pilares, con techumbre de madera, dorada en alguno de sus tramos, se adornaba de racimos de mocárabes. Poseía siete puertas, tres en cada lateral, y la entrada principal, practicada en el muro occidental. La techumbre, dorada en alguno de sus tramos, se adornaba de racimos de mocárabes. A ambos lados de la nave mayor discurría un friso con inscripciones hebreas extraídas de la Torah, en rojo y azul. En el muro septentrional, con los mismos pigmentos, figuraba una Menorah.

Además contaba con al menos cinco sinagogas públicas más. A saber, la Sinagoga Menor o “Chica” (1330), en el barrio de San Gil, donde actualmente se traza la plaza de José Sinués; la Sinagoga de Biqqur Holim (1382) –de la cofradía de “Visitar enfermos”–, también llamada de los Torneros, en la actual calle de la Verónica; la Sinagoga de los Callizos (1329), en la calle Hermanos Ibarra; la Sinagoga de Bienvenist (1325), quizás en la calle de Gabriel Zaporta, que ya no se cita en la centuria posterior; y la Sinagoga de Talmud-Torah, perteneciente a la cofradía homónima, en la plaza de Abnarrabi, quizás en el cruce de las calles Santo Dominguito de Val y San Vicente de Paúl.

La Judería nueva nació tras la concesión que efectuara Jaime I en 1273 a los hermanos Abinbruc para la apertura de unas curtidurías, surtidas de agua por el río Huerva, urbanizándose paulatinamente debido a la expansión demográfica. Se componía de tres callizos que se cerraban con puertas en sus extremos, de ahí su denominación de Primero o del Arco, del Medio y Zaguero o de la Acequia, que se corresponden respectivamente con las calles de Flandro, Hermanos Ibarra y Rufas.

Contó con baños públicos, documentados desde 1228. Se conserva una de sus salas en un semisótano del inmueble número 132-136 del Coso, frente a la que fuera sinagoga mayor. Construidos por alarifes mudéjares, fueron utilizados exclusivamente por los miembros de esta minoría desde el año 1292 debido a una providencia del rey Alfonso III. Disponía de un sistema de agua caliente y fría, siendo regentado por unos bañadores que atendían las calderas y el suministro de leña. Se com­ponía de dos salas rectangulares de unos 9 por 4 metros y 9 por 7 metros aproximadamente, con entrada independiente, cubiertas con bóvedas de ojivas que apoyan en columnas de alabastro, de 1,6 metros de altura, con capiteles lisos y troncocónicos, algunos con collarino. En un principio, el rey percibía unas tasas por los derechos de uso, pero más tarde los arrendó a diversas familias, como los Cavallería, destinando parte de estos recursos a sufragar la construcción del Puente de Piedra.

El poderoso banquero judeoconverso Gabriel de Zaporta, varón insigne por la integridad de costumbres, por sus obras, su piedad y por su esforzada y prolongada vida, cuya tumba reposa en La Seo, mandó construir, con motivo de su matrimonio con Sabina de Santángel, celebrado el año 1549, un bello palacio renacentista, cuyo núcleo, conocido popularmente como el Patio de la Infanta, fue diseñado a modo de carta astral.

De hecho, la presencia judía no se interrumpió en 1492, tras el edicto de expulsión, sino que, como he dicho anteriormente, fueron muchos los que optaron por la conversión, incorporándose como ciudadanos de pleno derecho y manteniendo un sector de ellos unas prácticas ancestrales que se diluirán poco a poco, como lo demuestra el hecho de que prácticamente el Santo Oficio no instruye procesos inquisitoriales relacionados con la herejía judaizante desde mediados del siglo XVI.


* Miguel Ángel Motis Dolader es director de Investigación del Instituto Humanismo & Sociedad de la Universidad de Zaragoza. En abril de 2011 asume la presidencia de Tarbut Zaragoza.