OVIEDO

¿Por qué recordar el Holocausto?

«La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa». Albert Einstein.
Nací judía y desde pequeña he sabido que en Europa hubo un acontecimiento que cambió nuestra concepción de los límites éticos y morales: el Holocausto. Pero nunca he entendido por qué pudo pasar.

Por qué nadie hizo nada cuando en marzo de 1933 se establece en Dachau el primer campo de concentración para encerrar a los judíos y demás enemigos del régimen nazi, cuando se proclama el boicoteo general contra todas las empresas judías y los judíos son despedidos de la Administración pública alemana, dado que eran considerados inferiores como raza.

Por qué nadie hizo nada cuando se disuelven los sindicatos y se realiza la quema pública de los libros de autores judíos y de opositores al nazismo, se prohíbe a los judíos la entrada en restaurantes, jardines públicos, bibliotecas y escuelas y, finalmente, el Parlamento alemán aprueba las leyes racistas de Nuremberg.

Por qué nadie hizo nada cuando tras la Conferencia Internacional de Evian el Gobierno francés se niega a ofrecer refugio a los judíos alemanes.

Por qué nadie dijo nada cuando el 9 de noviembre de 1938 (la Kristallnacht o noche de los cristales rotos) hubo ataques antijudíos en toda Alemania y Austria, con la destrucción de prácticamente todas las sinagogas, saqueo de tiendas y fábricas de propiedad judía, encarcelamiento de los hombres judíos (26.000) en campos de concentración y prohibición de la asistencia de niños judíos a escuelas alemanas y, finalmente, se promulga la ley de «arianización», es decir, la expropiación de todas las empresas de propiedad judía,

Por qué el mundo calló cuando en 1941 se inicia el confinamiento en el gueto de Terezin, en Checoslovaquia, se produce la masacre de Odesa con 34.000 judíos asesinados, se inicia la deportación de los judíos alemanes a Polonia, se produce la masacre de Kiev con 36.000 judíos asesinados o la de Kovno con 15.000 judíos asesinados.

En diciembre de ese año, cuando los japoneses atacan Pearl Harbor, se establece el campo de exterminio de Chelmno en el río Ner (Polonia) y se producen la masacre de Riga con 27.000 judíos asesinados y la de Vilna con 32.000 judíos asesinados. El mundo calló.

En julio de 1942, 300.000 judíos del gueto de Varsovia fueron deportados a Treblinka. El mundo calló.

Entre mayo y junio de 1945, 476.000 judíos de Hungría fueron deportados en 48 trenes a Auschwitz y el mundo calló.

También calló cuando se escogen los seis lugares de asesinato masivo cercanos a las vías del tren, localizados en pobladas zonas semirrurales: en Bergen-Belzec, donde más de 600.000 personas, en su gran mayoría judías, fueron asesinadas entre mayo de 1942 y agosto de 1943; en Sobibor, abierto en mayo de 1942 y clausurado un día después de la rebelión de los encerrados el 14 de octubre de 1943, donde 200.000 personas, en su gran mayoría judías, fueron asesinadas; en Treblinka abierto en julio de 1942 y cerrado en noviembre de 1943 (la revuelta de encerrados en agosto destruyó gran parte del campo de concentración) donde por lo menos 750.000 personas, en su gran mayoría judías, fueron asesinadas; en Chelmno donde 150.000 personas, en su gran mayoría judías, fueron asesinadas; en Majdanek donde 275.000 personas, en su gran mayoría judías, fueron asesinadas en las cámaras de gas o murieron de malnutrición, brutalidad o enfermedad, y, finalmente, en el campo del máximo horror, Auschwitz-Birkenau donde más de 1.250.000 personas fueron asesinadas, de las cuales 9 de cada 10 eran judíos.

La Shoá es insoportable en su inhumanidad y es un crimen único y total, ya que nunca antes un Estado programó y ejecutó una política racista basada en el exterminio masivo físico de minorías de forma organizada, perfectamente planificada y apoyada con los mayores avances tecnológicos.

Nunca antes se explotó de forma tan vil el trabajo esclavo y se llegó a tal extremo en el robo de propiedades, obras de arte y joyas, organizado por el Estado alemán y su régimen.

Nunca antes se utilizaron métodos de eficiencia industrial para la matanza masiva de población civil indefensa, utilizando gas letal para el asesinato masivo de bebés, niños, mujeres, hombres y ancianos.

Nunca antes se había construido un campo del tamaño de Auschwitz-Birkenau, con capacidad para 250.000 prisioneros esclavizados, que trabajaban en las fábricas cercanas hasta agotarlos y asesinarlos cuando ya no rendían más.

Nunca antes fueron utilizados experimentos médicos sobre miles de personas vivas, ni se exterminó sin ningún freno moral a incapacitados, deficientes mentales, tullidos, homosexuales, ni se creó un método para la utilización comercial de partes del cuerpo humano de las víctimas, con destino a la fabricación de jabones, colchones y abonos.

Nunca antes se elaboró un método tan eficiente para no dejar rastros de los asesinatos y deshacerse inmediatamente de los cadáveres de las víctimas en crematorios masivos.

Los nazis construyeron, conscientemente y sin arrepentimiento, esta industria de la muerte. Auschwitz es el gran símbolo del crimen contra la humanidad, realizado contra inocentes despojados de todo derecho y dignidad. Hubo miles de ejecutores, cientos de miles de colaboradores y millones de observadores pasivos.

El Holocausto es el genocidio por antonomasia, el más conocido, mejor investigado y más discutido, porque sucedió en la civilizada Europa, ante la impasividad y el silencio de millones de personas.

Por ello los judíos no podemos entenderlo. Por ello debemos recordarlo y alertar a los demás, manteniendo viva la memoria de lo que sucedió para que no vuelva a ocurrir nunca más. Por ello existe Yad Vashem.

Aida Oceransky es presidenta de la Comunidad Israelita del Principado de Asturias.

Publicado en: lne.es 
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