Recomendamos

Reseña y comentario del libro: El sábado hebreo en el cristianismo, de Mario Sabán

Comentario de Raúl Vinokur (TARBUT BARCELONA)

Primera parte: "El Sábado judío y el Domingo cristiano"

En este primer capítulo, el autor trata el asunto anunciado en la tapa del libro. Así, explica el proceso que llevó a sustituir el Shabat -Sábado judío- como día de guarda y reposo para los judíos, por el Domingo cristiano, capítulo esencial en el desarrollo de la por entonces incipiente nueva religión, a mediados del siglo II.

A partir del Génesis y a lo largo de todas la Biblia ya había quedado  establecido un precepto judío fundamental -y en vigor hasta la actualidad-: el de guardar el séptimo día de la semana, el Sábado, el Shabat, como día de descanso semanal. Y tal como era habitual entre los judíos de su tiempo, también Jesús y sus seguidores contemporáneos, judíos todos ellos, respetaban el descanso y santificación del Shabat como una de sus normas de vida.

También Saulo de Tarso, 'San Pablo', se mantuvo siempre como judío observante. En tanto que judío, sus prédicas tenían lugar en las sinagogas. Resalta Sabán que difícilmente se le hubiera permitido dirigirse a los fieles en el lugar de oración de los judíos de haberse presentado como portavoz de otra religión.

Y fue precisamente la anulación del Shabat uno de los primeros elementos de especial relevancia que abordaron los gentilizados dirigentes judeo-nazarenos para comenzar a separarse de la religión judía.

A lo largo del primer siglo no hay registros que predecesor alguno -en la posterior tradición cristiana- suscitara  ningún cuestionamiento sobre el precepto de cumplir el Shabat. Es  decir, que todos los que reivindicaban al mesías Jesús cumplían regularmente con la ley del descanso semanal durante el Sábado. Al menos  hasta el año 107 todos, judíos  nazarenos y nazarenos gentiles, observaban el descanso sabático. Es porque en ese año 107 cuando se menciona por primera vez al día Domingo como alternativa del Sábado, a cargo de (San) Ignacio de Antioquía.

A partir de este dato, se puede colegir que fue Ignacio de Antioquía -no Jesús, ni sus apóstoles, ni el mismo Pablo- el primero en proponer un manifiesto incumplimiento del Shabat. 

En realidad, la tradición cristiana posterior no llegó a anular formalmente al Sábado como día de reposo del Señor, sino que resignificó el Domingo como día de la Luz -primer día de la Creación- y día de la resurrección de Jesús. Por otro lado, contaba a favor de instituir el Domingo la adoración pagana al dios sol que ya se llevaba a cabo en ese día  en Roma.

Segunda parte: "La antigua alianza y la nueva alianza"

En este segundo capítulo, Mario Sabán se introduce en la cuestión de los pactos en la tradición de Israel, y de cómo se llevó a cabo una interpretación forzada de ellos por quienes deseaban encaminarse hacia una nueva religión, separada de la judía.

A mediados del siglo segundo los romanos terminaron por aplastar militarmente a los rebeldes en Judea. En este estado de cosas, cuando arreciaban las persecuciones de los emperadores romanos, se comenzó a elaborar entre dirigentes del grupo judeo-nazareno los primeros esbozos de una nueva teología, deliberada y progresivamente separada de la religión judía.

Esto se intenta a través de una exégesis bíblica gentilizada, pasible de ser asumida rápidamente por adherentes no judíos. Eran momentos en que los noájidas nazarenos se estaban constituyendo progresivamente en mayoría numérica y jerárquica en el seno del movimiento judío mesiánico.

Cabe señalar que, si bien es verdad que Saulo de Tarso (el futuro San Pablo) reivindicó un nuevo pacto, tal práctica se reproduce con frecuencia a lo largo de la tradición judía. En todo el Tanaj -la Biblia judía- los pactos entre Dios y los hombres no dejan de sucederse, en donde cada nuevo pacto se suma al anterior, pero de ningún modo despoja al anterior de validez alguna: con Noé (Génesis 9:12-16), con Abraham (Génesis 17:1-8), con el pueblo de Israel y Moisés (Éxodo 34:10-27), con el Rey David (2 Samuel 7:8-16), con el Profeta Jeremías (Jeremías 31:31-34), y otros.

En función de ese objetivo de crear una religión separada e independiente de la judía, se procedió a desactivar progresivamente todo el contenido judío que fuera posible. Uno de los precursores fue el griego Marción quien, a mediados del siglo II, postuló excluir la Biblia judía del por entonces inminente cánon cristiano en formación. Su influencia, a pesar de haber sido declarado hereje por Roma, se puede percibir en la posterior separación canónica entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Probablemente, en el rechazo de la propuesta radical marcionita intervinieron dos factores: el ideológico/religioso, en la medida que la ausencia total de la Biblia judía dejaría sin base de sustentación -al menos en ese momento histórico- el surgimiento de Jesús como mesías. Y el factor táctico, puesto que en el siglo II el movimiento nazareno contaba con una cantidad importante de judíos y, además, todos los judíos aún eran considerados potenciales ‘clientes’ para su prédica.

A través de los cambios en la liturgia se aceleró la separación deseada: si en un principio se alteró la fecha de celebración de la Pascua y se introdujo el Domigo como día de descanso, más adelante se comenzó a divinizar la figura del mesías, creando una suerte de pagano-mesianismo, completado con el correr de poco siglos con las adoraciones a las imágenes de santos. Así, la religión cristiana se fue asentando con la suficiente penetración como para que en el siglo IV, a partir del Concilio de Nicea del año 325, el emperador romano Constantino la promoviera como religión oficial del imperio romano.

El sábado hebreo en el cristianismo- La matriz Judía del Cristianismo T2-,  de Mario Sabán (2004), Buenos Aires. 

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.