Reseñas libros

La matriz intelectual del judaísmo y la génesis de Europa

La matriz intelectual del judaísmo y la génesis de Europa, libro de Mario Javier Sabán (2005).
Síntesis ampliada y comentarios, por Raúl Vinokur
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En este fructífero libro, Mario Sabán analiza el judaísmo desde múltiples perspectivas, algunas de ellas en extremo audaces. Y es que precisamente es la audacia en el debate intelectual, según él mismo se ocupa de señalar a lo largo del libro, el factor principal que posibilitó la supervivencia varias veces milenaria del pueblo judío. El autor detalla, a lo largo de la obra y con arreglo a ciertos criterios rectores, el papel que cumplen las distintas escuelas, tendencias y enfoques que confluyen en la práctica y en el debate judíos.

A continuación mencionaré y comentaré, lo más resumidamente que me sea posible, aquellos temas desarrollados por el autor que más han llamado mi atención. Aclaro que en este resumen obviaré, entre otros detalles y en aras de sintetizar al máximo, las numerosas e interesantes referencias bibiliográficas que jalonan la investigación.

Los textos en cursiva no son sino reflexiones de quien firma este comentario.

I. ESCRITURA Y CONOCIMIENTO ABSTRACTO

Hace algo más de tres mil años, mientras que la inmensa mayoría de gentes y pueblos practicaban el paganismo y la idolatría, los israelitas liderados por Moisés adoptaban el monoteísmo. Al tiempo que los primeros depositaban su fe en las tranquilizadoras imágenes visibles de sus dioses, los hebreos prestaban devoción a un Dios invisible, el cual ofrecía su Ley sólo por medio de la palabra, planteando el desafío de creer y de pensar más allá de las imágenes.

Para la enseñanza mosaica, Dios es una abstracción. Desde sus comienzos el Dios de Israel fue Su Palabra. Desde los acontecimientos del Sinaí, en consecuencia, solo se podían aprehender las leyes divinas mediante la lectura de un texto, la Torá. En ningún caso a través de la adoración y contemplación de imágenes. Desde Moisés hasta nuestros días, Dios solo existe en el judaísmo a partir de que así está escrito.

II. ESCRITURA Y GEOGRAFÍA

Normalmente, los pueblos nacen y se desarrollan en torno a una geografía, a un lugar determinado. En el caso judío, esto no fue así.

Si bien fue en el territorio de Israel (nombre de origen escrito y no geográfico), donde el pueblo judío estableció sus milenarios vínculos afectivos e históricos, la Biblia nos señala hitos fundadores más allá de la antigua tierra de Canaán.

Comenzando aproximadamente hacia el siglo XVII aec, cuando el primer patriarca, el hebreo Abraham, nacido en Ur (Caldea), posteriormente residente en Harán (Aram), se asentó definitivamente entre el Jordán y el Mediterráneo, allí donde Dios le había indicado fijar su morada.

Siglos más tarde, posiblemente entre los XIV y XIII aec y bajo el liderazgo de Moisés, los israelitas gestaron su trascendental advenimiento como pueblo en el marco de la cultura egipcia y en medio de un desierto, el del Sinaí, a mitad de camino entre Egipto y Canaán. Como no podía ser de otra manera, seguramente fueron escribas forzosamente educados en el Egipto de los faraones, los encargados de fijar por escrito los primeros textos de la Torá.

Mario Sabán cita la hipótesis lanzada por Sigmund Freud en ‘Moisés y el monoteísmo’, en el sentido que Moisés pudo haber sido un alto sacerdote del dios egipcio Atón, obligado por la derrota frente a los sacerdotes de Amón a marcharse de Egipto, con un grupo de seguidores.

Sin embargo, aquí puede caber una reflexión alternativa: partiendo del bíblico origen israelita de Moisés y en el caso que él no se hubiera encontrado con un capataz azotando a un esclavo hebreo, tal vez hubiera seguido formando parte de la familia del Faraón, como hasta entonces. Posteriormente, por formar parte de esa familia y en función de otras circunstancias, pudiera haberse convertido él mismo en Faraón: es decir, en un Faraón Hebreo. Y, siguiendo el hilo de la suposición, tal vez descendiente de aquel inteligente intérprete de sueños, José, el hijo de Jacob/Israel, todopoderoso visir de un Faraón anterior y ya emparentado en su momento con la corte faraónica.

Siglos después, hacia el VI a.e.c., fue otra experiencia del exilio, la de Babilonia, la que inspiró el renacimiento religioso y la consolidación intelectual del pueblo judío después de la destrucción del Templo de Salomón. Desde aquellas fechas y, parcialmente, hasta el surgimiento del Estado de Israel, la patria judía ha estado constituída por la Torá. Por más de dos mil años, en cualquier parte del planeta donde había una sinagoga y una casa de estudios judíos, el judío encontraba su patria en la lectura de las Escrituras Sagradas. A partir del Iluminismo, en cuanto comenzaron a derrumbarse las paredes de los guetos, se puede decir que esa ‘patria’ judía pasó además a ser el Libro, en general. Es decir, el conocimiento.

Hoy, además, también la encuentra en el Estado de Israel, donde aquellos judíos que lo desean o lo necesitan pueden ejercen su justo derecho a desarrollar una sociedad judía independiente, en su propio territorio histórico.

III. LOS JUDÍOS, UNA NACIÓN INTELECTUAL

En la religión judía Dios se manifiesta con la palabra escrita. El judío conoce a Dios a través de la escritura. No hay imágenes, no hay héroes endiosados, no hay intermediarios sagrados: solo la lectura directa de esa Palabra.

El Templo de Jerusalén se construyó para guardar el Arca de la Alianza, donde estaba guardada la Torá, la ley escrita. No estaba Dios en el Templo: sí estaba su Palabra, para que fuera recordada generación tras generación.

Desde el rey Josías y, especialmente, a partir del arribo de Esdras desde Babilonia, se impulsó un cambio fundamental para el devenir judío: la obligación religiosa para todo varón judío de escuchar y leer la Torá. Esta disciplina se puso en marcha parcialmente hacia el siglo VI aec, pero comenzó a generalizarse posteriormente, alrededor de tres siglos más tarde.

Es decir que el pueblo judío es un pueblo mayoritariamente alfabetizado desde hace alrededor de dos milenios y medio.

Desde entonces hasta hoy la mayor parte de los judíos, no importa la tarea a la que se dediquen, no ha dejado, de rezar, leer, comentar y/o discutir a partir de los textos bíblicos.

Esta característica influyó decisivamente para que la dinámica de la religión judía se constituyera también en un hecho intelectual, y los judíos en una Nación Intelectual.

Con el fin de dejar registrada por escrito la denominada ‘ley oral’, así como distintas interpretaciones de muchas de sus normas (en ocasiones contradictorias entre sí) una multitud de rabinos se dedicó a escribir el Talmud —en sus diferentes versiones— entre el siglo I y el siglo V de la era cristiana.

La referida condición intelectual de los judíos, unida a la prohibición de ejercer una multitud de oficios, influyó para que, muchos de ellos ejercieran tareas de intermediación para las autoridades locales, especialmente a partir de la Edad Media. El grueso de la población judía, sin embargo, se dedicaba a ejercer diversas actividades no prohibidas por las autoridades, como buhoneros, sastres, artesanos o molineros.

En todo caso, y en función de su temprana experiencia intelectual racionalizadora, los judíos tuvieron una mejor adaptación que su entorno cristiano a los cambios introducidos en el continente, a partir del Renacimiento. En realidad, no sólo estaban mejor preparados sino que en gran parte colaboraron activamente con los procesos de cambios de toda índole que se producían, especialmente en aquellos países más desarrollados del continente.

Sin embargo, una gran parte de las élites europeas veían en los judíos una competencia desestabilizadora, dada su notoria participación en los procesos de modernización del continente. Sumada a la más antigua acusación de ser un ‘pueblo deicida’, la desconfianza que despertó el ascenso social y económico de los judíos fue un factor decisivo que contribuyó al surgimiento del antisemitismo moderno.

Por desconocer o no admitir la condición intelectual de los judíos, que llevaban alfabetizados durante milenios en el entorno de una Europa prácticamente analfabeta, el antisemitismo que de antaño acusaba a los judíos de brujería, pasó a acusarlos de utilizar ‘malas artes’ y 'conspiraciones' para triunfar, en épocas más modernas.

Tales acusaciones hacían hincapié (¿hacían?) en los resultados económicos exitosos de muchos judíos.

Estas erróneas afirmaciones no toman en consideración que la causa original no está en la riqueza, en la capacidad económica previa o en una inteligencia ‘natural’ de los judíos. Reside, lisa y llanamente, en aquella capacidad intelectual activa, heredada y fundamentada por una incesante práctica de siglos. La eclosión de esta actitud antisemita extendida por casi toda la Europa continental —excepto, tal vez, en Holanda y Dinamarca— fue el Holocausto. Tragedia de la cual Europa, aún hoy, en el siglo XXI, está lejos de recuperarse.

La desproporcionada profusión de autores e investigadores de origen judío —0.25% de la población mundial, 35% de premios Nobel— también obedece a esa predilección histórica intelectual del pueblo judío. No es que todos los judíos sean científicos e intelectuales, evidentemente, sino que la cultura judía valora positivamente y opta decididamente desde hace milenios por el estímulo, la competencia y la meritocracia intelectuales.

Hay que señalar, sin embargo, que en el ámbito cultural anglosajón fue otra muy distinta la evolución de los acontecimientos. En este caso se manifestó, a partir del siglo XVII, una casi total confluencia de valores entre los judíos y las sociedades de acogida, donde fueron aceptados como ciudadanos de pleno derecho. Los valores referidos son aquellos que tradicionalmente sostuvo el judaísmo, heredados y transmitidos en gran medida por el cristianismo.

Valores que hoy, en pleno siglo XXI, son ampliamente aceptados como principios rectores por las naciones más libres, prósperas y desarrolladas del planeta: responsabilidad individual, aliento de la meritocracia, libertad religiosa, libertad de expresión, justicia con arreglo a la Ley, educación generalizada, razonables cotas de atención sanitaria, respeto a la propiedad bien habida, preocupación por los pobres y otros.

IV. ESCRITURA, REDENCIÓN Y MESIANISMO

El judaísmo no ofrece la posibilidad de redimirse tan solo por la Fe, por la Gracia de Dios. Para el judaísmo no es operativa ninguna fórmula de adhesión que posibilite una redención instantánea. En realidad, no asegura siquiera el poder llegar a la redención. Simplemente, anuncia un arduo camino de aprendizaje y estudio con el propósito de alcanzarla, pero a sabiendas de la virtual imposibilidad de conseguirlo.

A lo sumo, la Gracia de Dios llega después del esfuerzo, y no antes. Y como hemos venido a este mundo a aprender, el esfuerzo de la persona está enfocado, para el judaísmo, en comprender la palabra de Dios. Es decir, en comprender la creación divina en su complejidad, que si bien durante siglos fue solo a través de la Torá, hoy puede interpretarse como un intento de comprensión del mundo que nos rodea, y del cual formamos parte.

El mesianismo es la convicción de que, en algún momento, la humanidad entera llegará a la Redención, a través de un Mesías encargado de anunciarla.

Tanto el mesianismo como su correlato doctrinal, la resurrección de los muertos, fueron producto de la revolución cultural farisea de hace algo más de dos mil años. Además de ser una creencia típicamente judía, responde a una potencialidad humana ya anunciada en el Génesis: la de obtener la inmortalidad.

Si bien el mesianismo tuvo al comienzo una expresión fundamentalmente nacional, en tanto que anunciaba la inminente independencia política frente a los dominadores romanos, una vez destruido el Templo en el siglo I y derrotada la última rebelión antirromana, en el II, todo cambió.

A partir de ese momento quedó prácticamente descartada la posibilidad de reconstituir un reino judío en un plazo más o menos previsible. Entonces, los fariseos sobrevivientes impulsaron la ciclópea tarea de reencauzar la dinámica judía bajo otros parámetros.

Así, el mesianismo derivó hacia una perspectiva redentora espiritual para el pueblo judío. Si el Templo de Jerusalén había sido el eje alrededor del cual giraba la vida judía, a partir de su destrucción fueron los rollos de la Torá, la Ley, los que pasaron a constituirse en algo así como templos portátiles. En consecuencia, el centro alrededor del cual sobrevivió y se vivificó el judaísmo fue, a partir de ese momento, la lectura, la interpretación y el estudio generalizado de la Torá.

La oración, lectura, estudio y discusión permanente en busca de la redención por la verdad otorgó una perspectiva de eternidad a la vida judía. Esta tarea religiosa e intelectual, impregnada por la esperanza de redención mesiánica y resurrección final, operó como un formidable muro de contención ante las inevitables tendencias disgregadoras que se sucederían en diferentes sitios de la diáspora, durante los siglos venideros.

La impronta mesiánica, sin embargo, no permaneció recluida en el ámbito religioso. En la Era Moderna, a partir de la implicación judía en el desarrollo de las sociedades occidentales, ese mesianismo desencadenó su influencia más allá de los límites del judaísmo.

Para el judaísmo, la lectura y el estudio permanente no es solo una tendencia intelectual: es, igualmente, una obligación religiosa y un destino mesiánico. Leer la Torá en principio, pero también estudiar en general, no es sólo repetir un texto de manera acrítica. Es una obligación comprenderlo, incluso desde el punto de vista estrictamente teológico. Y, dado que en el camino de la comprensión los individuos han de exponer sus distintas versiones particulares, el debate estará servido.

No hay límites subjetivos al debate entre judíos, puesto que no existe autoridad institucional que imponga una interpretación obligatoria por vía jerárquica. Solo maestros que deben persuadir con argumentos convincentes y estimular la discusión entre sus discípulos. El único límite que un judío jamás debe traspasar, axiomáticamente, es el de la idolatría. Este es uno de los motivos por el que los judíos generan rechazo en numerosos no judíos: por su insistencia permanente en cuestionar pensamientos dogmáticos. Es que todo dogma, en realidad, no es más que otra manifestación de idolatría.

Es en la escritura donde el judaísmo deja fijados los términos de su debate secular. Porque la escritura es un auténtico mensaje hacia el futuro. La palabra, a través de la escritura, se puede transmitir de generación en generación y hasta el fin de los tiempos. Así, a efectos prácticos, la escritura logra una cierta inmortalidad. Inmortalidad absoluta, en términos de comprensión humana, para las ideas. E inmortalidad relativa para los escribas y autores, anónimos o no, que las han dictado o transmitido por escrito.

Suele ser frecuentemente descrita la Era Mesiánica como una era en donde un ser humano ya redimido e inmortal, no se vería obligado a las labores físicas para su sustento. Se dedicaría exclusivamente al estudio. Es decir que, aun con el Mesías presente y con la eternidad inmortal por delante, quedaría mucho por aprender.

V. LITURGIA Y MESIANISMO

El judaísmo se mueve entre dos límites: el de la liturgia y el del mesianismo. Para que el judaísmo siga existiendo debe haber un equilibrio entre ambos.

Si prevalece sólo la liturgia, el judaísmo se ‘petrifica’ en la memorización literal, mecánica, de la Torá, descuidando algo tan vital y propiamente judío como el estudio y el debate entre visiones distintas, despojándose así de una perspectiva de futuro.

Si prevalece sólo el aspecto mesiánico, se dejan de lado las fuentes judías históricas e intelectuales que alimentan ese mesianismo. En ese caso se termina por abandonar, lisa y llanamente, el judaísmo.

VI. HÉROES Y DIOSES

La tradición judía no admite seres humanos perfectos, cualidad que le es propia solo a Dios. Así, todos y cada uno de los héroes y protagonistas de la Torá adolecen de algún defecto, de alguna flaqueza. Para el judaísmo ningún ser humano puede ser Dios o siquiera semidiós. La identidad de Dios es tan inaprehensible para los seres humanos que hasta su nombre, para la religión judía, es impronunciable.

VII. JUDAÍSMO Y CRISTIANISMO

El cristianismo fue judío en su origen, entre los siglos I y II. Judío fue el rabino Jesús, judíos fueron sus apóstoles y judío el público inicial al cual dirigía sus prédicas.

En una época en que el movimiento popular de los fariseos bullía de propuestas y discusiones entre sus integrantes, Jesús representaba una corriente más, pero que sintetizaba admirablemente las enseñanzas acumuladas hasta entonces por la tradición judía.

La mayor parte del judaísmo, sin embargo, rechazó las pretensiones de sus primeros seguidores en cuanto a considerarlo el Mesías esperado por Israel. Y las diferencias se ahondaron posteriormente, cuando se divinizó la figura de Jesús y el cristianismo adquirió vuelo propio.

Si el judaísmo ha podido aceptar, ante la prueba irrefutable de los hechos, la equivocación de considerar mesías a determinados protagonistas —pasó con Bar Kojba y con Shabetai Zvi, por ejemplo— aquello que le resulta inaceptable es toda suerte de idolatría, como lo es el hecho de considerar divino a un ser humano.

Posteriormente, el judaísmo padeció innumerables penalidades por parte del cristianismo, desde que éste se oficializó como iglesia oficial romana, en el siglo IV. Sin embargo, junto con ese padecimiento, el judaísmo debe al cristianismo la inclusión del Tanaj en el cánon cristiano, con el nombre de Viejo Testamento. De este modo, la historia, la religión y la ética de un pueblo minoritario, el pueblo de Israel, pasó a formar parte de la Historia Sagrada de una gran parte de la humanidad.

Hacia el Renacimiento, en cuanto amplios sectores de la sociedad cristiana europea lograron comenzar a alfabetizarse por la lectura directa de sus textos sagrados, la continuidad histórica y contigüidad ético-moral judeo-cristiana se fueron haciendo paulatinamente más evidentes.

En este sentido, especialmente durante las últimas décadas, numerosos pensadores cristianos, incluyendo las autoridades de El Vaticano, han iniciado un recorrido hacia el reencuentro con sus raíces judías.

Más aún, no resulta aventurado afirmar que el mismo Nuevo Testamento se puede entender como un escrito vigorosamente judío.

A través del cristianismo, en consecuencia, el judaísmo se ha grabado en forma indeleble en la historia de media humanidad. Por ello, aún allí donde no reside un solo judío, el judaísmo se puede hacer presente en cada sermón y en cada homilía, por medio de la tradición cristiana.

Raúl Vinokur.
En Barcelona, a 2 de noviembre de 2014

  • Mario Javier Sabán: La matriz intelectual del judaísmo y la génesis de Europa. Ed. del autor, Buenos Aires, 2005, 619 p.