Reseñas libros

El Judaísmo de San Pablo

El judaísmo de San Pablo, libro de Mario Javier Sabán. Reseña y Comentario por Raúl Vinokur.

La visión de Saúl de Tarso, el San Pablo cristiano, como fundador y arquitecto del cristianismo, es una opinión ampliamente compartida por una diversidad de autores, tanto judíos como cristianos. En El judaísmo de San Pablo Mario Sabán cuestiona esta descripción de Pablo como voluntario constructor de una nueva fe. Según el autor, el propósito paulino era extender la fe judía a los gentiles, universalizar la religión judía, aunque no reemplazarla por una nueva religión.

Pablo, judío fariseo y discípulo de Gamaliel, era un profundo conocedor de la religión judía. Sabía, por lo tanto, que en la tradición de Israel los gentiles también pueden ser salvados, siempre que se conduzcan según las Siete Leyes de Noé.

El posteriormente llamado Primer Concilio en la tradición cristiana fue el de Jerusalén, en el año cincuenta. Cabe señalar el hecho que esta reunión fue, en ese momento, una reunión de judíos que reivindicaban el carácter mesiánico del Rabí Ieshu, Jesús, otro judío observante como ellos, que había sido crucificado por los romanos alrededor de una década y media atrás.

En ese cónclave, Shaúl/Pablo logró finalmente introducir una enmienda, que consistió en dejar de exigir la conversión formal al judaísmo a los gentiles que deseaban aceptar a Jesús como Mesías. De este modo, se permitió el ingreso al grupo nazareno a gentiles simpatizantes del judaísmo, quienes sí acomodaban su conducta a las leyes noájidas, pero no estaban dispuestos a la conversión completa.

Estas leyes se difundieron a la conclusión del concilio, en el llamado Decreto Apostólico del año 50. El factor fundamental de este documento, el que disparó el ingreso masivo de gentiles en las décadas posteriores al concilio, era que en ninguna de estas leyes noájidas se exigía la circuncisión.

En Judea, donde la población mayoritaria era judía y circuncisa, este asunto podía carecer de una especial relevancia. Sin embargo, la importancia del tema sí cobraba altura en las comunidades y sinagogas de la diáspora, donde había una importante cantidad de gentiles que acudían a las sinagogas, atraídos por la prédica judía.

Seguramente era en estos gentiles en quienes pensaba Pablo, sinceros adherentes de las enseñanzas de la Torá, pero que retraían su conversión por no afrontar el trance de la circuncisión. Era un fenómeno fácil de deducir, porque sí abundaban en cambio las mujeres conversas, naturalmente exentas de tal prueba.

A fin de hacer aceptable al público gentil filojudío lo dispuesto por la Torá acerca de la circuncisión, Pablo obvió la literalidad de la Ley, alegorizándola. Es decir, que introdujo una interpretación alegórica, simbólica, de un mandamiento literal en la tradición judía, esgrimiendo el concepto de la circuncisión del corazón.

El recurso a la alegoría fue un aporte de los fariseos al debate judío sobre la interpretación de los textos sagrados. En ese sentido Pablo/Saulo de Tarso, como experto judío fariseo, recurrió a una metodología típicamente farisea. La novedad radicó en el tema elegido, el de la circuncisión, en función de su proyecto de universalizar el judaísmo. Universalización cuyo primer paso pasaba por incorporar, de alguna manera, a los numerosos gentiles no conversos que poblaban las sinagogas de la diáspora.

El ingreso masivo de gentiles al grupo nazareno, propiciada por la posibilidad de evitar la circuncisión ofrecida por el Decreto Apostólico del año 50, fue de tal magnitud que, apenas décadas más tarde, los miembros gentiles noájidas del grupo nazareno se constituyeron en contundente mayoría numérica. A partir de esa realidad, los miembros no judíos fueron asumiendo la dirección del movimiento, e iniciaron el rumbo hacia una nueva religión.

Una vez Pablo fuera de la escena, el método interpretativo de los dirigentes de ese cristianismo en formación, a fin de proceder a su separación del judaísmo, fue el de alegorizar el Antiguo Testamento, la Biblia hebrea, en su conjunto.

En líneas generales y según esta interpretación, el AT, a pesar de estar incluido en el canon cristiano, no habría sido más que un anuncio de la auténtica redención, la que sí habría tenido lugar con la llegada del mesías Jesús, divinizado posteriormente, hacia el siglo IV.

En cada caso particular, sin embargo, se alegorizó o literalizó cada disposición de la Biblia hebrea que se consideró necesaria, en función de que fuera útil ideológicamente a la separación del judaísmo. Es decir que no era un objetivo religioso el que estimulaba la interpretación, sino que ésta se definía en orden a un propósito ideológico previamente definido.

En este mismo trabajo, Mario Sabán explica algunos de los principales ejemplos de ello:

  • La circuncisión.
  • El origen judío de la Eucaristía.
  • El Día del Perdón y la confesión de los pecados.
  • La Expiación y el Mesías.
  • El ‘Hijo de Dios’.
  • Shavuot y Pentecostés.
  • Entrega de la Torá y Corpus Christi.
  • El Padrenuestro.
  • El Shofar.
  • El Jubileo.

Hasta aquí, el libro.

Si aceptamos la hipótesis de Sabán, se puede concluir que es posible hacer al menos dos lecturas, contradictoriamente complementarias la una respecto de la otra, acerca del resultado de la acción paulina en aras de universalizar la fe judía:

La primera lectura es la de fracaso, en el sentido de que los gentiles no se incorporaron al judaísmo, sino que fundaron una nueva religión. Y por cierto, podemos computar como consecuencia y parte de ese fracaso que la voluntad de diferenciación estricta de esa nueva religión, el cristianismo, respecto del judaísmo, provocó persecuciones, matanzas y sufrimientos sin fin para los judíos a lo largo de dos mil años.

Sin embargo, también hay otro abordaje posible. Es que, a pesar de las tragedias acontecidas, el cristianismo sí que universalizó, parcial y vicariamente, el conocimiento de la historia y la ética judías, así como parte de su liturgia y de su simbología.

Lo hizo canonizando la Biblia hebrea, posibilitando así el acceso directo a la Torá y a los Profetas a una gran parte de la humanidad y la continuada mención, en cada misa y en cada sermón, de los textos bíblicos.

Por otro lado, también lo hizo a través del propio Nuevo Testamento, confeccionado en su mayor parte por autores judíos. Si bien la posterior interpretación cristológica de estos textos fue por otros derroteros, su lectura directa también permite constatar que las palabras de Jesús estaban firmemente enraizadas en la Torá y en las enseñanzas de los Profetas de Israel.

Raúl Vinokur.
En Barcelona, a 10 de agosto de 2015.

  • Mario Javier Sabán: El Judaísmo de San Pablo. Buenos Aires, 2003, 395 p.