Rincones de Sefarad

Visita a Belmonte

Ignacio Yáñez y Carmen Barrau/. “Para el año que viene en Jerusalén”; esta frase ha sido permanentemente transmitida desde el año 1199 hasta hoy en la comunidad judía portuguesa sefardí de Belmonte, Portugal. No faltaron nunca a la cita del Pessah celebrada con pan ácimo e hierbas amargas, purificando sus casas y compartiendo la esperanza de volver prontamente a Jerusalén.

No en vano Belmonte se asienta en la Sierra de la Esperanza, justo al lado de la Sierra de la Estrella, su particular Monte Hermon. Ya esta lejos el recuerdo de otra sierra cercana, la Sierra del Destierro.

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Belmonte nos recibió, en esta segunda visita, vestida con un colosal arco iris que preconizaba las bellas jornadas que habíamos de pasar en él. Celosamente guardada por los portugueses, la villa ha sido declarada Patrimonio Histórico Cultural. Belmonte ha sido y es testigo hablante de la supervivencia de una Comunidad Sefardí que hunde sus raíces desde -al menos 1199-, según consta en el Fuero del Rey Sancho. Se sabe también, que desde el siglo XIII la Comunidad Judaica tenía una Sinagoga o espacio de culto. Su judería se vio incrementada por la huida de sefardíes castellanos, quienes desde 1391, fecha del holocausto de Sevilla, comenzaron a buscar asentamiento por la vía de la Plata donde pudieran vivir sin las iras de clérigos e inquisidores.

En 1492 el decreto de expulsión de los judíos de los Reyes Católicos aumentó nuevamente la Comunidad. Su contribución a la Hacienda Real fue grande. En 1496, la Comunidad tenía una sisa de 400 reales. Más tarde, vino el decreto de expulsión del Rey portugués Don Manuel I y el comienzo de la Inquisición en Portugal. No obstante, los judíos belmontinos siguieron viviendo en la villa, aunque su procedencia y creencias hubieron de ocultarlas. Se extendieron por todo el Valle de la Sierra de la Esperanza y Sierra de la Estrella, llegando hasta la Beira Alta. Las mujeres actuaron como auténticas conservadoras de ritos y oraciones, transmitiendo la ley de Moisés a sus descendientes. Belmonte ha sobrevivido con unas características culturales únicas. Su proceso de libertad se inició mediante las leyes de la Primera República Portuguesa. Samuel Schwarz, Barros Basto y la Comunidad Judía de Oporto jugaron un papel importante en abrir los secretos guardados por cientos de años y hacer de Belmonte un otero del Sefarad actual.

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No ha sido fácil el proceso de incorporación a la Comunidad Judaica de los belmontinos.

El ingeniero alemán Schwarz, quien en sus pesquisas geológicas se topo con la realidad antropológica belmontina, la describió perfectamente en su libro, Los cristianos nuevos en el Portugal del siglo XX. En aquel momento observó un sincretismo religioso como destilado de siglos de obligada ocultación. No obstante, los textos rituales y oraciones eran básicamente judíos. Ellos se llamaban judíos, aunque muchas de las veces estaban bautizados y enterrados en cementerios católicos por el miedo, recuerdo de tantas torturas y asesinatos de la Inquisición.

La revolución de Abril del 74 en Portugal, inyectó un nuevo aire de libertad. En 1987, celebraron el primer Shabat en un lugar público. Su Ayuntamiento se abrió de par en par y acogió a sus paisanos que, curiosamente, oraban al encender las velas del Shabat con el mismo texto que fue recogido centenares de veces en los archivos de los inquisidores, como evidencia acusatoria contra sus ancestros por los tribunales inquisitoriales católicos. Haim Shapiro, un rabino norteamericano, tuvo el honor de presidir el “Shabat de la Libertad de 1987”. El 9 de enero de 1989, el Diario da República dio carta de legalidad a la Comunidad Judaica de Belmonte siendo su presidente en aquel momento Don Elias Nunes.

La Comunidad Judía de Lisboa siempre ayudó a esta villa que se ha convertido en luz de Sefarad, culminado su proceso con la llegada del primer rabino Joseph Sebag en Septiembre de 1990. Seis años más tarde la Nueva Sinagoga Beith Eliahu abrió sus puertas y un lustro después, en el año 2001, estaba disponible el cementerio hebreo. Belmonte no es solo una curiosidad, es una lectura obligada para aquellos que quieren tener mañana y siempre la Esperanza como himno de su vida.

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Habiamos llegado esta vez a Belmonte siguiendo el curso del río Zézere. Bajamos desde el Porto da Saude hasta la ciudad de Covilhá, que se extiende por la ladera sureste de la Sierra de la Estrella implantada en riscos y salientes, conformando una inmensa calle desde los 800 metros de altura hasta la misma orilla del Rio Zézere, que riega una fértil ribera de frutales, viñedos y ganado lanar. De sus uvas nacen los dos únicos vinos kosher que existen actualmente en Portugal: Terras de Belmonte y Sefarad Gran Reserva, magnificos caldos que se imponen ya en las mas exquisitas mesas.

Al dejar Covilhá, se divisa Belmonte en la otra orilla. El viaje es delicioso y recorrimos esa ultima porción baja un mayestático arco iris que literalmente nos envolvía. Su recuerdo nos transportaban a las escenas de la Torah evocadoras de la Alianza. Belmonte se nos presentaba revestido de esos colores de paz y esperanza, haciendo vivo el nombre de la sierra donde descansa y resiste como columna de un templo vivo.

Nada más llegar a la Plaza, muy cerca del Museo Judaico y en la misma entrada de la judería visitamos a la persona que tan bien nos acogió en el anterior periplo y nos trata como hermanos de siempre: Alipio Diogo Henriques,“el judío más viejo de Belmonte”, como el mismo gusta llamarse. Alipio tiene 86 años y está casado con Alicia Sousa Henriques. Han tenido 3 hijos, más del doble de nietos y hasta un biznieto. Siempre en las puertas de su viejo comercio, tocado de su negro sombrero y dispuesto a cambiar impresiones. En un primer viaje lo encontramos de forma casual. Pero las casualidades no existen, Alipio le dió sentido a nuestro viaje. Nos refresco la memoria con sus crónicas sobre la historia de los judíos de Belmonte, “los que nunca se doblegaron” -como gusta decir a él- “y a duras penas han tenido que guardar secularmente su fe y costumbres en familia”.

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Se nublaron sus claros ojos cuando recordó la muerte de su padre en Lisboa en el siglo antepasado y la forma como su madre prendía en Shabat “as candeias”, de tal forma que no fuesen adivinadas ni descubiertas por algún vecino inquisitorial. Esta vez, Belmonte celebraba sus fiestas medievales y Alipio nos invitó a sentarnos a la puerta de su casa, lugar privilegiado por el que paseaban sus convecinos. Con orgullo nos indicaba el puesto de dos de sus nietas, que participaban vestidas a la usanza antigua.

Poco a poco nos desgranaba su conversa:

«Desde Belmonte a Manteígas y desde ahí subiendo a la Sierra de la Estrella por el valle glaciar camino de su punto más alto, las Torres, vas a encontrar ahora en verano un bello y seco paisaje, en el cual aún quedan ruinas de pequeñas casas construidas en piedra bajo la protección, muchas de las veces, de otra piedra tan grande, tan grande que puede ocupar un espacio diez veces mayor que mi propia casa».

Yo, le oía atento y miraba su expresión. Sus ojos me mostraban que aún quería contarme más:

«Si viajas ahora por todo ese valle, hoy se hace de forma fácil y gustosa. Pero es un camino difícil y pedregoso. Tiene tres fuentes que manan aguas heladas en pleno verano. Cuando llega el invierno, las nieves hacen de él una isla helada por al menos cinco meses. No dejes de observar las casa en ruinas que aún existen. Te darán una idea de donde vivían los judíos. Aunque existía, desde el tiempo de Don Manuel I, un decreto de expulsión, el clima del valle era tan hostil que los de la Inquisición se lo pensaba dos veces antes de subir a él».

Alipio seguía contándome:

«Los judíos que lo habitaron durante siglos, hicieron fértiles esas piedras y construyeron huertos en terrazas para cultivar frutas y hortalizas. Cuando subas, podrás encontrar más de una piedra gigante usadas por los pastores como apriscos para sus ovejas. Y eso sí : no te olvides de observar desde lo más alto del valle, una gran piedra que se llama el “Poio del Judío” . Desde ella hacía arriba solo están las cumbres de la Torre. Y se les llama así, porque como el valle estaba colonizado y cultivado por los judíos, ese punto -el Poio- era la confluencia de otros caminos de la alta montaña por donde transitaban arrieros de otros pueblos altos de la Sierra de la Estrella, quienes mercadeaban las pieles, hortalizas y quesos del valle a la vez que vendían sus mercancías, las cuales eran revendidas de una forma fácil valle abajo. El “Poio del Judio”, era un punto de encuentro, a la vez que delimitaba el territorio donde los antepasados eran hombres libres».

El Museo está cuidadosamente construido y en él se muestra una síntesis de la historia, vida cotidiana, los padecimientos y muertes habidas entre ellos a manos de la Inquisición. También posee una muestra de objetos cultuales donados por arraigadas familias luso-sefardíes. Cuentan con una buena colección de archivos de la historia judaica de Belmonte, la cual vive en la actualidad unos días de oro, contando con sinagoga propia, rabino, docencia, etc. También poseen fabricación de miel, vinos, queso y otros productos supervisados por el rabino, ostentando la cualificación kosher.

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Belmonte es ejemplo a seguir por aquellos descendientes de sefardíes -conversos o no- que hoy día miran el ayer de sus familias y entonan desde hoy, hasta mañana y para siempre el himno de la Esperanza.

“El año que viene en Jerusalén” se encargaban de decir las madres belmontinas años tras años en Pessah. Nosotros podemos decir desde Tarbut Sefarad: mañana como en Belmonte y de ahí para Jerusalén.

Crónica y fotos de Ignacio Yáñez y Carmen Barrau