Arte

Mujeres judías, artistas

Por Santiago Raigorodsky.
“En un mundo dominado por los hombres, el de éstos es, por definición, un mundo de poder. Ese poder es una parte estructurada de nuestras economías y sistemas de organización política y social; hace parte del núcleo de la religión, la familia, las expresiones lúdicas y la vida intelectual. Individualmente mucho de lo que nosotros asociamos con la masculinidad gira sobre la capacidad del hombre para ejercer poder y control...”.

Este breve  texto es la introducción de un artículo del Prof. Michael Kaufman, editado en  1994 o sea, hace poco más de quince años, pero posiblemente, podría haber sido escrito ayer  y pareciera ser, que desde hace cientos (por no decir miles) de años, estos aspectos de nuestra sociedad, de nuestro mundo occidental, poco han cambiado.

No obstante, el hecho de denunciar esta situación, no nos aleja del objetivo de nuestro artículo, que no es el de hacer un análisis sociológico, antropológico o sicológico en el campo de las relaciones humanas, en el campo de las relaciones entre mujeres y hombres. Aunque no podemos, ni debemos soslayar esta realidad, que afecta directamente  a nuestro tema, que es mucho más simple. Nuestra intención es destacar la contribución de la mujer  al mundo de la creación, al mundo de las artes plásticas y en particular, el de la participación de las artistas judías.

Sin duda alguna, las mujeres son las grandes ausentes de los libros de texto de la Historia del Arte, puesto que la pintura, como la escultura, el dibujo y las demás disciplinas artísticas, hasta hace poco más de un siglo y medio, han sido consideradas como una creación exclusivamente  masculina.

Es sabido que desde el principio de los tiempos las mujeres han realizado sus propios diseños, sea en la elaboración de piezas utilitarias u ornamentales, en los diseños de los bordados y tapices, han iluminado manuscritos y realizado pinturas al fresco en conventos y monasterios en la Edad Media. Si hasta finales del siglo XIX las artistas fueron escasas, se debe a que las mujeres no tuvieron apenas acceso a la cultura. En Occidente, la única excepción estaría en la aristocracia francesa del siglo XVIII. Pero en el resto del mundo, a la casi totalidad de las mujeres se les han asignado tareas únicamente relacionadas o derivadas de su propia biología, es decir, el cuidado de los hijos y en consecuencia, también las tareas domésticas,  el cuidar de la casa y del marido. De esta forma es comprensible que tampoco encontremos ni médicas, ni abogadas, ni arquitectas, hasta prácticamente el siglo XX.

Esta reclusión de las mujeres en el espacio doméstico no es propia de una sola cultura sino que, con variantes, ha pasado de una a otra cultura (cosa que en algunas, hasta el día de hoy,  sigue sucediendo), de ahí su permanencia en el tiempo. En el occidente europeo las influencias culturales más importantes han sido las de Grecia y Roma, con el añadido posterior de la religión judeo cristiana y más tarde, la musulmana.

Obviamente, las mujeres, igual que los hombres, han dependido de su situación económica y de su clase social. No era la misma forma de vida la de una dama medieval que la de una campesina, ni el de una mujer burguesa que el de una obrera fabril.

Si bien el  ámbito de la práctica artística les estaba permitido solo a ciertas mujeres, por necesidad o tradición, había otros que les estaban vedados, especialmente los relacionados con la política, con lo económico y en definitiva con todo aquello que significaba poder.

En el ámbito de las artes son pocas las mujeres que trabajaron solas, pues por lo general lo hacían junto a sus padres, esposos o hermanos en los estudios de pintura y escultura de éstos. A una pequeña parte de mujeres, pertenecientes a las clases sociales más elevadas. se les permitía aprender pintura como parte de la educación Renacentista. En pocos casos algunas de ellas llegaron a ser pintoras profesionales de gran prestigio.

Pero muchos de los trabajos de estas mujeres permanecieron anónimos o han sido atribuidos  a otros artistas, y de las pocas obras de mujeres que se han conservado, se las han considerado, injustamente,  de menor categoría que la realizada por hombres.

En ese tiempo, a las pintoras o escultoras se les limitaba en su formación pues no se les permitía la práctica del dibujo del natural, ya que la base de las enseñanzas académicas se realizaba con modelo desnudo. Ese criterio se extendió desde el siglo XVI al XVIII. Los temas que podían  ser tratados  por mujeres habían de circunscribirse a retratos, interiores y bodegones (flores, frutas y utensilios). Con pocas excepciones, las mujeres no pintaron paisajes hasta el siglo XVIII.

Uno de los temas mas tratado por mujeres han sido los retratos, hermanas y hermanos, padres e hijos, todas personas cercanas a su entorno.  La fama de algunas de estas artistas las llevaban a pintar retratos de nobles y monarcas, que les encargaban esa tarea. Además de ensalzar la belleza y virtudes de los retratados, en muchos casos,  esos retratos se utilizaban con el fin de ser intercambiados entre posibles futuros esposos o esposas. Muchas alianzas matrimoniales se establecían sin que los interesados se conocieran personalmente.

Paradójicamente, muchas mujeres han sido objetos del arte (eso hasta el día de hoy), es decir que han sido representadas en muchas facetas de su vida, reinas, madres y realizando trabajos relacionados con el estereotipo femenino  y con otros múltiples objetivos. Sin embargo, pocas veces aparecían como sujetos del arte, es decir como autoras de la obra de arte. En el autorretratro es una de las oportunidades en que se funden  y confunden los dos conceptos, sujeto y objeto.,

Una de las primeras obras conocidas firmadas por una mujer, Ende, es una miniatura del año 975 que se encuentra en un códice que contiene los comentarios del Beato de Liébana del libro del Apocalipsis en el Nuevo Testamento y se encuentra en la Catedral de Girona. Pero es recién a partir del siglo XVI cuando comienzan a surgir de manera progresiva algunas mujeres artistas.

Sin duda alguna, hoy  son muchas más que las que aquí aparecerán,  las que deberían figurar en este escrito, pero lamentablemente esto escapa a las posibilidades de este breve texto,  que sólo pretende ser una aproximación al tema. En todo caso, es promesa, volver sobre muchas de sus protagonistas debido a su importancia y la relevancia de sus obras y posicionamientos.

De las primeras mujeres artistas podemos mencionar a Properzia de Rossi (1490 -1530), pintora y escultora italiana y a Levina Teerling (1510-1576) artista flamenca de la que, en secreto, fue profesor Hans Holbein.  Sofonisba Anguissola (1531-1626) que nació en Cremona (Italia) fue una mujer cuyos retratos fueron característicos del humanismo renacentista.

Entre sus retratos se destacan los de Felipe II y  el de la reina de España, Isabel de Valois. Se sabe que cuatro de sus cinco hermanas fueron  también pintoras y que muchas de sus obras fueron destruidas por considerarse impropias de mujeres. Muchas obras de  esta pintora han sido atribuidas a Tiziano o a Antonio Moro

A Diana Scultori Ghisi (1547-1612), precedida por una fama muy grande,  le fue concedido el deseo de poder firmar sus propios cuadros con el nombre de Diana Mantuana o Diana Mantovana. También mencionamos a Marietta Robusti Tintoretto (La Tintoretta) (1560-1590), veneciana, hija de Jacobo Robusti mas conocido como Tintoretto. Fue también pintora y compositora,  pero su carrera se vio truncada a los 30 años por un parto prematuro.  Artemisia Gentileschi (1593-1653?) fue una pintora de temas bíblicos y una de las primeras feministas de la época. Judith Leyster, nacida en 1609 en Haarlem (Holanda) fue una de las pocas mujeres reconocidas de su tiempo. Se sabe que estudió con Frans Hals y muchas de las obras de la artista se supusieron de éste.

No obstante,  estas artistas y algunas otras que se hicieron famosas, los estudios sobre mujeres artistas,  podemos decir que son recientes. El manual más utilizado en las universidades occidentales, La Historia del Arte (1959) de H.W. Janson, no citaba ni a una sola artista. Solo desde que en 1971 Linda Nochlin escribiera en su artículo “Why Have There Been No Great Women Artist” (“Porque no ha habido grandes mujeres artistas”) en la revista Artnews, empezaron a aparecer textos destinados a rescatar del olvido a muchas artistas.

Sin embargo, aún,  en muchas publicaciones actuales de arte, incluso en sus ediciones  más populares y accesibles al gran público, como el libro “Los maestros de la pintura Occidental” publicado en el año 2000 por la Editorial Taschen  y dirigida por Ingo F.Walther, verificamos que,  entre los muchos centenares de biografías existentes, con esfuerzo, nos encontramos con diez nombres de mujeres. Y como no podía ser una excepción, en el libro de Karl Schwartz de 1950 (en su edición en castellano)  titulado “Pintores y escultores judíos de los siglos XIX y XX”, entre los casi cincuenta artistas tratados no existe una sola mujer.

En realidad fue sólo en el siglo XX cuando aparecieron muchísimas mujeres artistas de vanguardia y no son pocas las voces críticas que hablan de un siglo XIX como profundamente misógino. No olvidemos el largo y difícil proceso vivido para que las mujeres alcanzaran el derecho al sufragio, que suponía la igualdad política, así como la igualdad de derechos y deberes. Algo que por  desgracia, aún no se ha alcanzado en muchos países.

Pero hoy,  y desde hace unas pocas décadas, estamos asistiendo a uno de los períodos más intensos y dinámicos en cuanto a la presencia de la mujer en el arte actual.

Es ahora que  las obras de artistas mujeres están presentes en infinidad de exposiciones y eventos artísticos  que se realizan. La relación entre arte y feminismo ha adoptado distintas posiciones y matices y no pocas controversias en relación a una  búsqueda identitaria de la mujer y del arte protagonizado por ella. Es obvio que, tanto en el proceso actual de construcción social como en el acto creativo,  no existen diferencias entre mujeres y hombres, como tampoco la creatividad en arte, ni en ningún otro campo,  está regida o es exclusiva de una edad, de un estamento religioso o  depende del color de una piel.

Hoy, la presencia de la mujer en el arte contemporáneo es de tal peso y magnitud que es imposible contar la historia del arte sin invocar lo agudo de su visión, la fuerza de sus imágenes y el enorme aporte cultural de ellas al arte actual. En el terreno fértil de la creación, las mujeres han ido ganando un espacio invaluable en la educación artística, en la crítica y el análisis del hecho artístico, y en la literatura que el arte genera. Actualmente es  incontable la cantidad de mujeres que participan de la vida de las grandes instituciones museísticas, de las galerías de arte, de las bienales y de los grandes acontecimientos de la vida artística.

Y  todo esto,  no podía ser diferente en el caso de mujeres artistas y judías. Vemos, que a pesar de tratarse de una minoría (por judías), dentro de otra minoría (por artistas), la mujer judía se destaca por su valioso aporte a este mundo, en los innumerables y diversos campos que el arte implica.

Como señalamos anteriormente, es imposible, por la incontable cantidad de mujeres judías integradas al mundo del arte, mencionar a todas ellas. Estas que presentamos son sólo algunas, representativas, unas,  por la trascendencia de su obra y otras por su particular significado histórico. Cabe reseñar que particularmente en el caso de las mujeres judías, los nombres, las obras e incluso las vidas de muchas  ellas, han sido destruidas, un motivo más por el cual no han llegado a nosotros.