Tribuna

Palabras del presidente de Tarbut Sefarad por el Año nuevo judío 5769

Queridos amigos de TARBUT SEFARAD
¡Shalom y Shaná Tová 5769!

No quiero realizar explicaciones eruditas sobre el Año Nuevo judío que acabamos de iniciar, ya que vosotros encontraréis muchas cartas y estudios bien fundamentados sobre el significado de Rosh Hashaná. Mi idea con este mensaje es hablar desde el corazón. Espero poder transmitir fielmente mis sentimientos.
Quiero trasladarme unos cuarenta años para atrás, allá por el año 1968, quizás tuviera unos dos años de edad... Vienen a mi mente los mejores recuerdos de mi infancia.

Recuerdo a mi abuelo Meir Saban sentado en la cabecera de su casa en la Avenida La Plata 565 del Barrio de Caballito en Buenos Aires, presidiendo una mesa muy larga, quizás de unas veinte o treinta personas. Mi padre junto a mi madre, mis tíos Nahmias, mis primos Jack y Lea corriendo por toda la casa, quizás mi hermana Roxana aún un bebe de pocos meses. La difusa figura de mi abuela Rebeca Arditi, mis abuelos maternos, Julia Bitrán Benveniste e Isaac Cuño Carmona, que se sentaban al lado de mi querido abuelo Meir Saban.

Recuerdo los hermosos manteles blancos que mi abuela Rebeca Arditi extendía sobre la mesa. Recuerdo los gritos de los pequeños, las palabras de alegría de los comensales… Recuerdo la sonrisa de mi abuelo, la remolacha de mi abuela, las caras jóvenes de mis padres… Había nacido en el seno de una familia judía sefaradí…

¿Por qué sefaradí? Porque, según me explicaron cuando crecí, en el año 1492 mis antepasados habían sido expulsados de España.

El sentimiento judío que he heredado lo tengo por mi familia. Fueron aquellas fiestas alrededor de esa mesa quienes me dirigieron hasta dónde estoy en la actualidad.

Han pasado los años... De mis cuatro abuelos, tres han muerto. De mis padres, este año falleció mi madre Violeta Cuño, de bendita memoria. Y esa mesa, aquella mesa de Rosh Hashaná de hace 40 años, ya no regresará más.

Continuo extrañando esos olores, esos sabores de la cocina sefaradí. Continuo extrañando sus caras y sus vestimentas, y extraño el amor que me brindaron a lo largo de tantos años. Cuando escribo estas líneas quiero viajar con mi mente para regresar a esos momentos. Pero esos instantes se han ido para siempre, son parte de mi historia.

Lo que no se ha ido es el sentimiento judío que me dejaron.

Cuando en el año 1981 falleció mi abuelo Meir Saban, aquella mesa de Rosh Hashaná desapareció. Desde el año 1982 organizábamos la mesa de Año Nuevo en la casa de mis padres, en la calle Malabia  2986, en el barrio Palermo.

Era una mesa diferente, ya no estaba mi abuelo Meir Saban a la cabeza, ahora estaba mi padre David Saban. El sitio de mi abuela Rebeca lo ocupaba ahora mi madre Violeta, y el sitio de mi abuelo era ocupado por mi padre.

En el año 2002 abandone geográficamente la Argentina para crear mi propia mesa familiar de Rosh Hashaná en Barcelona, en Sefarad, donde hace cinco siglos los Reyes Católicos expulsaron a mis antepasados.

Las mesas de Rosh Hashaná volvieron a cambiar: ahora yo presido la cabecera de la mesa y, a mi lado, mi esposa Jacqueline Freund, y donde alguna vez estaba sentado yo, están ahora mis hijos.

Hemos cambiado varias veces las mesas, de aquella mesa familiar de mi bisabuelo David en Magnesia en tiempos del Imperio Otomano, a la mesa familiar de mi abuelo Meir Saban en Esmirna (Turquía), a la nueva mesa del año 1950 en Buenos Aires.

La mesa familiar de mis padres desapareció este año (2008) con la muerte de mi madre, y desde el año 2002 tengo mi propia mesa de Rosh Hashaná. Algún día mi mesa también desaparecerá, fruto de nuestra existencia biológica.

Donde se sentaban mi abuelo y mi padre, ahora estoy yo, presidiendo la mesa de Año Nuevo que hace cuarenta años presidió mi abuelo. Dirijo una nueva mesa de Rosh Hashana en las tierras donde la Inquisición asesinó a miles de judíos.

Mi mesa es el legado de la mesa de mi padre; la mesa de mi padre, la herencia de la mesa de mis abuelos; la mesa de mi abuelo en Izmir es la misma mesa de mi bisabuelo en Magnesia, y así quizás podríamos llegar sucesivamente hasta la mesa de Abraham, Isaac y Jacob.

Este Rosh Hashaná será muy diferente para mí porque mi madre no está físicamente conmigo y yo estaré al frente de la cena de Año Nuevo con tres familias judías de Francia.

En esta cena de Año Nuevo podemos decir, sin lugar a equivocarnos, que el pueblo de Israel ha triunfado nuevamente frente a la adversidad.

Somos orgullosamente judíos porque hemos sobrevivido. Han tratado de convertirnos a otras religiones, nos han asesinado, nos han perseguido y humillado, y hoy, a pocas horas del año 5769, decimos al mundo que tenemos nuestro Estado de Israel, que tenemos miles de rabinos estudiando la Torá, que tenemos cientos de personas amigas de todas las confesiones religiosas que nos ven como un modelo a seguir.

Después de quinientos años estamos en Sefarad, esta tierra que alguna vez decidió quedar libre de judíos.  

Levanto la copa de la bendición por todos vosotros, por las generaciones judías que nos han precedido y por las generaciones judías que vendrán.

Que seamos inscriptos en el libro de la vida, de la paz y del sustento.
Que seamos dignos herederos del legado de nuestros ancestros.

Que la mesa del lunes 29 de septiembre por la noche nuevamente reúna a los remanentes de Israel en las tierras de Sefarad.

Que todos los descendientes de los anusim (los forzados) retornen al judaísmo y que aquellos que deseen ingresar al pueblo de Israel sean bienvenidos.

Como dijo Daniel Levi de Barrios en homenaje a los judíos quemados vivos en el Auto de Fe de 1665: “Contra la verdad no hay fuerza”  

Queridos amigos, las puertas de la primera red cultural del judaísmo español, TARBUT SEFARAD, están abiertas para todos aquellos que quieran acercarse al judaísmo.

Que Dios los bendiga es mi deseo en este año nuevo que comienza.
¡Saludosos que estéis y nochada buena que tengáis!

Para todos: ¡Añada buena!

“Shaná Tová 5769”

Vuestro amigo,
Mario Javier Saban