Tribuna

El imperativo ético de la memoria de la Shoa

Por Dr. Daniel Fainstein.
Discurso pronunciado por el Dr. Daniel Fainstein, Rector de la Universidad Hebraica de México, en el acto del “Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto” realizado en el salón de actos del  Palacio Legislativo en San Lázaro, 27 de enero 2009.



En esta mañana, se está llevando a cabo en las principales ciudades del mundo,  diversos actos de recordación del Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto, de acuerdo a la resolución 60/7  del 1º de noviembre de 2005,de  la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Se  designó la fecha del 27 de enero para este fin por tratarse del día  de liberación del principal campo de  concentración y exterminio Auschwitz –Birkenau en 1945.

El Secretario General de las Naciones Unidas describió este día especial como "un importante recordatorio de las enseñanzas universales del Holocausto, atrocidad sin igual que no podemos simplemente relegar al pasado y olvidar".

 "Las Naciones Unidas tienen la responsabilidad sagrada de combatir el odio y la intolerancia. Si las Naciones Unidas no están a la vanguardia de la lucha contra el antisemitismo y otras formas de racismo, niegan su historia y socavan su futuro" (1).

Los horrores del Holocausto fueron el trasfondo marco a partir del cual las normas de los derechos humanos y numerosas convenciones y acuerdos de las Naciones Unidas establecieron su legitimidad.
 
El Holocausto fue la persecución y el asesinato sistemático burocráticamente organizado de aproximadamente seis millones de judíos por el gobierno nazi y colaboradores.

Los nazis, que tomaron el poder en Alemania en enero de 1933, creían que los alemanes eran una “raza superior” y que los judíos, considerados “inferiores”, eran peligrosos y no merecían vivir. Durante el Holocausto, los nazis también tuvieron en su mira a otros grupos por razón de su percibida “inferioridad racial”: los romas (gitanos), los discapacitados, y algunos grupos eslavos (polacos, rusos, y otros). Otros grupos fueron perseguidos por razones políticas, religiosas o de orientación sexual: comunistas, socialistas, testigos de Jehová y homosexuales.

Después de la invasión nazi de la Unión Soviética en junio de 1941, Einsatzgruppen (equipos móviles de matanza) cometieron asesinatos masivos de los judíos, romas y oficiales del estado soviético y del partido comunista ruso. Más de un millón de hombres, mujeres y niños judíos fueron asesinados por estos equipos. Entre 1942 y 1944, los nazis deportaron millones de judíos de los territorios ocupados a los campos de exterminio, donde fueron ejecutados en instalaciones diseñadas especialmente para tales fines. Las implicaciones políticas, culturales, éticas y educativas del Holocausto o Shoa, paradigma del “mal radical”, verdadero parte aguas de la historia humana son evidentes.

Como lo señala el catedrático español Reyes Mate:
“Para ninguno de nosotros Auschwitz  es un tema histórico, sino una categoría  hermenéutica fundamental para la interpretación de nuestro tiempo” (2).

“Auschwitz evidenció que razón y ciencia no constituían, necesariamente, las vías de liberación que la Ilustración había soñado ni podían evitar las vertientes más sombrías de la barbarie. Auschwitz devino, a su vez, el punto de partida para cruciales interrogantes
ulteriores en torno a la vigencia y el significado de la modernidad y a su proyección y existencia en las sociedades de nuestros días" (3).

Hemos aprendido que el ser humano es al artífice de muchas conquistas y progresos. Pero también es el responsable de generar catástrofes sociales cuyas huellas no son fácilmente borrables.  

Cito a  Imrei Kertesz, sobreviviente de Auschwitz y premio Nóbel de literatura en el 2002:
“Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz…
Da la impresión de que los dos grandes principios que constituyeron el motor de la creatividad europea, la libertad y el individuo, ya no son valores inamovibles. Auschwitz demostró que debemos cambiar de forma radical la visión del hombre creada por el humanismo de los siglos XVIII y XIX; la dinámica productiva de nuestro mundo, que ha barrido todo, y los correspondientes métodos e instrumentos de dirección de masas parecen arrasar, a su vez, con los restos de la libertad individual" (4). 

La Shoa se produce por una compleja combinación de factores entre los que podemos mencionar:
•    el arraigado prejuicio antisemita en la cultura europea desde la Edad Media, el mayor prejuicio de occidente en términos de su duración e intensidad.
•    la transformación y reciclaje de este prejuicio en diversas cepas de un virulento antisemitismo moderno de carácter racial que proclamaba como única solución a la cuestión judía  el “asesinato” de cada niño, mujer y hombre en el que corriese hasta un 25 % de sangre judía
•    la crisis de determinados ideales de la Ilustración y la Contra Ilustración,
•    la conformación de regímenes totalitarios nacionalistas en Rusia, Italia y Alemania  a partir de la década de 1920, que recurrieron a la violencia sistemática para silenciar a la oposición y obtener sus metas políticas y sociales internas y externas.
•    A ciertos mecanismos y  lógicas de producción industrial y difuminación  de la responsabilidad típicos de la sociedad moderna,
•    A la férrea voluntad del liderazgo nazi y sus aliados de llevar a cabo esta política genocida como tema prioritario, con todos los recursos del Estado, aún a costa de debilitar los esfuerzos de la guerra.
•    A la apatía y la parálisis de la sociedad civil alemana y de otras naciones en reaccionar y oponerse a las políticas de exclusión, aislamiento, degradación, concentración y asesinato de sectores de su población.
•    y a las oportunidades que se produjeron para llevar a cabo actos de barbarie al amparo de los horrores de una guerra total como fue la Segunda Guerra Mundial.

La Singularidad de Auschwitz:

“Algunos quieren entenderlo como un crimen más contra la humanidad, esto es, un genocidio, un atentado a la integridad de la especie humana. Pero la experiencia de Auschwitz va más allá de esto: los judíos que fueron allí exterminados “Se sintieron abandonados por  sus vecinos, por sus amigos, por las cancillerías del mundo entero, por las iglesias, por los intelectuales y hasta por su propia cultura occidental”….Antes de que se produjera la solución final, el exterminio físico, ya “ se había producido una liquidación metafísica. Por eso Auschwitz es algo más , y algo distinto al crimen contra la humanidad. Fue pues un hecho singular. En definitiva, “Auschwitz es la prueba final del lado oculto de barbarie que ha acompañado  nuestra historia de cultura" (5).

La experiencia de la Shoa supone una radical ruptura con el ideal ético ilustrado y, al mismo tiempo, con la concepción del sujeto moderno. El producto de esta situación es que ¨ los huesos y las cenizas de los campos de exterminio nazi, las pirámides de cráneos de Camboya, o las inmundas fosas descubiertas en Bosnia o Kosovo son los auténticos emblemas e íconos de la historia reciente" (6).

En esta mañana, en este importante recinto en el que los representantes del pueblo  de México, debaten y definen los acuerdos y marcos legales que rigen la vida del país, es sumamente significativo dedicar estos momentos a la recordación del Holocausto.
“El pasado existe porque podemos narrar, porque podemos evocar y hacer presente lo ya ocurrido, lo ya acontecido, y porque podemos  establecer una relación de receptividad y de escucha con quien tiene el poder de transmitirnos una experiencia memorable, destinada a ser guardada en la memoria.

Sin la ayuda pedagógica de la memoria, y sin la capacidad que, a través de ella podemos hacer de reelaborar el sentido, el pasado, entendido como un simple hecho, como mero dato, de nada nos sirve” (7).  

¡Los relatos del horror pueden hacer el bien!

“Los detenidos de  los campos vivieron una experiencia extrema; es un deber ante la humanidad informar abiertamente de lo que vieron y experimentaron, pues la verdad se enriquece incluso en la experiencia más horrible; solo el olvido definitivo convoca a la desesperación. Desde el punto de vista no ya de uno mismo sino de la humanidad, una vida no es vivida en vano si queda de ella una señal, un relato que se añada a las innumerables historias que constituyen nuestra identidad, contribuyendo así, aunque sólo sea en  una ínfima medida . a hacer de este mundo algo más armonioso y prefecto. Tal es la paradoja de esta situación: los relatos del mal puede producir bien" (8).

La recordación de las víctimas del Holocausto debe servir como una advertencia para promover los derechos humanos en todas las direcciones y para generar una consciencia cívica que rechace el racismo, la discriminación y la violencia .
“La conexión entre el Holocausto y el surgimiento de una consenso moral acerca de los derechos humanos es particularmente evidente en la génesis y en la consolidación de la Declaración Universal de los derechos humanos que fue adoptada por la Asamblea General de la recientemente formada Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948… La memoria del Holocausto ha definido la articulación de una nueva cultura de derechos humanos…
 
La idea del genocidio contiene la advertencia de que un mundo moral no puede permanecer indiferente mientras otros seres humanos son destruidos (9).

...Lo que ha empujado al Holocausto a tal prominencia en el pensamiento público ha sido el papel indispensable que ha desempeñado en la transición de un mundo de soberanía nacional a un nuevo mundo interconectado, y hacia una sociedad  civil global más cosmopolita, de la cual la reciente proliferación de regímenes de derechos humanos es una manifestación prominente” (10).

En los años de la posguerra el filósofo Theodor Adorno planteó la relación inextricable entre la Shoa y los imperativos de la educación en su famosa ponencia sobre la “Educación después de Auschwitz”.

“La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que  hay que plantear a la educación. Precede tan absolutamente a cualquier otra que no creo deber ni tener que fundamentarla…Cualquier posible debate sobre ideales educativos resulta vano e indiferente en comparación con esto: que Auschwitz no se repita. Fue la barbarie, contra la que la educación entera procede…Hay que sacar a la luz los mecanismos que hacen a los seres humanos capaces de tales atrocidades; hay que mostrárselos a ellos mismos y hay que impedir que vuelvan a ser de este modo, a la vez que se despierta una conciencia general sobre tales mecanismos…” (11).

La experiencia de la Shoa nos demanda  un nuevo imperativo categórico: el de  preservar la memoria del horror y el desarrollar  una ética de la memoria que es la contraparte a la impunidad, el olvido y la indiferencia. Una memoria que, siguiendo a Tzvetan Todorov en su obra mas reciente (12),- no debe ser ni sacralizada ni banalizada.

Sacralizarla significa congelar la memoria de la Shoa  en un ritualismo formal que conmemora algo que está más allá de los desafíos de la vida contemporánea y que solo nos conecta con el dolor de las víctimas-en el mejor de los casos- pero no con las implicaciones éticas y políticas que desde su sufrimiento nos interpela.

Por consiguiente, preservar su legado significa unirse con su dolor para luchar contra toda forma de discriminación racismo, genocidio y antisemitismo.

Banalizarla significa utilizar la memoria del Holocausto para realizar comparaciones espurias que tergiversan nuestra capacidad de análisis, o considerar  a cada acto de violencia como un Holocausto, vaciando  así de sentido un acontecimiento que por su magnitud, naturaleza y escala, constituyó una ruptura radical en la historia humana.

Por ejemplo las comparación ingenuas o malintencionadas, del reciente conflicto entre Hamas y el Estado de Israel en Gaza, con el Holocausto, con todo el dolor y sufrimiento causado, con toda la condena que merece toda la violencia contra la población civil, en cualquiera de los lados de la frontera, no solo que no ayudan a  comprender un trágico conflicto de carácter nacional, territorial y político, de larga data, sino que tergiversan y trivializan el sentido de categorías como Holocausto y genocidio.

Justamente la memoria del Holocausto nos debería impulsar a tomar una postura seria y consecuente en aras de la paz, la convivencia y el consenso, ya sea en el Medio Oriente, en Africa o en nuestra querida América Latina, rechazando toda forma de terrorismo, fundamentalismo y violencia contra la población civil. 

Frente a los riesgos de un choque de civilizaciones, de consecuencias impredecibles, debemos desarrollar como naciones, como ciudadanos y como personas privadas, una cultura del respeto, de la tolerancia y de la hermandad.

Frente a la proliferación de los discursos del odio, los fundamentalismos violentos y las ideologías racistas debemos  generar los mecanismos jurídicos y las prácticas sociales democráticas, locales e internacionales que preserven la pluralidad, los derechos humanos, limitando a los grupos violentos de todo signo y color.

Frente a la exclusión social, la ignorancia y la degradación del medio ambiente, debemos promover un desarrollo integral, que  permita a cada individuo realizar su potencial, respete al medio  ambiente y preserve todas las formas de vida del planeta.

Tengo el firme convencimiento de que todos los presentes en esta ceremonia compartimos una actitud similar ante el mundo que nos toca vivir y enfrentar:

A la globalización de la miseria, la intolerancia y la desesperanza debemos responderle con la promoción de la justicia,  el diálogo y la esperanza.

Para este fin debemos educar a personas que comprendan cabalmente los riesgos de la indiferencia y la pasividad y que comprendan por ejemplo las conmovedoras palabras del poeta John Donne (1572-1631) uno de los más destacados poetas metafísicos ingleses y creyentes:

 “No man is an island, entire of itself; every man is a piece of the continent, a part of the main. If a clod be washed away by the sea, Europe is the less, as well as if a promontory were, as well as if a manor of thy friend's or of thine own were: any man's death diminishes me, because I am involved in mankind, and therefore never send to know for whom the bells tolls; it tolls for thee.”
“Ningún hombre es una isla, completo en si mismo; cada ser humano es una parte de un continente, una parte del territorio. Si un pedazo es borrado por el mar, Europa es menos, lo mismo si fuera un promontorio, la casa de un amigo o la tuya propia. La muerte de cada ser humano me disminuye porque estoy involucrado en la humanidad. Por lo tanto no preguntes por quien doblan las campanas.
Doblan por ti” (13).

Las campanas de Auschwitz  repican en cada generación con su interpelación ética.
Oigámoslas y actuemos en consonancia con su mandato!
 

NOTAS:

1. Pagina web Naciones Unidas.
2. Reyes Mate editor: La filosofía después del Holocausto, Isegoría, p. 23.
3. Judit Bokser  y Gilda Waldman: “Modernidad y Holocausto: algunas reflexiones críticas en torno a Z.Bauman”, en Acta Sociológica Número 35,mayo-agosto 2002, UNAM, México, p.33.
4. Un instante de silencio en el paredón. El Holocausto como cultura, Herder, Barcelona,2002, p. 18 y 27.
5. Reyes Mate Por los campos de exterminio Barcelona Anthropos, 2003. Pag 31 revista.
6. George Steiner: Gramáticas de la Creación, Siruela, Madrid 2001, p.328.
7. Fernado Bárcena: La esfinge muda, Anthropos 2001. Barcelona,
8. Tzvetan Todorov: Frente al límite, Madrid siglo XXI, 103.  Levy y Sznajder, óp.cit., Pág 156.
9. Levy y Sznajder, óp.cit., Pág 156.
10. Levy y Snaider, óp.cit. Pág.155.
11. Theodor Adorno: “Educación después de Auschwitz” en Educación para la Emancipación, Morata, Madrid, p.79.
12. Memoria del mal, tentación del bien Indagación sobre el siglo XX, Peninsula/HCS, Barcelona, 2002 p193-211.
13. Devotions upon emergent occasions, Meditación XVII, Nunc lento sonitu dicunt, Morieris Now, this Bell tolling softly for another, saies to me, Thou must die. 1624