Tribuna

Yom Hashoah, silencio y palabra

Por Lourdes Dina Rensoli Laliga.
Esta fecha nos induce a reflexionar y a conmemorar, a elevar nuestra oración y a recordar a nuestros muertos, al duelo y a la revalorización de la Vida. En su dualidad interior lleva su mensaje, al límite de las posibilidades de la mente. Se habla del “Silencio Divino” durante el Holocausto. Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz y escritor magistral, cuya prosa brota de un corazón desgarrado, se refiere a dicho silencio. Y a continuación se pregunta por qué no fue evitada esa horrible masacre de los judíos europeos, en cuyas macabras perspectivas se incluiría “más adelante” a los judíos del mundo entero, a otras “razas indeseables”: gitanos, eslavos; y a grupos sociales odiados: deficientes físicos y mentales, minusválidos de todo tipo, homosexuales.

El exterminio no bastaba: era necesario hacerles sentir fuera de la condición humana, ajenos a ella, como lo creían sus verdugos. Que lamentaran cada día vivido, cada instante arrebatado a la muerte.

El mayor de los dones es la Vida. Odiarla representa el supremo repudio de lo divino y de lo humano. Arrebatar la Fe, la Esperanza, fuera en la Suma Trascendencia o en el propio destino. Y alrededor, el Silencio. Repetimos la pregunta de Elie Wiesel: ¿por qué no fue evitado? ¿Ausencia divina? ¿Castigo, sin una causa comprensible? ¿Imposibilidad?, pregunta terrible esta última, que retrotrae a doctrinas paganas y muy antiguas que hablan de un principio del Bien que combate contra el Mal. Inadmisible esto en el Judaísmo, o en el Cristianismo y el Islam, creyentes en un único D-s creador, misericordioso, omnipotente y justo. Toda pregunta es respondida con el Silencio.

Las profecías más diversas parecían excluir esta posibilidad. Una y otra vez se repetía que el Eterno no desampararía a los inocentes y justos, a quienes creen en El y siguen sus mandamientos. Y he aquí que en el mayor sufrimiento, en el exterminio sin sentido se mezclaban ateos, agnósticos y creyentes, observantes y no observantes, personas de diversas concepciones del mundo, de modos de vida distintos, con religiones o sin ellas. ¿Probar su fe? Muchos no la tenían. Otros sobrevivieron y la perdieron para siempre. En otros casos, la fe se redujo a cenizas, como ellos mismos.

Recorremos Yad Vashem. No hay una sola de sus secciones que no nos haga estremecer: en ésta, montones de zapatos de las víctimas; en aquella, cabello cortado antes o después de la cámara de gas; más allá, fotos y objetos personales. Pero hay una que no deja impasibles ni a los más indiferentes: la dedicada a los niños. Se apagan las luces y en el techo—imitación del Cielo--se encienden poco a poco las estrellas, brillan almas inocentes de quienes tenían al mundo entero por delante y en un instante lo perdieron todo: a sus padres y parientes, los juguetes y los amigos, el tiempo regalado por el Creador.

El Eterno callaba. La selección inicial abría las puertas del Silencio. Los barracones, el trabajo inhumano, la pobre comida y la progresiva extenuación se deslizaban entre las brumas del Silencio. Las cámaras de gas y los fusilamientos se abrían paso en el silencio.

Pero el Libro de Job nos enseña algo: durante mucho tiempo, el justo Job sufrió hasta los límites posibles… quizás los traspasó. Clamó a su D-s. Sin respuesta. Mil veces lo interrogó, le pidió razones, le reprochó haberlo creado, maldijo el día de su nacimiento. Los amigos, bienintencionados pero necios, lo tildaron de soberbio por hacerlo. No lo era. Su Creador respondió finalmente. Lo exculpó de toda transgresión, le devolvió todo aquello que llena la vida de un ser humano. Siempre nos preguntaremos si también le devolvió la alegría de vivir, la capacidad de disfrute. Si el dolor extremo no rompió su alma para siempre. Como ocurrió con muchos sobrevivientes del Holocausto. Elie Wiesel se negaba a traer hijos al mundo, aun siendo ya libre, con una esposa muy amada y una situación social excelente. Sólo su inmensa fe, unida al el amor y al sumo tacto de ella lo hicieron cambiar de actitud, y vino su hijo Elisha

¿Ha hablado el Eterno después de Auschwitz? ¿Ha descifrado el mensaje incomprensible encerrado en los campos de exterminio? ¿Existió dicho mensaje? Podría decirse que cada fenómeno en el universo, cada acontecimiento, grandes o mínimos, son Palabras divinas, mensajes. Pero el ser humano pide más: una explicación que su mente pueda procesar y asimilar.

Búsqueda de la Palabra ausente, persecución del mensaje invisible, intento de entender la complicidad de tantos en un proyecto infernal generado por los nazis pero aplaudido en medidas mayores o menores por otros, algunos de los cuales estaban igualmente destinados a ser víctimas; complicidad de los honrados ciudadanos, alemanes o no, que aplaudían al paso de los trenes, o sonreían, o comentaban con sorna: “Algo habrán hecho”. Exculpación previa del criminal, colaboración.

Después de Auschwitz han cambiado muchas cosas: los grupos otrora odiados exigen sus derechos y se defienden de sus enemigos; Israel también. No debe su vida al Holocausto nazi, pero constituye el regalo que el Creador hizo a su pueblo torturado y exhausto, en el que pudo y podrá renacer y crecer. ¿Revelará el Mesías, a su llegada, el terrible secreto de los crematorios? ¿Seguirá callando el Eterno? Recordar el Libro de Job ayudará a sobrellevar la carga del Silencio. De una Palabra que se ha cumplido a pesar del Silencio. Por la cual es posible escribir poesía, filosofar, desarrollar las ciencias y los inventos más audaces y provechosos. Pero sobre todo, elevar una oración al Eterno, un kaddish por los muertos, mantener viva una memoria que nos advierte de que es posible la repetición del horror, pero que esta vez no nos tomará desprevenidos.

Toda la humanidad cabe en una sílaba, en una letra, en esa Beth que simboliza la casa común, la del Padre Eterno. En esa Aleph de la que brotan los seres vivos, en la que hallan la paz los muertos. En esa Lamed que purifica. Toda la belleza del universo se concentra en la Yod. Silencio cargado de sentido, oración, recuerdo. Ser. Eternidad. Amén.

Lourdes Dina Rensoli Laliga
23 de Nisán de 5771