Tribuna

Mi alma judía

Por Romina Isjaqui [Tarbut La Plata]
Judío se nace, y de eso nunca tuve dudas. Cuando a los pocos días de nacer mi madre me puso en brazos de la matriarca, la bisabuela Victoria y ella sentenció “es herdera del apellido”, se selló mi identidad. Pero no fue nada fácil transitar este camino. La forma de proceder de mi padre a lo largo de la vida fue ir contra la corriente, un absurdo que coartó mi libertad en muchos aspectos. Él recibió el pacto de la alianza a su octavo día de vida, entró de lleno en el judaísmo a sus 13 años, conoció la educación del shule, se embarcó a Israel... Y paradójicamenete todo esto fue motivo suficiente para reivindicar su “rebeldía” y privarme de cococer y disfrutar de todo lo que él no supo aprovechar. De lo único que no me privó fue de participar de las celebraciones que en la casa de una tía siempre tuvieron lugar.

 

Desde mi infancia supe que que jamás me iba a dar por vencida. Crecí bajo el ala de mi abuelo y sabía que mi sangre era como la de él, y eso me llenaba de orgullo. Pero no podía promulgar mi judaísmo, tenía la boca tapada.

Adoraba escuchar las historias de mi tía Déborah, las que trajo de su Ezmirna natal, en las que el eje de ellas pasaba por ser judíos. Y me sentía más judía, me inundaba un suspiro profundo en todo mi cuerpo, el corazón aceleraba su ritmo. ¿Qué necesidad había de privarme de disfrutar de lo que, por más que quisieran ocultar, no dejábamos de ser? ¿Qué había de malo en decirlo? ¿Tanto importaba ser como los demás?

Mi sangre y mi alma siempre fueron judías, y con eso no se negocia. Aunque la muerte me alejó fisicamente de mi abuelo, siento la necesidad como “portadora” del apellido, de la sangre y del espíritu, de hacer hasta lo imposible para prolongar la herencia más valiosa, el legado más importante que recibí al nacer, la bendición de ser judía. Y como le dije a un amigo, si me toca ser el último eslabón de una cadena, bien vale mi paso por ésta tierra.

Hoy, después de toda una vida transitada, reivindico el “nunca es tarde”, el “todo llega en algún momento” y que, lo que uno es no se deja de ser bajo ninguna fuerza, la lucha que no se abandona siempre se gana.

Shalom,

Romina