Tribuna

Amram Amselem, el padre que yo conocí

Escrito de Paz Amselem.

Raíces y destino. Larache.
Mi abuelo Shalom, uno de los mejores tratantes de cereales de la región y mediador en pleitos y tratos como traductor de árabe entre españoles y marroquíes, se casó con una joven tetuaní. Mi abuela, estando todavía soltera, presenció la llegada a la ciudad de Tetuán de un médico español de renombre. Este médico fue recibido con tanta pompa que incluso la banda de música de la ciudad le hizo los honores. Mi abuela quedó tan impresionada ante aquel acontecimiento que se prometió lograr que alguno de sus hijos fuese médico. Y así fue como el destino de mi padre se trazó..

 

Como mayor de siete hermanos, mi padre tuvo que asumir demasiado pronto la tutela de todos ellos ya que mi abuelo falleció muy pronto de una neumonía y mi abuela se vio sola con una prole que tenía que encauzar en los peores años de sus vidas. Mi padre estuvo interno en el liceo francés de Tánger y en el Patronato Militar de Larache donde terminó el bachillerato. Por aquel entonces Larache formaba parte del Protectorado español. En esta temprana etapa de su vida mi padre ya conocía perfectamente el francés, español, inglés, árabe y hebreo. Cuando llegó la hora de continuar los estudios marchó fuera del entorno familiar.

Formación y experiencias. Madrid.

En los años 30 se trasladó a Sevilla para estudiar Medicina en la Universidad. En 1935 se licenció en Medicina y Cirugía en Madrid donde se doctoró posteriormente. Llegó a ser alumno predilecto del doctor Jiménez Díaz a quien acompañaba en sus vistas hospitalarias. Del “gran patrón” no solamente aprendió técnica, sino que pudo desarrollar su famoso “ojo clínico”. Tuvo que salvar un gran escollo. No superaba las prácticas quirúrgicas y en el último curso de la carrera prometió al profesor de cirugía general que jamás se dedicaría a la cirugía… Al curso siguiente se especializó en urología y cirugía. Su voluntad y su afán de superación fueron más firmes que sus tropiezos.

La Guerra Civil Española le pilló en Madrid. Fue capitán médico español en el ejército republicano. En Arganda y Morata de Tajuña estaban bajo su mando, los doctores Alfonso de la Peña y Mariano Zumel, médicos que más tarde desertarían a la zona nacional con los que sellaría una amistad inquebrantable que duró el resto de sus vidas. Al concluir la contienda mi padre fue condenado a 12 años de prisión aunque fue indultado, gracias a un cuñado falangista que le sacó de la cárcel, a pesar de su condición de judío y masón y a que, milagrosamente, nunca se vio obligado a testificar en fusilamiento alguno.

Mi padre, Alfonso de la Peña y Mariano Zumel habían compartido las vicisitudes de una guerra fratricida, cruel y absurda. Más allá de sus ideales políticos y deberes con la patria, ante todo eran médicos. La práctica de la medicina en el frente lo era todo para ellos, ya fuesen caídos de un bando o de otro. Practicaban la medicina y la cirugía sin cortapisas ideológicas. Como dueños únicamente de sí mismos, asumían sus actos con gran riesgo para ellos mismos y con total responsabilidad sin pensar ni considerar por un momento de qué lado político venía el herido y qué consecuencias podían acarrear sus hechos. Para mi padre el Juramento Hipocrático fue siempre, por sí solo, un compromiso y un vínculo real e inquebrantable.

Una vez finalizada la guerra, las tornas cambiaron, Alfonso de la Peña, que al finalizar ésta se había pasado al bando nacional y así conseguir la cátedra, se convirtió en el jefe de mi padre mientras que éste se mantuvo fiel a sus convicciones políticas a pesar de sufrir las dificultades que le salían al paso por su condición de vencido y por negarse a abandonar Madrid y volver a Marruecos, su lugar de origen.

Así, entró a formar parte del equipo médico de Alfonso de la Peña. Pronto se convertiría en su mano derecha. La experiencia que ambos habían adquirido años atrás daba como resultado una total compenetración. Mi padre había conseguido situarse entre lo más prestigioso de la sociedad profesional madrileña. Sin embargo, no dejaba de pertenecer al grupo de los vencidos en la guerra. Fue una etapa fecunda de publicaciones e investigaciones. Se le nombró Académico Correspondiente de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla, Fellow del International College of Surgeons y Miembro Correspondiente de las Asociaciones Francesas de Urología y Flebología por sus más de setenta investigaciones publicadas en temas de Urología y Cirugía general. Completó su formación en el Westminster Hospital en Londres a las órdenes del ilustre Profesor Millin. Pero a pesar de sus éxitos profesionales era consciente de que no podría avanzar más dado su origen judío en aquella España de posguerra. Decidió trasladarse a Tánger.

La excelencia y el éxito. Tánger.

Sus manos adquirieron fama durante el Tánger Internacional. Tenía una cualidad, una virtud: practicaba en todo lo que hacía, la excelencia. En la excelencia no buscaba ser mejor que los demás sino hacer, lo que tuviese que hacer, lo mejor posible. Sus manos eran prodigiosas a la hora de operar porque ponía todo su empeño, todo su amor en ello. Aplicaba toda aquella excelencia en explicar a sus pacientes los procesos de sus enfermedades y curación mediante dibujos y esquemas que trazaba con lápices grasos sobre el cristal opaco dónde examinaba las radiografías. Lograba que el paciente tomase conciencia de su estado responsabilizándose de su evolución. Casi todo Marruecos pasó por sus manos, así como prestigiosos personajes, desde Juan Carlos Rey de España –entonces Príncipe- en 1954, pasando por famosos escritores y pintores, actores norteamericanos e ingleses, hasta lo más sencillo y simple de la sociedad. De Estados Unidos llegaron cirujanos para verle operar intervenciones específicas. Los especialistas más punteros en urología de Madrid y Barcelona conocían muy bien su capacidad e intercambiaban opiniones y consultas sobre determinados enfermos. Como anécdota diré que sus manos de cirujano quedaron inmortalizadas en la interpretación del actor húngaro, Paul Lukas, como médico, en la película “55 días en Pekín”.

Introdujo las sesiones Clínicas en la Cruz Roja de Tánger de dónde fue director. Fue Cirujano del Hospital Español y del Hospital Benchimol, haciendo una labor social encomiable como benefactor de los pobres. Dirigió su propia clínica privada, así mismo llevó a cabo su tarea como especialista en Urología en el Hospital Carlos Haya de Málaga durante su breve estancia en esa ciudad, volviendo a ejercer la medicina privada al regresar a Tánger. Fue galardonado en numerosas ocasiones, entre otras condecorado con la Medalla al Mérito Civil por su extensa y fecunda labor como médico español en Tánger.

También se le recuerda como brillante conversador. De sus interesantes tertulias cabe destacar la variedad de visitantes que pasaron por su casa, siempre abierta para todo aquel que le necesitase. A menudo se rodeaba de escritores, pintores, actores, políticos de distintas nacionalidades, en ocasiones también pacientes, que compartían sus tertulias. Fue un gran humanista además de médico al uso de su época.

Es prácticamente sobrado alabar al Dr. Amselem, de personalidad indiscutible, cirujano de talla internacional y de cualidades humanas fuera de serie, estando entre sus virtudes, la humildad, sin dejar, por ello, de ser grande. Sus pacientes y para siempre, amigos, tantos y tantos tangerinos repartidos por todo el mundo, todavía hoy, admiran y demuestran su afecto y agradecimiento al gran médico que fue. Aunque también despertó envidias, gente que quiere a toda costa atribuirse méritos tratando de distorsionar la realidad, no lo conseguirán jamás porque la luz de la verdad está siempre al final. Mi padre falleció en Tánger en el 2000.

Su destino se ha cumplido con creces. Todo empezó por un médico homenajeado con banda de música en la ciudad de Tetuán. Mi padre cumplió el deseo de mi abuela. No creo que sea necesaria la banda de música, su memoria y agradecimiento están presentes en la mente de todos los que le conocieron como una constante melodía.

Paz Amselem